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agosto 2019

El caballo patrio. Argentina.

CR Vet (R) Gregorio D. Brejov

Sus ancestros llegaron en 1536 a la región del Río de la Plata con la expedición de Pedro de Mendoza, fueron 72 caballos y yeguas que dieron origen a manadas de caballos baguales, según cuenta Alberto Labiano en su libro “De campo y de caballos”: “Son los baguales, hijos dilectos de la pampa, paladines de la libertad, vida y fuerza, instinto y color, rebeldía y muerte”

Esto fue el origen de los baguales o caballos cimarrones que poblaron las extensas llanuras de la pampa Argentina, en las que la naturaleza sin intervención de la mano del hombre, les proporciono los elementos necesarios para su desarrollo y adaptación al medio que constituyó su hábitat, lo que produjo como consecuencia que sus condiciones físicas resultaran ser mayores que las de sus antecesores.

Bien pronto los habitantes de estas pampas, indios, gauchos y posteriormente los soldados supieron evaluar las cualidades de estos caballos en lo que se relacionaba con su buena rienda, rápidos en su partida, equilibrados en su accionar, resistencia en las marchas que muchas veces duraban mucho tiempo y de una gran rusticidad en lo que concierne a que soportaba estoicamente el clima y que vivían del alimento que le proporcionaba el medio.

Los baguales que eran domados pasaban a ser propiedad del estado. En los Archivos de los Tribunales de Córdoba se encuentra que en 1787 los caballos propiedad del Estado recibían la denominación de “Caballos del Rey”. De aquí deriva el término reyuno. Podemos poner aquí como cita, uno de los versos del Martín Fierro de José Hernández:

Llamó al cabo y al sargento
Y empezó la indagación
Si había venido al cantón
En tal tiempo o en tal otro
Y si había venido en potro,
En reyuno o redomón.

Los reyunos fueron los antecesores de los “Caballos Patrios” empleados en la incipiente caballería criolla en los albores de la revolución de Mayo de 1810. Estos caballos llevaban la marca del Estado y al igual que los reyunos, se los señalaba cortándoles una oreja o parte de ella. Sobre este caballo se han explayado numerosos autores, pero uno de los más elocuentes ha sido el General de División Lucio Victorio Mansilla (1831- 1913) escritor, periodista, político y diplomático que en su libro “Una excursión a los indios Ranqueles” (1870), los describió así: “No hay nada comparable a la desgraciada condición de la que en nuestro lenguaje argentino se llama un caballo patrio. Empecemos porque le falta una oreja que, desfigurándolo, le da el mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco y si no está flaco tiene una matadura en la cruz o en el lomo; es manco o bichoco; es rengo o lunanco; es rabón o tiene una enorme porra en la cola; está mal tusado y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope ni tranco ni sobrepaso. Y sin embargo, todo el que lo encuentra lo monta. Y no hay ejemplo de que un patrio haya podido decir al morir: a mí no me sobaron jamás. Todo el que lo montó le dio duro hasta postrarlo. Ah! “Si los patrios que a millares yacen sepultados en los campos formando sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen, qué no contarían” ¡Qué ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras! ¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay, cuantas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas reputaciones vindicadas a sus costillas por no haber vivido en tiempos de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Solo ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo ¿quién no ha murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos”.

El periódico La Nación en su edición del 18 de junio de 2005, publicó un artículo de Facundo Gómez Romero titulado “En recuerdo de los viejos patrios”, en una parte del cual dice: “Estos caballos llevaban la marca que adoptara el Gobierno y los señalaba, es decir, se les cortaba una oreja o parte de ella” para distinguirlos del resto de los equinos. Comisionado para esta tarea se encontraba el “Inspector de caballada del Estado” y debía entregárselos al Juez de paz del partido respectivo, quien a su vez los encomendaba al Comandante de la Frontera. El Jefe militar los distribuía entre los fortines, efectuando un canje con los sufridos “patrios” que se encontraban en servicio. Los caballos salientes se reponían en las llamadas “caballadas del Estado”, lugares de buenos pastos y aguadas que alquilaba el Gobierno.

“Al producirse las invasiones de los indios o ante la posibilidad de que estas se produjesen, si los animales existentes en los fortines se encontraban en mal estado o no eran suficientes se recurría a los caballos disponibles en las mencionadas invernadas. Incluso el Estado podía expropiar equinos de los particulares, puesto que estos animales eran considerados artículos de guerra”.

En las postrimerías del siglo XIX los baguales habían perdido prácticamente importancia, debido a que ya no existían en la cantidad de otrora, comenzándose la mestización de lo que paso a llamarse raza criolla, con el Sangre pura de Carrera. Este proceso puso en peligro la existencia del criollo como raza pura, pero gracias a los esfuerzos del Dr. Emilio Solanet (1887-1979) que logró la recuperación y el perfeccionamiento de sus condiciones.

Entre las muchas actividades que realizó el caballo criollo en la patria naciente se destacan los servicios prestados al Ejército Libertador del General San Martín y aún hoy el Regimiento de Granaderos a Caballo “Gral. San Martín” tiene Escuadrones montados en caballos criollos.

Bibliografía
CARRERAS, Faustino Fermín; “Antología y Vocabulario Ecuestre”. Gráfica Grl. Belgrano. Bs. As. 2007, pág. 27

Fuente: Boletín de Julio de 2019 Año XVI, N º 108 de la Asociación Argentina de Historia de la Veterinaria,