Domingo, 19 de noviembre de 2017

NOVIEMBRE de 2017
Volumen XXXIV 
N° 355
ISSN 1852-317X

Archivo

noviembre 2009

Del libro “Vida de Ilustres Caballos” V.

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.

El libro “Vida de Ilustres Caballos“, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. 1ª Ed. Santa Fe, Colegio de Médicos Veterinarios, 2005, 116 págs.
Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del Laboratorio Over S.R.L.
A continuación reproduciremos capítulos del libro en homenaje al autor.

Caballos de los próceres.

San Martín
Pocos, o ninguno tal vez, de los jefes militares que tuvo nuestra nación han demostrado la atención que el Padre de la Patria prodigó a sus caballadas. Fue Don José Francisco de San Martín (1778-1850) quien introdujo a los albéitares en el cuidado de los equinos de su ejército y así llevó de Buenos Aires a Mendoza estos experimentados herradores cuando se preparó el cruce de los Andes.47

Dicho esto, cabría esperar que el general tuviera uno o más caballos de su predilección que hubieran pasado a la historia junto con él. Sin embargo nunca hubo tal caballo mítico. Su personalidad sumamente austeras y consagrada por entero al servicio de las armas y de su patria, haciendo constante abstracción de sus bienes personales, ayudan a explicar la ausencia de ese fabuloso animal. Tampoco San Martín dejaba nada librado al azar ni cifraba sus estrategias en un afán cabalístico o en la suerte que podía depender de un sencillo cuadrúpedo.

Es por eso que apenas tenemos noticias de los montados de San Martín. La primera tiene que ver con su bautismo de fuego. En el combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813) San Martín montaba “un arrogante caballo bayo de cola cortada al corvejón, militarmente enjaezado”.48 Este animal recibió una descarga de fusilería y una carga de cañón, de resultas de las que murió derribando a su jinete y atrapándolo con su inerte cuerpo, al punto que si no fuera por el arrojo de los granaderos Juan Bautista Baigorria (puntano) y Juan Bautista Cabral (correntino), en ese mismo lance habría sucumbido. El bayo era un regalo del señor Pablo Rodrigáñez.

El general Espejo cuenta que, estando en Mendoza, San Martín montaba un hermoso alazán tostado de cola recortada y tuse criollo. Ya en Rancagua, en los primeros meses de 1820 solía emplear un zaino negro coludo y de largas crines.

Después de su célebre conferencia con Bolívar en Guayaquil, le regaló uno de sus caballos de paso peruano, junto con un par de pistolas y una escopeta. El venezolano le entregó a, a cambio, uno de sus retratos.

Demás está decir que el legendario caballo blanco con el que habría cruzado los Andes no pasa de ser una alegoría –ayudada por la imaginaria litografía dedicada a los héroes- de lo que fue una hazaña. En aquella epopeya San Martín montó, como el resto de su ejército, una mula.49

47 Por supuesto que los albéitares que empleó San Martín no poseían otro título que el otorgado por la experiencia acumulada en años de profesión. Sólo tenemos noticias de dos albéitares diplomados en España durante toda la época colonial y primeras décadas de gobierno patrio: Juan Cordero Margallo (ejerció en Buenos Aires en 1613) y Gabriel Izquierdo (Buenos Aires 1790-6).

48 Mitre, Bartolomé: Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, Buenos Aires, Peuser, 1946, p. 110.

49 La figura del caballo blanco no sólo realza la imagen del héroe sino que simboliza la libertad. Con este simbolismo se halla en el escudo de Venezuela.

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Belgrano
En nuestra historia muchos son los héroes pero pocos los próceres. Uno de ellos, sin lugar a dudas, fue el abogado Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano (1770-1820). Hombre ilustrado, la experiencia vivida durante las invasiones inglesas torció su vocación hacia las armas y allí tuvo sinsabores y éxitos que jalonaron su última década de existencia.

