Martes, 19 de marzo de 2019

MARZO de 2019
Volumen XXXVI 
N° 371
ISSN 1852-317X

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marzo 2019

El pastor que ama las ovejas negras. España.

En una comarca extremeña conocida por un nombre tan ruso como La Siberia, un rebaño de 1.500 ovejas protagoniza un cambio fundamental. Para el ganadero Miguel Cabello, sus merinas simbolizan su proyecto de recuperación de varias razas autóctonas a las que cría de un modo estrictamente ecológico. Pero si el rebaño resulta memorable y distinto es porque su simbolismo empieza desde el color: son ovejas negras.

“No necesito marcarlas a hierro: mis ovejas son las negras”, dice Miguel Cabello, hiperconsciente tanto de la excepcionalidad de su rebaño como de la importancia de comunicar por los ojos. Porque, con su apuesta, Cabello no busca sólo una imagen singular, sino reivindicar a la merina negra como símbolo de los valores ecológicos encarnados en la vida que llevan las que él cuida y en la historia de ese animal.

El negocio de la oveja en España está en la carne, aunque la mayor parte de este producto derivado de ovejas negras viaja a países como Arabia Saudí, Dubái o Marruecos.

Cuentan los pastores que, hace siglos, la mayoría de rebaños merinos los integraban ovejas negras, hasta que los comerciantes de tejidos advirtieron que su lana resultaba intratable mientras que la blanca se teñía con cualquier color. A partir de entonces, los ganaderos priorizaron a las blancas. Hoy, la cabaña de merina negra se ha reducido a unos cuantos ejemplares dispersos, salvados básicamente por un puñado de ganaderos que mantienen pequeños reductos de negras y por una superstición que asegura que tener a una oveja negra en el rebaño aleja tormentas y enfermedades. Los pastores del Alto Aragón, por ejemplo, siempre cuelan a una en su tropeles a modo de pararrayos.

Miguel Cabello vive en Siruela, antigua capital de invierno de La Mesta, la asociación de pastores y ganaderos que en la edad media ostentó un enorme poder en Castilla. Actualmente, Siruela (Badajoz) continúa siendo un núcleo ovino de referencia, si bien ha perdido la repercusión planetaria desde que Australia y Nueva Zelanda comenzaran a importar merina a gran escala.

Los pastores de Siruela, en la vasta comarca de La Siberia, crían a sus rebaños en dehesas pero la presión del mercado ha impuesto algunas dinámicas productivas que Cabello no comparte. Inyectar melatonina para cambiar los ciclos de sueño de las ovejas y hacerlas copular en épocas inusuales; procurarles antibióticos por sistema; o fumigar con pesticidas y herbicidas cultivos cercanos a los pastos son prácticas habituales dice Cabello que él y su familia pretenden evitar. Porque Marisa Bravo, su mujer, y tres de sus cuatro hijos también están implicados en asuntos rurales. Marisa, Miguel y Fran trabajan con él en el campo mientras Raúl suma 11 años en Madrid dirigiendo la Asociación de Gestores de la Dehesa.

ORIGEN BLANCO. Heredar unas cuantas ovejas no bastó para que Cabello se introdujera en la ganadería. Pasó una larga temporada trabajando como pintor industrial. Pero en Siruela la conexión con el campo es diaria, además de que siguió administrando la herencia, supervisando al rebaño y, poco a poco, se fue reconciliando con la profesión de su abuelo, a la vez que advertía la necesidad de un cambio en la forma de tratar al ganado y de proyectar una idea del campo. De modo que se desplazó a Zafra y compró 12 merinas negras. Luego, cuatro más “a una viuda”. Consiguió otras 100 de un buen rebaño en Hibernando; unas 30 en la Facultad de Veterinaria de Extremadura; y 180 llegaron de Portugal, donde se entroniza a la oveja preta, como llaman a la negra allí. Poco a poco, hasta conformar las 1.500 que hoy reparte en cuatro fincas entre Siruela y la vecina Sancti-Spíritus, si bien en verano desplaza a muchas a la estepa de La Serena.

La división entre ganaderos afines a una producción a gran escala y los contrarios se ha evidenciado en la candidatura de La Siberia para ser declarada reserva de la biosfera

“Esta tierra amerina como ninguna”, afirma Melquíades, un veterano esquilador que ha trabajado varias décadas en Australia y cree que, si bien las merinas de las antípodas dan una lana insuperable, no poseen las cualidades estructurales de las siberianas. Melquíades y varios expertos aseguran que estos suelos de pizarra, y muy en especial los de los pueblos de Siruela, Esparragosa de Lares, Tamurejo y Garbayuela, forman parte del ADN de un animal que en La Siberia y alrededores crece conectado a su tierra y su clima originales y, por eso, en plenitud. Amerinando como en ningún otro lugar.

