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Última actualización: 18 June 2024
mayo 2009

Del libro “Vida de Ilustres Perros” III.

PRESENCIA EN LA LITERATURA



El coloquio de los perros y The Twa Dogs
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El coloquio de los perros es una de las Novelas Ejemplares del español Miguel de Cervantes de Saavedra (1547-1616). Sus dos actores son los canes Berganza y Cipión, dotados por el autor del Quijote del don del habla; los perros se encargan -en particular Berganza- de denunciar la corrupción social. El recurso de la conversación canina le permitió a Cervantes aplicar una filosofía cínica -nunca mejor empleada la palabra que en este caso- para juzgar las convenciones sociales y la maldad en el mundo.

En el mismo estilo, Robert Burns (1759-1796) -considerado el poeta nacional de los escoceses- escribió en 1785 el poema “The Twa dogs” (1785). Dos son sus actores: un perro terranova de nombre César y otro can de nombre Luath. Burns, que quería mucho a los perros, había tenido un border collie llamado Luath, nombre que significa “rápido” en gaélico, muerto por la crueldad de un hombre, justo la noche anterior del fallecimiento del padre del poeta. Fue esta una manera de inmortalizar a su compañero.

Poco tiene que ver la obra con los canes pues se trata de una mirada filosófica sobre el contraste de la vida de ricos y pobres en el siglo XVIII.

Cada 25 de enero, aniversario de su natalicio, se celebra en Escocia la “noche de Burns”. Una estatua de él y su perro se halla en Boston, Estados Unidos, y otra similar delante de la iglesia de Greyfriers, en Dunfries, Escocia.

El mundo a través de los ojos de Flush

Un perro superior a muchos humanos fue Flush, retratado en la novela de Virginia Woolf (1882-1941) “Flush. Una biografía“, publicada en 1933. El can existió realmente pues fue un cocker spaniel regalado de cachorro a la poetisa inglesa Elizabeth Barrett (1806-1861), cuando esta convalecía de una lesión en la columna vertebral, en 1842.

Al tiempo la escritora comenzó a caminar por Londres junto a su perro y cuando ella se casó con el poeta Robert Browning (1812-1889), Flush se transformó en la mascota familiar. Elizabeth le dedicó el poema “To Flush, my Dog“.

El encanto de la obra de la novelista británica radica en la visión de la época victoriana a través de la mirada canina, ya que la escritora se esforzó en posesionar su punto de vista desde los sentidos de un perro. Así por ejemplo, el inicio del romance entre Elizabeth y Browning es sentido por Flush como algo que le desagrada pues siente celos hacia quien le roba parte del cariño de su dueña. También hay una crítica hacia el género humano claramente inferior a un Flush que no necesita de largos y complejos discursos para expresarse, se guía por un certero instinto y demuestra abiertamente sus sentimientos.

Es probable que Woolf haya recibido la influencia de Pinka, una perrita que le fue regalada por Vita Sackville-West poco antes de iniciar la novela. En su diario personal anotó, en 1935, al morir Pinka: “Hay algo de nuestra vida privada que ha muerto con ella“.[1]

Chéjov y los perros

El prestigioso dramaturgo ruso Antón P. Chéjov (1860-1904) creó un personaje, símbolo de la fidelidad, al que llamó Kashtanka (castaña). Con su nombre tituló un bello cuento (1887) que relata los avatares vividos por una perrita no muy afortunada. Pertenecía a un carpintero ebrio que no cuidaba de ella en absoluto. En una de sus tantas borracheras la pierde y Kashtanka comienza a vagar hasta que es amparada por un entrenador de animales.

Con gran paciencia y cariño este comienza a adiestrarla en la esperanza de convertirla en una gran estrella de circo. Kashtanka aprende rápidamente las pruebas, teniendo como compañeros de “escuela” un ganso, un gato y una cerda.

Llega el día del debut, la pista del circo es el escenario donde la perrita seguramente ha de consagrarse y así debía ser si no fuera porque desde las gradas más lejanas escucha la voz del hijo del carpintero que la reconoce y la llama. Kashtanka abandona su futuro rutilante y salta por entre el público -que observa emocionado el reencuentro- para abrazar a su vieja familia. ¿No era mejor el trato del adiestrador que volver a padecer las iras de un carpintero embriagado? Posiblemente, pero la fidelidad del perro es superior a cualquier especulación material.

No fue esta la única obra en que Chéjov incluyó caninos. También lo hizo en “La dama del perrito” (1899) y en “El Jardín de los cerezos” (1904), pero sin adquirir la trascendencia de Kashtanka.

No está de más recordar que el escritor ruso tuvo dos daschound a los que llamó Bromuro y Quinina. No debe llamar la atención los nombres pues Chéjov era médico, si bien no tuvo casi necesidad de ejercer la profesión gracias a su éxito literario. Cuando el autor comenzó a padecer los síntomas de la tuberculosis se mudó de su hogar en Moscú al clima más cálido de Crimea. No llevó consigo a sus perros, a los que dejó abandonados a su suerte.[2]

Un nieto de la pareja de salchichas fue la mascota del autor de la novela “Lolita”, Vladimir Nabokov (1899-1907). Cuando este partió al exilio en 1917, con motivo de la Revolución Rusa, se lo llevó a Praga donde más tarde fallecería y sería enterrado en una tumba que actualmente es lugar de visita para quienes desean conocer todo lo relacionado con este escritor.

