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Última actualización: 18 June 2024
septiembre 2009

Del libro “Vidas de Ilustres Caballos” III.

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.

Caballos de la conquista de América.

Caballos de Hernán Cortés.

Cuando Cortés (1485-1547) se embarcó en febrero de 1519 para emprender, en lo que hoy es México, su gran aventura, lo hizo con once navíos, más de 500 soldados, cerca de 100 marineros y dieciséis caballos. Éstos fueron repartidos en los distintos navíos siendo el detalle de los mismos el siguiente:

Capitán Cortés, un caballo castaño zaino, que luego se le murió en San Juan de Ulúa.

Pedro de Alvarado y Hernán López de Avila, una yegua alazana, muy buena, de juego y de carrera…

Alonso Hernández Puerto Carrero, una yegua rucia20 de buena carrera, que le compró Cortés por las lazadas de oro.

Joan Velásquez de León, otra yegua rucia muy poderosa, que llamábamos la Rabona, muy revuelta y de buena carrera.

Cristóbal de Oli, un caballo castaño oscuro, harto bueno.

Francisco de Montejo y Alonso de Avila, un caballo alazán tostado; no fue bueno para cosa de guerra.

Francisco de Morla, un caballo castaño oscuro, gran corredor y revuelto.

Joan de Escalante, un caballo castaño claro tresalbo22; no fue muy bueno.

Diego de Ordaz, una yegua rucia machorra, pasadera, y aunque corría poco.

Gonzalo Domínguez, un muy extremado jinete, un caballo castaño oscuro muy bueno y gran corredor.

Pedro González de Trujillo, un buen caballo castaño, perfecto castaño, que corría muy bien.

Morón, vecino de Bayamo, un caballo overo, labrado de las manos23 y era bien revuelto.

Baena, vecino de la Trinidad, un caballo overo, algo sobre morcillo24; no salió bueno para cosa ninguna.

Lares, el muy buen jinete, un caballo muy bueno, de color castaño claro, y buen corredor.

Ortiz el Músico, y un Bartolomé García, que solía tener minas de oro, un muy buen caballo oscuro que decían el Arriero. Este fue uno de los buenos caballos que pasamos en la armada.

Joan Sedeño, vecino de La Habana, una yegua castaña, y esta yegua parió en el navío…”.
25El valor al que se pagó estos animales fue de hasta quinientos pesos oro, por lo que no pudieron embarcarse muchos más y cada uno fue cuidado como una verdadera reliquia. El resultado que dieron en la conquista justificó su precio.

Decisiva fue la acción de los caballos en la conquista de Hernán Cortés. Animal desconocido entre los indígenas americanos, su visión  atemorizó totalmente a los indios, porque no los habían visto hasta entonces, y aprendieron con el primer asombro que eran monstruos feroces, compuestos de hombre y bruto, al modo que, con menor disculpa, creyó la otra gentilidad sus centauros”.26

Para incrementar este temor, Cortés solía colocarles arneses con cascabeles cuyo ruido inducía el pavor entre los indios. Aún usó de otra estratagema para inspirar más miedo a sus oponentes. En ocasión de entrevistarse con algunos caciques preparó el siguiente ardid: ordenó atar a la yegua de Sedeño -que recién había parido- en donde él estaba y traer al caballo de Ortiz -el conocido por el nombre de el Arriero- que era bastante lujurioso, para que tomara el olor de ella. Después lo llevaron cada uno por su lado y cuando los caciques ya estuvieron con Cortés éste manifestó en un momento su mal humor y para demostrar que esto era compartido por los caballos hizo traer al padrillo a su aposento, donde había estado previamente en contacto con la yegua. El animal comenzó a patear, relinchar y bramar, actitudes estas que impresionaron a los indígenas y que fueron interpretadas por Cortés como muestra del enojo que tenía el animal. El español se levantó de su asiento y acercándose al caballo ordenó a sus sirvientes que lo llevaran, explicándoles a sus invitados que ya lo había calmado pues le había hecho entender que ellos venían en son de paz.

