Miércoles, 11 de diciembre de 2019

DICIEMBRE de 2019
Volumen XXXVI 
N° 380
ISSN 1852-317X

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enero 2018

Paco Andrés, el hombre que amaba y cuidaba a los caballos.

LA NACION

Tucumano como la patria misma, también supo ser porteño, cordobés y bonaerense. Fue el ejemplo más acabado del veterinario de caballos; difícilmente se le resistiera una dolencia o enfermedad de algún equino de cualquier laya o pelaje, fuera mestizo, purasangre, cuarto de milla o criollo. Muchas veces le bastaba con observarlos caminar para saber lo que tenían; entonces, se acercaba y simplemente le aplicaba el dedo índice en el punto exacto y el animal se contraía de dolor.

Lo conocí en casa de mi primo «Quico» Gómez Romero, a quien le asistió la caballada de polo en diversos puntos de los Estados Unidos y la República Dominicana. Los norteamericanos de Palm Beach, donde se juega el mejor polo de aquellas latitudes, le ofertaron el oro y el moro para que se quedara a tratarles los caballos. Paco Andrés no aceptó. Lo suyo eran las infinitas geografías de ausencias de nuestras llanuras.

Paco Andrés
                                                                    Paco Andrés. 

Durante años curó caballos entre la cordillera y el mar, viajando solo en aquellas soledades de la meseta norpatagónica o en el caldenar pampeano. Recogí anécdotas preciosas de esos derroteros en nuestras tardecitas de mate en mano en casa, que fueron un auténtico encuentro de almas. Como la vez que atravesando la desolación embravecida de la línea sur de Río Negro, allá por Los Menucos, sintió tanto frío que al bajar a orinar, percibió cómo el líquido se cristalizaba sobre la superficie helada del desierto blanco, acariciado por la blancura infinita de la luna. Volvió al auto, suspiró hondo y rogó que arrancara el motor, ya que si no lo hacía, quedarse varado con más de treinta grados bajo cero era la muerte misma.

Amante del buen jazz, supo pasarle esa pasión por la música a su hijo Francisco; sin embargo, nuestro punto de encuentro fue la literatura. Nos pasábamos horas comentando autores como Salinger, Borges o Saer, así como también los injustamente olvidados Lobodón Garra, Yamandú Rodríguez o Luis Franco. Hoy, somos mucho más pobres, culturalmente hablando, sin la presencia de Francisco «Paco» Andrés.