Lunes, 22 de julio de 2019

JULIO de 2019
Volumen XXXVI 
N° 375
ISSN 1852-317X

Archivo

enero 2010

Del libro «Vida de Ilustres Caballos» VII.

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.

El libro “Vida de Ilustres Caballos“, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. 1ª Ed. Santa Fe, Colegio de Médicos Veterinarios, 2005, 116 págs.
Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del Laboratorio Over S.R.L.
A continuación reproduciremos capítulos del libro en homenaje al autor.

Caballos de los Próceres.

Rosas.

Juan Manuel de Rozas (1793-1877), o Rosas como optó por escribir su apellido después de abandonar el hogar paterno, nació en Buenos Aires siendo el primer hijo varón del matrimonio formado por León Ortiz de Rozas y Agustina Teresa López. Como buen descendiente de estanciero, rápidamente aprendió las faenas del campo y gracias a ello pudo dar rienda suelta desde temprana edad a su indómito carácter, pues cuando fue castigado a consecuencia de un acto de inconducta por su madre optó por fugarse a la estancia de sus primos, los Anchorena, donde perfeccionó su saber rural.

Es, en nuestra historia, el caudillo que mayor destreza mostró sobre un caballo. Su habilidad como domador y jinete, que hasta el propio Sarmiento reconoció, le redituó la admiración de los gauchos bonaerenses.86

También fue el primero en poner por escrito las normas que debían regir el manejo ordenado de una estancia. En 1819 redactó las Instrucciones a los mayordomos de estancia, cuadernillo éste que, sin pretensiones de exhaustivo tratado de ganadería, nos permite apreciar el grado de conocimiento que poseían los estancieros de aquellos años en los que los veterinarios brillaban por su ausencia.

Como buen hacendado acomodado, Rosas tuvo varios caballos que han pasado a la historia. Sus tropillas tenían fama en todo el territorio bonaerense y eran la envidia de sus vecinos; envidia que a veces se traducía en robo, como el de  un sobresaliente rosillo a manos de Juan Cuello.

De los más destacados que montó comencemos por recordar al que empleó al entrar en Buenos Aires, el mediodía del 5 de octubre de 1820, para hacer respetar la autoridad de Martín Rodríguez. Este era “un soberbio tordillo patas negras, de grande caja, de manos finas, nerviosas y atrevidas…”.87

En una carta dirigida a Quiroga le manifestó poseer un colorado pampa de condiciones excepcionales. Posiblemente lo haya usado en abril de 1829 cuando, junto con las fuerzas de Estanislao López, derrotó en la batalla de Puente de Márquez al ejército unitario de Lavalle.

En ese año de 1829 Beruti anotó que las tropas federales de Rosas habían entrado a Buenos Aires con ciertos distintivos en sus caballos: ”una cinta colorada en la cola atada; en la frente otra faja colorada que la abraza toda, o una cinta del mismo color, y pendiente de la cabezada muchos cascabeles, que al ruido manifiesta el soldado ser federal”.88

A una petición escrita por Claudio Stegmann en 1847, le acotó Don Juan Manuel de su pluma que “el mejor caballo que he tenido y tendré jamás, me lo regaló don Claudio Stegmann. Era bayo, del Entre Ríos, murió en la expedición de los desiertos del Sur, comido por un tigre que encontrando después lo enlazó y mató el general Rosas”.89 Recordemos que la campaña al sur la inició en marzo de 1833.

En vísperas de Caseros (3 de febrero de 1852) se lo vio a don Juan Manuel revistando sus tropas en un soberbio caballo gateado, marca del chileno Saavedra.90 Después de la batalla, que le resultó adversa, Rosas partió con su caballo a la Legación Inglesa (Bolívar entre Venezuela y México). El ministro Gore no se hallaba en ese momento por lo que el Restaurador fue atendido por un sirviente que le manifestó cierta inquietud pues ya tomaba conciencia de la importancia que revestía tener a este visitante en esos cruciales instantes. Rosas lo tranquilizó, acomodó su animal en la caballeriza, subió a las habitaciones de Gore, ordenó un baño tibio y se acostó.

Cuando el inglés llegó, Rosas dormía plácidamente. Cuenta Lucio V. Mansilla que el diplomático lo despertó transmitiéndole su preocupación por los desórdenes que se avecinaban. La vida del caudillo corría peligro, al menos eso era lo que suponía el británico.