En la conquista del Perú ocurrió otro hecho llamativo que se explica por el mismo desconocimiento que los aborígenes tenían de los equinos. Estando Francisco de Pizarro por Cajamarca fue agasajado con su comitiva por una orden que el inca Atahualpa había dado a sus curacas para que tratasen a los españoles como descendientes del Sol e hijos de Viracocha. Numerosos presentes le fueron ofrecidos a éstos y cuando vieron que los caballos llevaban frenos de hierro “entendiendo que era manjar de ellos, trajeron mucho oro y plata en tejos para labrar y los pusieron en las pesebreras, diciendo a los caballos comiesen de aquello que era mejor pasto que el hierro; los españoles, riendo de la simplicidad de los indios, les decían que les diesen mucho de aquello si querían aplacar los caballos y hacerlos sus amigos”. 27

Sigamos ahora con nuestro conquistador Cortés quien, en una batalla ocurrida en Suchimilco, montaba un castaño oscuro muy bueno, “que le llamaban el Romo28, o de muy gordo o de cansado, porque estaba holgado”. Fue en ese encuentro que el animal se desmayó y a punto estuvieron los mejicanos de capturar al conquistador si no fuera por la valiente acción del castellano Cristóbal de Olea.

La imagen que los aztecas se formaron de los caballos poco tenía que ver con la del pensamiento europeo. Además de fusionar inicialmente su silueta con la del jinete, posteriormente lo identificaron como un ser maligno al que había que castigar para infundir en sus semejantes el temor a la represalia. Es así que más de un equino fue decapitado siendo su cabeza expuesta -junto con la de los conquistadores abatidos- ante el invasor hispano. Otros fueron desollados y sus pieles también exhibidas.

Para colmo de los indígenas, hasta los santos estuvieron en su contra, y también a caballo. Bernal Díaz del Castillo sostiene que muchos fueron los que vieron intervenir en más de una batalla al patrono de España, Santiago, montando un brioso corcel blanco. El cronista de Indias, como buen historiador, se limitó a relatar el episodio aclarando que en su caso, tal vez por ser pecador, no pudo apreciar tal aparición pero lo que sí había observado era a Francisco de Morla en un caballo castaño, cuyo desempeño debe haber sido providencial para que así fuera citado.

Aún queda una sabrosa anécdota de los montados de Cortés. Con el mismo morcillo que había empleado en el sitio de la capital azteca, emprendió en octubre de 1524 una expedición a las Higueras u Honduras. Al llegar cerca del lago Petén-Itza al morcillo se le clavó en un pie un palo agudo que lo dejó rengo. Para su mejor atención, Cortés dejó el animal al cuidado del cacique de Tayasal, pueblo ubicado en una isla del lago.29 Nada se sabría del final del morcillo si no fuera por el testimonio de posteriores viajeros del lugar.

A fines del año siguiente, en 1697 exactamente, los padres franciscanos Orbieta y Fuensalida llegaron a la región incorporados en una expedición comandada por Ursúa y cuyo objetivo era conquistar Yucatán y someter las tribus que aún no habían sido reducidas. Al tomar contacto con el cacique maya Isquin se asombraron de que este casi enloqueciera de alegría al ver los caballos que ellos llevaban. Saltando e imitando los relinchos le preguntó a los frailes cuál era el nombre del animal. Al contestarles éstos que era “caballo” cambió inmediatamente el suyo por “Caballito”. Posteriormente, al ser bautizado tomó el nombre de Pedro y a su muerte era llamado Pedro Caballito.

Pero la sorpresa del viaje no paró allí pues a poco que caminaron la región se toparon con un ídolo de piedra hipomorfo al que se le rendía culto bajo el nombre de Tziunchán, dios del trueno. La estatua era de un caballo sentado en los garrones, con sus manos estiradas descansando en el suelo. Procuraron averiguar de dónde provenía el origen de esta deidad y así fue como supieron el final de la vida del morcillo. Los indígenas a quienes Cortés lo había confiado lo trataron de la mejor manera que ellos entendieron posible, pero no la más adecuada para un equino. Lo condujeron a un templo y allí quisieron mantenerlo alimentándolo con aves asadas, flores y frutas. El animal murió seguramente de un cólico y los nativos, que lo consideraban casi como un dios, temiendo su ira -y la de Cortés cuando volviera por la zona- esculpieron una imagen suya y le rindieron tributo.

La adoración había llegado a tal extremo en la época que los frailes arribaron que, cuando éstos -impelidos por la fuerza de su fe- destruyeron la imagen, tuvieron que huir precipitadamente del país para librarse del furor de los aborígenes que querían vengar la afrenta padecida por su dios.30

Otros caballos de la conquista.