El creador de nuestra bandera no era un caudillo ni un hombre de a caballo por lo que no fue acompañado por una monta en particular. En la batalla de Tucumán, librada el 24 de septiembre de 1812, cabalgaba “un mansísimo caballo rosillo, de paso, que acostumbraba montar habitualmente. Con sorpresa de todos, al primer cañonazo de nuestra línea se asustó, y dio en tierra con el General. La noticia de la caída se propagó con notable rapidez por toda nuestra formación, y al principio se temió que fuese efecto de alguna bala u otro accidente parecido; mas luego se supo el verdadero motivo. La caída parecía de mal agüero, pero no tuvo resultas desagradables y luego se olvidó. Pudo decir: “Campo de batalla, te tengo”.50

A su entrada en la villa imperial de Potosí fue recibido por el cabildo local con gran ceremonia. El rico minero José Diego de Ardiles fue el encargado de entregarle, como presente del ayuntamiento, un magnífico caballo árabe con herraduras y tornillos de oro, bridas y arreos enchapados y montura de terciopelo carmesí recamado y flecado de oro.51

Estando a mediados de 1813 en la misma ciudad fue visitado por el cacique Cumbia, quien se hacía llamar General y era sumamente respetado porque tenía bajo su mando multitud de indígenas del Chaco. Belgrano lo recibió presentándole “un caballo blanco ricamente enjaezado y con herraduras de plata, desfilando ambos por en medio del ejército formado”.52 No es el primer caballo blanco que aparece en la historia del general por lo que en este caso, a diferencia de San Martín, seguramente sí existió uno o más corceles de este pelaje que recibieron la atención y el favor del prócer.

Después de la derrota de Ayohuma (14 de noviembre de 1813), Belgrano se retiró de la ciudad de Potosí en el lomo de una mula, animal preferido para las labores de aquellas latitudes.

Gracias al recuerdo de Gregorio Aráoz de La Madrid sabemos de la existencia de otro caballo de Belgrano. Era un magnífico tordillo blanco que le regaló al sargento de Tambo Nuevo, Mariano Gómez. Este valiente patriota recibió el presente del general la jornada anterior a la batalla de Ayohuma.

El joven, de apenas 19 años, en su corta trayectoria militar llevó el caballo a todas sus misiones, tal era el orgullo que sentía por su posesión.53 Esta devoción también fue causa de su perdición. Sus continuos actos de arrojo sobre tal animal lo distinguieron entre sus enemigos y fue así que habiendo realizado unas victoriosas excursiones sobre los realistas cercanos a Humahuaca, una vez entrado a este pueblo fue delatado por una cochabambina y fácilmente reconocido por sus perseguidores.54 Gómez fue fusilado en Humahuaca no sin antes despreciar varios ofrecimientos del Coronel Castro para que cambiase de bando. A todos los requerimientos del realista, Gómez respondió: “Entréguenme mis armas y lárguenme en medio de este cuadro, ¿qué temen de un hombre solo? Así les hará conocer cuán imposible es que Gómez les sirva contra su patria” .55
Haremos dos observaciones respecto de este incidente. La primera es que difícilmente se podía forjar una leyenda sobre algún caballo de Belgrano pues el general era sumamente humilde y reacio a la acumulación de bienes, siendo constantes sus gestos de desprendimiento. En la retirada de la derrota de Vilcapugio, desensilló y destinó su caballo de batalla para uno de los tantos heridos que había dejado la lucha, cargando él mismo a pie el fusil de dicho combatiente.
La segunda tiene que ver con el pelaje del animal como una manera de  identificar al jinete, lo que también queda demostrado por un pasaje donde La Madrid relata un episodio de la batalla de Oncativo. Buscando a Facundo, el guerrero unitario les pregunta a dos soldados de la escolta del riojano dónde estaba su jefe y ellos le señalan al este una partida, como de doce hombres, que corrían escapando. “¿En qué caballo va?” les interroga, a lo que ellos responden que en un castaño overo. Si bien La Madrid comprobó rápidamente que esto fue un engaño, la respuesta indica que el color era un rápido sistema de identificación.56
50 Paz, José María: Memorias póstumas. Campaña de la independencia. Primera parte. Buenos Aires, Albatros, 1945, p. 42, nota al pie.
51 Jaimes, Julio L.: “Triunfal entrada de Belgrano en Potosí”, en Caras y Caretas, Buenos Aires, año VIII, Nº 364, 23 de septiembre de 1905.
52 Mitre, Bartolomé: Historia de Belgrano, Buenos Aires, Editorial Juventud Argentina, 1945, tomo II, p. 142.
53 “Marchó, pues, Gómez con este pliego en el mismo caballo blanco que le había dado el general el día anterior a la batalla de Ayohuma, o llevándolo de tiro, pues lo había cuidado con el mayor esmero y lo conservaba en el mejor estado de servicio”, Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, Buenos Aires, Eudeba, 1968, tomo I, p. 49.
54 “Llegados al punto de las Tras Cruces y descubierto desde allí a la partida de Gómez entrando ya a Uquía, hizo alto el capitán y se volvió rabiando contra la cochabambina que lo había engañado, cuando a poco andar observan el caballo blanco y conociéndolo (porque Gómez siempre se presentaba con él), gritan “¡allí está!”…” Ídem, p. 51.
55 Ídem, p. 52.
56 Ídem, p. 347.