“-Amigo, no tenga cuidado. Mire, aquí está la bandera inglesa  que yo he enseñado a respetar; aquí no vendrán; a este pueblo yo lo he montado, le he apretado la cincha, le he clavado las espuelas, ha corcoveado; no es él el que me ha volteado… son los macacos (los brasileros)…”.91

Se podrá deducir de lo manifestado que Rosas trató al pueblo como si fuera un caballo. Es así, pero convengamos en algo que el propio sobrino del dictador nos aclara: “Rozas no tenía preferencia sino por un solo animal: el caballo; quizá por lo que de él dice el célebre Loyal: es menester partir de este principio: que el caballo es el animal más bruto de la Tierra; sólo tiene esta facultad: la memoria. Hay entonces que enseñarle los ejercicios con el látigo; después, cuando se le han metido en la cabeza, latiguearlo si resiste, darle zanahorias cuando obedece. Látigo y zanahoria son los dos polos del maestro”.92

Pueblo y caballo, ¿cuál es la diferencia?

Pero volvamos al tema de los cuadrúpedos pues en ocasión del encuentro de Gore y Rosas éste le obsequió un picazo que tenía destinado para regalar a la Reina Victoria y que por ello lo había llamado con el nombre de “El Victoria”. La manera en que este animal fue adquirido por el Restaurador dio origen a una famosa anécdota.

Paseaba sobre un zaino negro junto a su hija Manuelita por las proximidades de Merlo cuando divisó un jinete que montaba un soberbio picazo pampa.

Rápidamente dedujo que venía de lejos y que era un excelente animal. Lo primero porque galopaba muy abajo; lo segundo porque lo hacía con la mano del lado del lazo. El gaucho que lo montaba venía en sentido contrario y al cruzarse saludó, como es costumbre en el campo, dando pie al siguiente diálogo:

-Muy buenos días le de Dios, señor.

Rosas, sin contestar el saludo, preguntó:

– ¿De dónde viene amigo?

– De lejos y en montao – contestó vivamente el paisano.

– Esa no es respuesta – replicó don Juan Manuel.

– Tampoco la suya es pregunta, señor; sólo la autoridad puede averiguarle la vida a un hombre, y eso cuando tiene cuentas con la justicia, que yo estoy en paz con Dios, con mi conciencia y con la autoridad.

El Restaurador de las Leyes no era hombre de quedarse con esa respuesta,

– ¿Sabe, amigo, con quién habla?

– Lo maliceo, señor. Usted a ’e ser el Gobernador don Juan Manuel.

– ¿Y cómo lo sabe?

– Vea, señor, aura como unos veinte años lo vide en una yerra quebrar una potranca azuleja de un pial de volcao. A mí no se me despinta nunca un hombre ni una marca. Usted andaba en un malacara rabicano marca El Pino de los Ascurras.

– ¿Dónde fue eso? – preguntó Rosas.

– En el campo de los Carriles, del otro lao de Lobos.

– Miente; yo nunca he estado en estancia de salvajes.

– Es como yo lo asiguro, señor; estará trascordao o no le gustará acordarse de los tiempos en que era parador y güenazo para un pial de pallanca.

Rosas recordó el episodio, que tuvo lugar en la estancia del señor Salvador María del Carril, conocido unitario y distinguido ciudadano.

– Bueno, amigo, yo soy don Juan Manuel y a esta niña le ha gustado su picazo y deseo volver con él a Buenos Aires.

– Ta bien, señor, pero usted sabe que ningún hombre presta a una mujer su caballo de confianza, porque se lo bastea en cuantito lo muenta y naides tiene caballo si no le cuida las manos y el lomo.

– ¿Y le llegará a la ciudad?

– Me parece que sí, señor; que es animal de trabajar en el rodeo de sol a sol, hacer 40 leguas pelo a pelo, de güena rienda, muy fijo ‘e manos y de dejarlo rienda arriba ande quiera.

– Entonces, amigo, desensille, váyase en este zaino que también es bueno y me deja el picazo.

– Vea, señor; este animal yo lo he amansao; nunca me ha dejado de a pie y su zaino será güeno porque estará a grano y cualesquier mancarrón es guapo comiendo maíz.