Gonzalo Pizarro (c. 1502-1548), que intervino activamente en la conquista del Perú junto con su hermano Francisco (c. 1476-1541), era un gentilhombre, diestro arcabucero y ballestero. “Precióse de buenos caballos y los tuvo bonísimos. Al principio de la conquista del Perú tuvo dos castaños; el uno llamaron el Villano, porque no era de tan buen talle, pero bonísimo de obra; el otro llamaron el Zainillo; hablando de él un día en conversación los caballeros de aquel tiempo, a uno de ellos que había sido camarada de Gonzalo Pizarro le oí estas palabras: Cuando Gonzalo Pizarro, que vaya a gloria, se veía en su Zainillo no hacía más caso de escuadrones de indios que si fueran moscas”.31

Previamente Gonzalo le había pedido al padre del Inca Garcilaso de la Vega que le facilitara su excelente caballo llamado Salinillas. Tiempo después fue devuelto cuando su dueño ya lo daba por perdido.32

Un lugarteniente de Gonzalo Pizarro, Francisco de Carvajal (1464-1548), conocido como “el demonio de los Andes” montaba un castaño de tamaño mediano conocido como “Boscanillo”. Jinete y caballo se decía que andaban por los aires. De la expedición de Hernando de Soto (c. 1500-1542) -quien estuvo junto a Francisco Pizarro en el Perú- que partió hacia la conquista de la Florida en abril de 1538, pueden rescatarse varios equinos famosos. El primero fue el “Aceituno”, propiedad de Soto que fue muerto a consecuencia de las flechas de los indígenas de la región. Otro fue un alazán tostado malacara con la pata izquierda blanca que asistía a Gonzalo Silvestre. Este animal provenía, como su dueño, de Herrera de Alcántara, y era excelente al punto que el propio Hernando de Soto le había advertido a Silvestre que contaba con el mejor caballo del ejército.

Un oscuro renegrido y un tordillo rodado o a medallones, ambos propiedad del capitán Nuño Tovar, y un tostado cabos y cola negros de Juan López Cacho, completan la lista de célebres en la expedición a la Florida.

Finalmente recordaremos a “Valona” el caballo del segundo virrey de Nueva España, Luis de Velasco. De él se decía que en las batallas contra los chichimecas mordía a los indios ayudando a su patrón como un soldado más.

20 Rucio: (Del lat. roscidus, de ros, rocío). adj. Dicho de una bestia de color pardo claro, blaquecino o canoso.

21 Dicho de un caballo que se vuelve con presteza y docilidad en poco terreno.

22 Que tiene tres extremidades blancas.

23 “En España se llamaba antiguamente labrar a la operación de poner puntas de fuego a los caballos”, Cabrera, Ángel: Caballos de América, Buenos Aires, Sudamericana, 1945, p. 77.

24 Morcillo: (Del b. lat. mauricellus, dim. de maurus, moro, referido al color negro). De color negro con viso rojizo.

25 Díaz del Castillo, Bernal: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (I), Madrid, Sarpe, 1985, p. 101-2. El mismo autor menciona aún otros caballos por sus nombres: el Cabeza de Moro, que Cortés le regaló a Alonso Ortiz y que era bastante rollizo; el Motilla, propiedad del capitán Gonzalo de Sandoval, animal de pelaje castaño algo oscuro, calzado del pie izquierdo, el de mejor carrera y revuelto que hubo en toda Nueva España y cuya fama llegó al rey de España, al punto que Sandoval se lo quiso presentar.

26 Solís, Antonio: Historia de la conquista de Méjico, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1947, p. 69.

27 De la Vega, Inca Garcilaso: Crónica de la conquista, Buenos Aires, Kapelusz, 1974, p. 59.

28 De nariz pequeña y puntiaguda.

29 Cortés, Hernán: Cartas de relación, Madrid, Globus, 1994, p. 264.

30 Cunninghame Graham, Robert Bontine: Los caballos de la conquista, Buenos Aires, El elefante blanco, 1997, p. 49.

31 De la Vega, Inca Garcilaso: op. cit., p. 147.

32 Cunninghame Graham: op. cit., p. 149.