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Lavalle
El general Juan Galo de Lavalle (1797-1841), héroe de las guerras de la independencia y reconocido jefe de las fuerzas unitarias tenía un caballo que era conocido como “el Blanco”.

Cuando Lavalle decidió regresar al país en 1839 para terminar con el gobierno de Rosas, sufrió sucesivos reveses militares hasta su derrota total en Famaillá (Tucumán) frente a las fuerzas del general oriental Manuel Oribe (1792-1857) quien comandaba los ejércitos rosistas. Fue entonces que emprendió su retirada hacia Bolivia y fue muerto en una casa de la ciudad de Jujuy.57

El Blanco aparece en el famoso cuadro “La conducción del cadáver de Lavalle en la quebrada de Humahuaca” del pintor uruguayo Nicanor Blanes (1857-1895).58 En la pintura, que retrata la peregrinación de un grupo de leales amigos del general llevando su cuerpo hacia Potosí para evitar su profanación, se lo observa como un bayo ruano mientras que Juan Andrés del Campo cabalga sobre otro bayo pero de cabos negros, Ezequiel Ramos Mejía sobre un gateado, Alejandro Danel monta otro bayo y el coronel Pedernera un bayo blanco. Sobre el lomo del Blanco iba –desde Jujuy- el cadáver del general envuelto en la bandera celeste y blanca. Desde Huacalera se conservaron únicamente sus huesos descarnados y corazón.

Una vez en Potosí, Félix Frías, que no se sentía seguro en esa plaza “llevó al Blanco a Chile, con la espada del héroe y le confió a ambos a aquella amiga de los argentinos, Doña Emilia Herrera de Toro, la samaritana del Mapocho. Fue la misma que salvó la vida a Roque Sáenz Peña, el argentino que cayera prisionero en la guerra chileno-peruana, por ser oficial del Perú. Doña Emilia impidió por minutos que lo fusilaran. En cuanto al Blanco, terminó sus días en El Águila, un fundo de su familia”.59

57 Digamos de paso que Oribe montaba generalmente un tordillo.
58 El cuadro, pintado al óleo, fue donado por su autor – hijo de Juan Manuel Blanes- a la Legislatura Bonaerense en 1889.
59 Gury Dohmen, Enrique Federico: “Caballos argentinos célebres”, en Boletín de la Asociación Argentina  de Historia de la Veterinaria Nº 7, Revista de Medicina Veterinaria, Buenos Aires, volumen 80, Nº 3, 1999, p. 200-1.

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La Madrid.

Pocos hombres de nuestro pasado han sido tan volubles como Gregorio Aráoz de La Madrid (1795-1857), pero pocos son también los que han demostrado tanta valentía. El destino quiso que no llegara a completar su preparación intelectual para la cual asomaba como una mente bien dispuesta. Sí fue en cambio un valeroso guerrero que acompañó a sus subordinados con la guitarra, vidalitas y cielitos, aunque no siempre con una adecuada estrategia.

No llegó a la categoría de caudillo por más que seguramente su afán fue el convertirse en uno de ellos. Igualmente nos ha dejado en sus Memorias el recuerdo de muchos de sus caballos o el de otros fletes que tuvo oportunidad de admirar.

Comencemos con la batalla de Tucumán en la que cabalgaba un soberbio lobuno que tuvo que ceder a José María Paz por pedido de éste a Diego González Balcarce (1784-1816).

En la retirada de Ayohuma cabalgaba “un hermoso caballo tordillo” que según sus palabras, si bien era bueno “tenía el defecto de ser un poco sillón”.60 Pronto veremos que lo que el patriota  consideró como un defecto terminó siendo una ventaja.