De ahí también que, después de varias décadas mezclando literalmente churras con merinas (y con manchegas, charolesas, limusinas, Ile de France…), algunos ganaderos hayan detectado el valor de velar por la homogeneidad de los rebaños merinos y estén cambiando sus dinámicas de compraventa.

“Si un cordero tiene el rabo blanco, va fuera”, dice Cabello, que ha invertido el criterio de selección que hace siglos forzó el cambio de color de los grandes rebaños. La merina negra tarda más en echar lana, pero cuando lo hace, es de una finura excepcional. Tampoco produce demasiada leche, si bien contiene una insólita cantidad de grasa que multiplica su valor nutritivo. Sea como sea, 1.500 ovejas no es un número muy rentable si se quiere comercializar leche y lana. El negocio está en la carne.

Criada en libertad siguiendo ciclos naturales, la negra ofrece una carne roja y fibrada que viaja a países como Arabia Saudí, Dubái o Marruecos, grandes consumidores de cordero, aún más contrastando con España, donde esta carne es la menos consumida tras la de conejo. De hecho, pese a ser una de las zonas ovejeras por excelencia, La Siberia carece de matadero y quien desee vender la carne de sus ovejas debe salir de la región, sacrificar al animal y volver.

En general, la apuesta comercial española se enfoca en la carne, el producto ovino en apariencia más rentable según los actuales ritmos de producción y consumo. Sin embargo, los australianos han demostrado las posibilidades de la lana. Con una cabaña de más de 150 millones de cabezas –según la Oficina Estadística Europea, España rondaba los 16 en 2017– los aussies se han centrado en ofrecer al ganado una alimentación adecuada para alargar la longitud de la fibra, un cuidado que incluye hasta cubrelomos para abrigarlas en invierno y, en fin, procurarles una sosegada vida en extensivo que repercute en su calidad. Como meticuloso analista del sector, Cabello se plantea dar un paso hacia la lana.

De todas formas, 1.500 animales sigue siendo una cifra escasa para entrar en ese mundo. Hace unos meses, Cabello recibió la propuesta de enviar remesas de lana negra a unos diseñadores de alta costura, con la condición de que aumentara la cabaña para suministrarles más vellones. El de Siruela se negó. También desestimó multiplicar la ganadería para satisfacer el pedido de 10.000 corderos de un empresario árabe. “Yo sé cuál es mi medida. Sé lo que hay y lo que hago. Si crezco, esto se acabará”, dice. Declaración de principios que tambien incumbe a las gallinas, burros, pavos, mastines y cabras que forman parte de un proyecto que da sentido a su vida y a la de su familia, “porque esto no va sólo de ovejas”.

¿DE QUÉ VA?. Como Cabello intenta modificar algunas inercias ganaderas abogando por formas de hacer más naturales y limpias, se ha involucrado en multitud de asociaciones que velan por varios de sus animales, desde el pavo de la dehesa hasta el burro andaluz. “Sin subvenciones, el merino no sobrevive. Pero hay diversas formas de concederle ayudas”, dice Cabello, convencido de que la prioridad es “apoyar a los emprendedores que quieran sacar adelante proyectos rurales modernos y ecológicos, poque el campo se está vaciando y eso no puede ser”.

La división entre ganaderos afines a una producción a gran escala y los que optan por explotaciones más moderadas se ha evidenciado este año en la candidatura que ha presentado La Siberia para ser declarada reserva de la biosfera. Varios de los pueblos pequeños y de los municipios con más hectáreas de monte público votaron a favor, mientras que las localidades con grandes explotaciones ganaderas como Talarrubias o Siruela rechazaron la propuesta. El voto no fue popular; lo decidieron los representantes políticos de cada consistorio.

“Para que la gente no protestara, los detractores empezaron a decir cosas como que con la reserva volverían los lobos”, asegura Álvaro Sánchez, propietario de un cámping desde hace 25 años y muy involucrado en las iniciativas medioambientales de la región. “Dicen que esto se llenará de lobos”, corrobora Juan Alfredo, un pastor de Garbayuela. “La reserva generará atraso, despoblación y exceso de conservacionismo ambiental”, ha proclamado la asociación agraria Asaja Extremadura. Cabello, que está a favor de la reserva, lamentó mucho que su pueblo se quedara fuera de una candidatura que sigue adelante sin sus vecinos. “Pero continúo defendiendo la causa”, dice a la espera de la resolución, que se espera para la primavera de 2019.