Niki y el terror a Stalin

Otro escritor que ubicó a un perro como narrador de la realidad circundante fue el húngaro Tibor Déry (1894-1977). Su novela “Niki, la historia de un perro”, escrita en 1956, es la visión del terror estalinista sufrido en Budapest después del levantamiento húngaro contra el régimen comunista, a través de los ojos y la comprensión de un fox terrier.

Los dueños de Niki son el ingeniero Ancza y su mujer, un matrimonio de edad madura. Aquél es puesto en prisión durante una de las habituales purgas y Niki acompaña en sus padecimientos -soledad, pobreza, vejaciones- a la señora Ancza. Un buen día el ingeniero es liberado en forma tan inexplicable como resultó antes su apresamiento. Pero lo que no tiene explicación racional para los humanos sí es capaz de comprenderlo Niki.

Otras historias perrunas

Jack London (1876-1916) fue un exitoso aunque atormentado escritor estadounidense. Escribió más de cincuenta obras que le reportaron el suficiente dinero como para poder dilapidarlo en viajes y alcohol. Acusado muchas veces de plagio, de él nos interesan dos obras, “El llamado de la selva” (1903) cuyo personaje central es un perro de la ciudad, llamado Buck, y “Colmillo Blanco” (1906), un perro tres cuartos lobo.

Thomas Mann (1875-1955), novelista de origen alemán, fue autor de “Señor y perro” obra en parte inspirada por su perro Bauschan. Este autor también tuvo un caniche negro de nombre Niko.

El inglés James Richard Ackerley (1896-1967) escribió “Mi perra Tulip“, novela que tiene mucho de autobiografía y trae el recuerdo de su mascota de raza pastor alemán.

El peruano Ciro Alegría (1909-1967) fue un gran novelista que nos hizo conocer los sufrimientos de Wanka, Zambo, Güeso, Pellejo, Mañu, Shapra y Rayo -todos personajes de “Los perros hambrientos“- durante una prolongada sequía en la sierra de su país.

El Nobel de literatura de 1962, el estadounidense John Steinbeck (1902-1968), publicó un año antes de ser galardonado “Travels with Charley”, libro que relata el viaje hecho por el autor a través de su país desde septiembre de 1960 hasta enero de 1961 a bordo de su coche -al que bautizó Rocinante por el corcel del Quijote- y con la única compañía de su caniche Charley.

“Tombuctú”, del estadounidense Paul Auster (1947- ), y “King”, del londinense John Berger (1926- ), son otras dos novelas en que los autores colocan a los perros en el centro del relato.

En sus “Recuerdos de un hacendado”, el parisino Godofredo Daireaux (1849-1916) -que se estableció en la Argentina en 1868- incluyó un cuento titulado El Guacho que dedicó a la nobleza abnegada de un perro sin abolengo, al que llamó Baraja. Pertenecía a un joven sin padre, cuyo tutor era un estanciero, Don Ramón, de carácter despótico. El Guacho solía ir al campo a repuntar las ovejas y hacerlas pastar, pero dedicaba lo más de su tiempo a cazar los bichos de la pampa, ayudado por su fiel perro. En otras ocasiones conversaba con Baraja, “le contaba sus penas y le explicaba sus proyectos, y era de ver en los ojos del perro, y en los movimientos de su cola, como todo lo entendía perfectamente“.[3]

Una tarde se dejó estar en el campo más del tiempo debido y a la vuelta el tirano estanciero le propinó una lluvia de rebencazos. “Baraja, primero, suplicó también con los ojos; pero pronto gruñó, enseñó los dientes, y al fin, se abalanzó y mordió en el brazo a Don Ramón. Lo mordió poco, casi respetuosamente, como quien se ve obligado por las circunstancias a llamar al orden a un superior“.[4]

Don Ramón dejó de castigar al muchacho, pero fue a su cuarto, cargó su escopeta y descerrajó sobre Baraja dos tiros, yéndose el perro a morir entre los yuyos. El Guacho lo siguió llorando y en un último adiós besó su cabeza. Al regresar, Don Ramón lo castigó imponiéndole pasar toda la noche al pie de la cama.

A la mañana siguiente el Guacho ya no estaba. Se había fugado con el mejor caballo de la estancia. Adentro del rancho quedaba el cadáver degollado de su propietario.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999) ha inmortalizado a la perra Diana en las páginas de su novela “Dormir al sol”. El exitoso escritor nunca ocultó el gran amor que sentía por su perro Ayax. La porteña Sara Gallardo (1931-1988) escribió en 1968, “Los galgos, los galgos”, novela premiada en la que participan cinco perros de esta raza acompañando a un joven abogado y una mujer.

El libro Vida de Ilustres Perros, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. Iª Ed. Santa Fe. Rel. Revistas e Informática 2007, 116 págs. Ilustr.

Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del laboratorio Over S.R.L.


1 De Santis, Pablo: “Vida de perros”, en Clarín, 19-12-1999, supl. Cultura y Nación.

2 Schoo, Ernesto: “¿Amaba Chéjov a los perros?”, en diario La Nación, Buenos Aires, 20 de septiembre de 2003, sección espectáculos.

3 Daireaux, Godofredo: Recuerdos de un hacendado, Buenos Aires, Agro, 1945, p. 42. Ídem, p. 44.