Rosas se picó,  y ya en tono violento, exigió el cambio. El restaurador se bajó del caballo; el paisano lo imitó, no con la intención de formalizar el cambio, sino ya como dos hombres acostumbrados a hacerse obedecer el uno, a  que lo respetaran el otro.

Manuela vio mal cariz al asunto y pidió a su padre que dejara continuar viaje al paisano. Aquellos dos hombres, cuya diferencia de posición era tan grande, se contemplaron un momento. Rosas se había puesto nervioso; el gaucho estaba sereno, y con esa tranquilidad propia de nuestros  hombres  de campo, interrumpió el inquietante silencio.

– Señor, ningún hombre arregla sus cuestiones en presencia de mujeres; respetemos esa niña; ensille el picazo que lo va a llevar ande quiera y si algún día los salvajes lo rodean, enderiécelo nomás a los vizcacherales, que es muy fijo de manos y no lo dejará de a pie – agregó con sorna el paisano”.93

Este caballo fue el conocido pico blanco que Rosas tuvo siempre a su lado como de absoluta confianza. El relato de la anécdota nos sirve para conocer el origen de la conocida expresión “montar el picazo” como sinónimo de encolerizarse, pues con enojo subió el Restaurador a su nuevo pingo.

Ya en el destierro inglés, Rosas arrendó la Burgess Street Farm, cerca de Southampton. Era una chacra de unas sesenta hectáreas en la que, según ha evocado uno de sus peones, se paseaba en un caballo oscuro, que él mismo ensillaba y enlazaba.94

Allá en su “farm” de Inglaterra tenía también caballos. A Dike y Salada los deja en su testamento a sus “hijos nietos”, como él dice, Manuel Máximo y Rodrigo Terrero.

El favorito de Manuelita Rosas, la hija del dictador, era un doradillo de crines y cola larga con el que paseaba en los bosques de San Benito de Palermo.95 En otras ocasiones empleaba un oscuro renegrido o azabache.

86 Fue, por otra parte, un eximio maestro en el manejo de las boleadoras.
87 Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1977, tomo I, p. 57.
88 Beruti, Juan Manuel: Memorias curiosas, Buenos Aires, Emecé, 2001, p. 428.
89 Aguirre, Máximo: “Los caballos del Restaurador”, en Todo es Historia,  Nº 29, Buenos Aires, año III, septiembre de 1969, p. 74.
90 Solanet, Emilio: Pelajes criollos, Buenos Aires, Letemendia, 2001, p. 48.
91 Mansilla, Lucio V.: Rozas, Buenos Aires, Bragado, 1967, p. 94.
92 Ídem, p. 131.
93 Blanco, Abdón M.: “Ensillar el picazo”, en Caras y Caretas Nº 1545, Buenos Aires, 12 de mayo de 1928.
94 Gálvez, Manuel: Vida de Don Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Trivium, 1971, p. 444.
95 Solanet, Emilio: Pelajes…, p. 67.

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López.

Caudillo por antonomasia, el santafesino Estanislao López (1786-1838) participó en las guerras de la independencia habiendo tomado antes parte en la reconquista de Buenos Aires, cuando las invasiones inglesas. Posteriormente se constituyó en uno de los principales líderes del federalismo argentino gobernando su provincia desde 1819 hasta su fallecimiento.

Como buen hombre de a caballo, su dominio de las cualidades equinas fue casi insuperable en su tiempo. En esto sólo podría discutirle la supremacía Juan Manuel de Rosas y precisamente la primera referencia a los caballos de López es una anécdota con el porteño.

Después de haber triunfado sobre Dorrego en el Gamonal, el 2 de septiembre de 1820, López llegó a un acuerdo de paz con Buenos Aires gracias a la intervención de Rosas. Fue en esa ocasión en que el caudillo santafesino aceptó una invitación del bonaerense para visitarlo en la estancia “Los Cerrillos” en el verano. Allí concurrió y en medio del gran agasajo que Rosas le brindó – y que duró ocho días- no faltó la oportunidad en que ambos jefes comenzaron a departir sobre sus caballos. En esa circunstancia López brindó repetidos elogios de algunos de los montados de su anfitrión, por lo que no tardó éste en advertir por dónde venía la mano y tomó ciertos recaudos para “salvar” a un tordillo negro que era su favorito. Este animal era el mismo que había montado Rosas cuando, en 1820, hizo su entrada en Buenos Aires por la calle Buen Orden al frente de sus colorados para reponer en el gobierno a Martín Rodríguez.