En ese tordillo cruzó el río Suipacha junto al sargento Mariano Gómez quien montaba un superior caballo de reserva que le había dejado el mayor general Díaz Vélez (1790-1856), primo de La Madrid. El par de equinos era tan magnífico que el propio La Madrid le hizo el siguiente comentario al sargento: “Qué dirían nuestros enemigos si observasen estos hermosos caballos, juzgarían sin duda que toda mi partida está bien montada”. Apenas terminó de decir esto cerró sus espuelas para probar la rienda, pero cuando se hallaba en lo mejor de la prueba advirtió que unos cincuenta realistas de caballería estaban tras ellos. Comenzó entonces una huída en la que tuvo la desgracia de que se le desprendiera la cincha “y viendo que ya las jergas iban a salírseme por las ancas, las agarré con una mano juntamente con una maleta en la que llevaba una muda de ropa y lo eché todo por delante. Como el caballo era sillón me valió mucho para que el recado quedase a fuerza de apretar las piernas”.61

Cuando en diciembre de 1814 se hizo cargo del ejército del Norte el general José Rondeau (1773-1844) le ocurrió a La Madrid un incidente que es demostrativo de la corta vida de los fletes de combate. En una escaramuza con las líneas enemigas su caballo recibió un balazo y cayó muerto. La Madrid salvó su apero y gracias a la acción de uno de sus dragones que acudió en su ayuda pudo huir sano y salvo.62

No pasó mucho tiempo hasta que otro de sus montados sufrió idéntica suerte. Fue en el combate de Culpina en el que su caballo recibió cinco balazos y tres bayonetazos que lo tendieron muerto. Una de las heridas de bayoneta le había interesado la tabla del cuello lo que produjo una abundante hemorragia que manchó la casaca de La Madrid  haciendo confundir a sus ayudantes sobre una posible herida del militar. Fue el sargento Bracamonte quien más tarde pudo recuperar la montura habiéndolo logrado con amenazas a sus poseedores de que La Madrid los perseguiría hasta Lima. No obstante, los estribos de plata que adornaban el recado no aparecieron.63

Nuevamente sufre la muerte de su caballo en la batalla del Tala frente a las fuerzas de Facundo Quiroga. Esta vez fueron incontables las balas que atravesaron su pecho volteándolo. Aún así el animal logró incorporarse, pero cuando La Madrid volvió a subirse, ya no pudo moverse. Fue en este lance que La Madrid quedó tendido en la lid y, dado por muerto, su cuerpo fue desnudado. Había recibido quince heridas de sable, once de ellas en la cabeza, y un bayonetazo en la paletilla junto al cual había un tiro dado para remate final.64

En la batalla de La Ciudadela montó un moro del que refiere que era “el moro más superior que he montado en mi vida”.65 De esa batalla logró salvar cuatro hermosos caballos con los que llegó a Bolivia y uno de ellos se lo regaló al vicepresidente de ese país, José Miguel Velazco.

60 Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, op. cit., tomo I, p. 46. Sillón es el caballo que tiene el lomo muy arqueado en forma de hamaca.

61 Ídem, p. 47.

62 Ídem, p. 59.

63 Ídem, p. 81 y 83. El peligro de muerte del animal en la batalla era prácticamente el mismo que su jinete. Esta circunstancia, puesta de manifiesto en el bayo de San Martín o en los de Lamadrid también se comprueba en el caballo que usó Juan Martín de Pueyrredón en el combate de Perdriel contra el invasor inglés, el 1º de agosto de 1806. Su animal fue muerto de un disparo de cañón logrando salvarse el patriota por su destreza para saltar sobre las ancas del caballo que le ofreció Lorenzo López, uno de sus peones convertido en soldado. Raffo de la Reta, J. C.: Historia de Juan Martín de Pueyrredón, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1948, p. 30.

64 Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, op. cit., tomo I, p. 232. Estando en Bolivia tuvo que abandonar otro equino porque éste recibió una bala en el encuentro [tomo II, p. 211]. Nuevamente le sucedió lo mismo en la Banda Oriental cuando mataron su caballo de un balazo cerca de los oídos. En esa ocasión el general Fructuoso Rivera le facilitó el del mayor Viñas [ídem, p. 264 y 266].

65 Ídem, tomo II, p. 52.