PARQUE O RESERVA. En ese contexto, en marzo, el presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, divulgó que en breve empezarían los trámites para crear un gran parque de ocio temático en La Siberia. Se habló de al menos 1.000 millones de inversión, 2.000 puestos de trabajo, 3.000 plazas hoteleras… y se presentó una proposición de ley para facilitar el complejo. ¿Se puede compatibilizar un parque temático con una reserva de la biosfera?

Muchos defensores de la reserva creían que no. Reconociendo el despoblamiento rampante y la necesidad de tomar medidas para solucionarlo, preferían “crear, por ejemplo, una red de turismo rural que ahora mismo no existe. No sería tan rápido pero garantizaría un crecimiento sostenible y acorde con la ecología del paisaje y los productos que nos diferencian”. Así opinaba Juan González, que regenta una de las pocas casas rurales de la región.

Por otra parte, los propietarios de grandes rebaños no pusieron objeciones al parque temático y Rosa María Araújo, alcaldesa de Tamurejo, gran impulsora de la reserva y recién elegida presidenta de la Red Extremeña de Desarrollo Rural, pensó que quizá fuera posible conciliar ambos proyectos.

Cabello observó la paradójica propuesta chasqueando la lengua, convencido de que el futuro está en el asociacionismo ciudadano y contento, más que nada, por la cantidad de lluvia que había caído ese mes. En agosto, la empresa canadiense que debía ejecutar el parque temático se retiró del proyecto al considerar insuficientes las infraestructuras de La Siberia.

Para los pastores, el verano fue magnífico. “El pasto hace la lana”, dice Cabello, que en la última esquila reunió cerca de 3.000 kilos de guedejas, pasmándose como cada año con un espectáculo que confunde a los esquiladores, a menudo incapaces de distinguir qué han esquilado y qué no en la amalgama de negro sobre negro que funde lana y piel.

Buena parte de la esquila se la entrega gratuitamente a Laneras, una pequeña empresa con la que Almudena Sánchez divulga las virtudes de la fibra ofreciendo talleres de costura y creando proyectos artísticos como “Un metro cuadrado”, por el que convoca a artesanas de distintos países para que, dentro de esa medida, tejan con lana negra una obra que represente la flora de su región. Otra partida Cabello se la envía a una diseñadora danesa de mantas que esta comercializa por todo el mundo. También han confeccionado algunos jerséis de lana negra, bufandas, chales, “y llevamos calcetines de nuestras ovejas”, dice Marisa Bravo, que prepara su  aguardiente de bellota y hace quesos con leche de sus cabras y ovejas, amasándolo “con las manos frías porque así sale mejor”. Hoy, Marisa visita a una amiga y, como presente, le lleva una bolsa de huevos de oca y unas margaritas.

Los Cabello han promovido varias trasitinerancias y trashumancias implicando a muchos pueblos en la preservación de corredores para el ganado. La actividad familiar les ha valido una reputación ecologista que proyecta como nadie su saludable rebaño negro, un símbolo que camina y este otoño ha protagonizado dos trasitinerancias, una con artistas, para reflejar que cultura, salud y naturaleza son pilares capitales si en serio deseamos cambiar algo.

CARAVANA REIVINDICATIVA

“Caravana negra” fue la iniciativa impulsada en noviembre por la familia Cabello para reivindicar el territorio y la ganadería ecológica, apoyándose en la unión de naturaleza y cultura. Tomando como referencia las acuarelas que pintó Eugène Delacroix cuando viajaba con una delegación francesa por el norte de África, los Cabello organizaron una pequeña trasitinerancia con artistas por pastos de Extremadura siguiendo al rebaño de merina negra. El director de cine Agustí Villaronga, la ilustradora Carla Berrocal, el pintor Ángel Mateo Charris, la relatista gráfica Carla Boserman, el guionista de cómic y realizador de animación audiovisual Mario Torrecillas, los fotógrafos Gema Arrugaeta y Carles Mercader y el autor de este artículo, Gabi Martínez, fueron los participantes de esta caravana que fue una declaración de intenciones. Con su obra y su relato, los artistas trashumantes deben convertirse en embajadores creativos de aquella experiencia natural.

Fuente:
http://www.magazinedigital.com/historias/reportajes/pastor-que-ama-las-ovejas-negras