“-Este es el único que me reservo, porque es de la silla de Encarnación; si no le diría “tómelo”, como puedo hacerlo con los otros”.

Sin dejar su discurso agregó:

“- Elija el que más le guste”. 96

López, que no era lerdo para los regalos, especialmente para aquellos de cuatro patas, se apresuró en señalar un pangaré que ese mismo día había montado el dueño de casa. Éste ordenó inmediatamente que le pusieran su recado. Finalmente, no sólo se llevó el pangaré sino que Rosas le procuró unos cuantos caballos más como símbolo de duradera amistad.

Sarmiento recoge otro encuentro de López y Rosas al que se agrega Quiroga. Fue en Pavón y la cita es para el sanjuanino una justa de los triunviros argentinos que detentaban el poder del momento. La anécdota que se relata nos permite medir la importancia otorgada a la destreza hípica por los caudillos y cierta actitud peyorativa del elemento ilustrado hacia esas faenas.

“Los tres caudillos hacen prueba y ostentación de su importancia personal. ¿Sabéis cómo? Montan a caballo los tres y salen todas las mañanas a gauchear por la Pampa: se bolean los caballos, los apuntan a las vizcacheras, ruedan, pechan, corren carreras. ¿Cuál es el más grande hombre? El más jinete, Rosas, el que triunfa al fin. Una mañana va a invitar a López a la correría: “No, compañero”, le contesta éste; “si de hecho es Ud. muy bárbaro.” Rosas, en efecto, los castigaba todos los días, los dejaba llenos de cardenales y contusiones. Estas justas del Arroyo de Pavón han tenido una celebridad fabulosa por toda la República, lo que no dejó de contribuir a allanar el camino del poder al campeón de la jornada, el imperio AL MÁS DE A CABALLO”.97

Al hablar de López no podemos dejar de mencionar sus triunfos en el campo de batalla merced a tácticas que se basaban en los caballos. Las dos más conocidas tienen que ver con sus luchas frente a Juan Lavalle.

El jefe de los unitarios estaba decidido a terminar con los federales y el 6 de marzo de 1829 partió hacia Santa Fe dejando en la campaña bonaerense parte de sus tropas al mando del coronel Federico Rauch (1790-1829). El astuto Estanislao López decidió fatigarlo, lo hizo ir de un lado a otro hasta estacionarlo en un campo lleno de mío-mío. Allí pasó la noche Lavalle paciendo su caballada; a la mañana siguiente medio ejército se quedó sin cabalgadura: quinientos caballos amanecieron muertos. Sin caballería, no le quedó otro camino al héroe de la independencia que la retirada.

Lo que sigue es el broche de oro de la obra del caudillo santafesino. Después de los estragos causados por el romerillo tomó la iniciativa y acechó por retaguardia las tropas unitarias. En el Puente de Márquez se dio la batalla final a fines de abril de 1829. Lavalle sorprendió a una parte de las fuerzas federales al mando del general Pascual Echagüe (1797-1867). El combate no se resolvió a favor de ninguno de los dos bandos hasta que López ideó una hábil estratagema: “Lavalle, que ha traído montada a su infantería, la hace formar en cuadros, encerrando allí a la caballada. A López se le ocurre lanzar contra ese cuadro a varios centenares de caballos en cuyos pescuezos y colas ha hecho atar grandes cueros. Lavalle recibe a cañonazos a los caballos del enemigo, pero los suyos, que están ensillados, se asustan, rompen el cuadro y se desbandan. Y entonces, con lo mejor de su ejército a pie, derrotado en diversos puntos del frente, atacado con violencia y eficacia por la caballería santafesina, Lavalle se ve obligado a retirarse”.98

96 Bilbao, Manuel: Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires, Buenos Aires, Ferrari, 1934, p. 482.
97 Sarmiento, Domingo Faustino: Facundo, p. 218.
98 Gálvez, Manuel: op. cit., p. 92-3. Este ardid de los cueros era comúnmente usado. También es citado por La Madrid en sus Memorias, tomo I, p. 143-4.