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octubre 2021

Ganadería bovina e impacto de carbono.

Este año se llevará a cabo la COP26 en Glasgow, y Argentina presentará una propuesta con acciones a mediano y largo plazo.

En este contexto la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria (ANAV) quiere hacer conocer su opinión:

La enorme importancia económica de la producción de carnes rojas para nuestro país nos debe poner alerta, adoptando una posición firme y basada en ciencia.

Los gobiernos de todo el mundo, y también de nuestro país, tienden a ajustar sus decisiones a visiones que nos llegan desde prestigiosos centros académicos y científicos del hemisferio norte europeo. Esas visiones también son influidas por organizaciones no gubernamentales que adoptan posiciones dogmáticas respecto al potencial impacto negativo de la ganadería de rumiantes y de la bovina en particular. Sin embargo, a pesar de que suelen ser incorporadas como certeras e infalibles, esas visiones no siempre reflejan con rigor la realidad productiva de países en desarrollo. Para ilustrar el tema, presentamos estadísticas actualizadas de la FAO en 2021 (https://www.fao.org/faostat/es/#data/domains_table) con el fin de comparar datos de Argentina con datos de seis países europeos: Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Países Bajos, y Reino Unido. Asumamos, antes de avanzar, que la ganadería bovina argentina emite aproximadamente un 0,1 % de las emisiones globales de carbono. O sea, un volumen de muy escasa significación mundial. Haremos un análisis de dos variables sencillas: 1) la densidad bovina por hectárea de estos siete países, y 2) la densidad de emisiones de carbono (emisiones GEI) por hectárea de cada uno de ellos, en comparación con los parámetros correspondientes a nuestro país.
Los países seleccionados tienen una larga y meritoria tradición en la producción de carne y leche vacuna, y de ellos emana la mayor parte de las críticas (fundadas y no tan fundadas) que cuestionan los sistemas de producción ganadera. Claramente, la menor densidad de bovinos por hectárea, y el menor volumen de emisiones por hectárea corresponden a nuestro país. Tampoco se debería generalizar para todos los países sudamericanos, dado que en algunos de ellos la ganadería se expande a expensas de la pérdida de bosques nativos.

En el caso de Argentina, otro aspecto no atendido es que más del 75 % de las tierras rurales argentinas son áridas y semiáridas. Escasez de agua y consecuentes sequías impiden reemplazar los rumiantes por especies monogástricas, y mucho menos por cultivos comestibles. Crecen allí pastos y forrajes duros y fibrosos que solo pueden ser digeridos y convertidos en carne por los rumiantes (bovinos, caprinos, ovinos). La ganadería extensiva y rudimentaria es el único medio de sustento de muchos campesinos que habitan esas regiones. Como los rumiantes no compiten con otras actividades ganaderas y agrícolas (como sí lo hace en zonas fértiles y húmedas), no tiene mucho sentido analizar si ese ganado utiliza mucha tierra, o consume mucha agua, ya que no hay usos alternativos para esos dos recursos. En buena medida esto ocurre también en algunas regiones inundables y en campos bajos salinizados en los cuales no es posible el cultivo a pesar de que puede haber agua en abundancia. No deja de sorprender que académicos e investigadores prestigiosos del hemisferio norte asuman una homogeneidad de ambientes que no existe en el mundo real, y que lleva a una cierta restricción de visiones y enfoques que carecen de sustento en otras regiones del planeta.

En este contexto, desde la ANAV se considera imprescindible estimular estudios tendientes a estimar el impacto de la cadena de producción de ganados y carne para conocer el impacto real sobre el cambio climático utilizando las mismas herramientas propuestas por el IPCC y adecuarlas con nuevas propuestas que consideren variables como la captura de Carbono.

Fuente: Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria.