Martes, 17 de septiembre de 2019

SEPTIEMBRE de 2019
Volumen XXXVI 
N° 377
ISSN 1852-317X

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febrero 2018

Mujeres estancieras, pioneras y heroínas de un tiempo difícil.

Estancias y mujeres, ayer y hoy
                                           Estancias y mujeres, ayer y hoy
                                   Fuente: LA NACION – Crédito: Gustavo Castaing

No pocas veces viajeros y autores contemporáneos se han referido a las valerosas mujeres que compartieron largos años junto a sus maridos durante la ocupación de la llanura pampeana en el período hispánico. Algunas de ellas se convirtieron en las administradoras de esas tierras familiares a la muerte de estos. Verdaderas pioneras instaladas en suertes de campo que no eran de su propiedad y cuyos títulos obtuvieron después de varias décadas en estos casos, en algunos otros después de la Revolución de Mayo.
Sin duda el caso más conocido es Agustina López de Osornio, casada con León Ortiz de Rosas. Hija de don Clemente, cuando este a sus 75 años resultó lanceado y degollado junto a su hijo Andrés en diciembre de 1783 por los indios, fue Agustina la que llevó adelante la empresa familiar, prolongada a la vez en su descendencia en la estancia del «Rincón de López» a orillas del Salado. Mujer de carácter, la recuerda su nieto Lucio V. Mansilla, mandaba parar los rodeos e inspeccionaba de a caballo sus propiedades, además de dar a luz a veinte hijos, algunos de ellos nacidos en la estancia familiar, cuyos títulos de propiedad recién los obtuvieron en 1811.
Por esa misma época se establecía en las proximidades de Chascomús un militar español, el capitán Carlos Rodríguez, aprovechando la iniciativa del virrey Vértiz de levantar en 1779 una línea de fortines para contener el avance de los naturales. Su mujer, la criolla Luisa Tadea Martínez, lo acompañó y como dice María Sáenz Quesada «abrieron los indispensables pozos que darían de beber a la hacienda, delimitaron con zanjas sus posesiones, edificaron ranchos y plantaron miles de árboles frutales, actividad, esta última insólita para la época». A la muerte de su marido, doña Luisa Tadea se encargó de administrar los campos con tanta energía y a la vez caridad que alcanzó justa fama, como que a su muerte en 1818 los vecinos llamaron en su honor una laguna vecina con el nombre de «Laguna de la Viuda». Solo tres décadas más tarde sus descendientes obtuvieron los títulos de esas tierras, entre los que se encontraba Juan N. Fernández, destacado estanciero y propulsor de la Sociedad Rural Argentina.

Estos tres nombres son apenas una muestra de otras muchas que acompañaron a sus maridos, en medio de peligros infinitos, jugándose la vida muchas veces. Heroínas sin rostro y sin nombre que merecen el recuerdo y la memoria agradecida de la posteridad.

Por: Roberto L. Elissalde
Fuente: La Nación/campo