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marzo 2022

El pato como deporte.

Coronel veterinario (R) Gregorio Daniel Brejov
Ciberboletín ASARHIVE.  Nº 219, Febrero de 2022.

El pato es considerado por algunos autores como una versión de juegos netamente autóctono de Argentina. Pero la verdad es, y en eso todos coinciden que este juego encajaba bien con los gustos del gaucho ya que le permitía poner de relieve la hombría y valor que era necesario mostrar para practicarlo. El vencedor recibía el honor de ser considerado el más gaucho de todos los gauchos.

 Don Calixto Bustamante Carlos Inca, apodado Concolorcorvo*, en el siglo XIII asegura que era común en la provincia de Buenos Aires, en lo que también coinciden Azara, Sarmiento y otros autores.

En los festejos de cierta significancia, el Cabildo de Buenos Aires, las autoridades de campaña, los estancieros y los bolicheros organizaban encuentros de pato. Eran comunes las disputas entre distintos pueblos, pudiendo citarse como ejemplo las de Luján contra los de Buenos Aires y Pilar. Su realización se hacía conocer con la antelación debida para que los jinetes participantes pudiesen elegir su mejor caballo y adecuarlo convenientemente.

El “pato” consistía, en una bolsa de cuero crudo, de un tamaño del doble de una pelota de fútbol actual, con dos, tres o cuatro manijas también de cuero, en cuyo interior se introducía un pato vivo. Se considera que esto fue lo que originó el nombre del juego. Este pato era premio material para el ganador, pero lo importante era el honor recibido.

En su comienzo, se jugaba individualmente a tal punto que la expresión uno contra todos y todos contra uno reflejaba con toda exactitud su carácter violento.

Según cuenta el General José Ignacio Garmendia, posteriormente se fue organizando y se establecieron algunas reglas para su práctica. Así se dispuso que los jugadores se constituyesen en dos bandos, con una cantidad determinada de los mismos, las que se estimaba en 100, 200, 500 y hasta 1.000, llevando cada equipo un distintivo color diferente al del otro, el que se colocaba en el pecho del jinete y en la testera y colera del caballo.

Los espectadores rodeaban la “cancha” y en el centro de ella, uno o dos jinetes de los más fuertes de cada bando tomaban las manijas. El juego se iniciaba la voz de mando Vamos, entonces los jinetes partían instantáneamente en veloz carrera, no se olvide que los que tenían agarrado el pato eran de equipos contrarios, siendo seguidos por el resto de los jugadores, compañeros y contrarios. En un momento determinado, uno de los que llevaban el pato frenaba de golpe a su cabalgadura en término criollo rayaba el pingo y pegaba un tirón violento al pato para quitárselo a su contrincante; no era raro que este terminase desmontado.

*Alonso Carrió de la Vandera (Gijón, 1715-Lima, 1783), también conocido como La Vandera, fue un alto funcionario, escritor, comerciante, viajero y cronista de Indias español, que pasó la mayor parte de su vida en el Virreinato del Perú, donde durante varios años fue administrador del Correo Real. Utilizó el seudónimo de Concolorcorvo como autor del Lazarillo de ciegos caminantes, del cual hizo aparecer como autor a su propio amanuense, el inca Calixto Bustamante Carlos, que era el lazarillo o guía de La Vandera.

El triunfador de este encontronazo se lanzaba, entonces, aun entrevero feroz entre pechadas, manoteos de riendas y paleteadas. No eran pocos los que resultaban desmontadas víctimas de un empellón violento, que rayaba en la brutalidad.

Si el poseedor del pato era alcanzado, sus partidarios y contrarios lo rodeaban, unos para defenderlo y otros para quitarle el pato, produciéndose ataques y defensas que adquirían características salvajes. La gritería y las imprecaciones de los gauchos resultaban impresionantes.

Cuando el que tenía el pato advertía que se encontraba completamente rodeado y no podía escaparse por ningún resquicio del tumulto, lo tiraba al aire en dirección algún compañero, este lo tomaba en el aire y salía “para que te voy a contar”. Si el pato caía al suelo, se lo recuperaba con una mano mediante una inclinación del cuerpo hacia el suelo, mientras la otra se agarraba a la crinera del caballo.

Con las corridas así efectuadas la cancha iba quedando atrás, no era raro que la distancia recorrida fuera de leguas, quedando a lo largo de este camino, los contusos, heridos y a veces muertos.

El que tenía el mejor montado o la suerte lo había favorecido, llegaba al lugar predeterminado con el pato. Era el vencedor.

Dice W.H. Hudson: “¡Había que ver esos caballos! Avezados y enseñados a aguantarse los tirones salvajes que daban los gauchos para desmontar a sus rivales y ver como se ladeaban para afuera a todo correr y casi tocando el suelo con su cuerpo, como cuando resisten el esfuerzo de algún toro cimarrón enlazado. Había jugadores que disponían de pingos tan valientes y ligeros, que viéndose acosados por algunos del bando contrario que los encerraban en un círculo en plena furia y a una leve indicación del jinete giraban en una pata y se lanzaban a cuerpo perdido contra hombres y montas enemigas, Rompiendo a pechadas la ronda, o con recios y secos golpes dados con el anca, hasta salir rumbo a los compañeros”.

Debido a estas características el pato fue prohibido. Habiendo resurgido posteriormente, Rosas lo prohibió nuevamente en 1840. En 1937 fue revivido por un cultor de nuestras tradiciones don Alberto de Castillo Posse, pero adaptado a las prácticas deportivas modernas y con un reglamento propio.

Se emplean canchas de menores dimensiones que la del polo, de 180m de largo por 90 m de ancho. En cada cabecera se coloca un aro de 1 m de diámetro, con una red a 3 metros de altura. El tanto consiste en hacer pasar el pato por el aro. El pato es de cuero de unos 25 cm de diámetro llevando 6 agarraderas fuertes.

Juegan dos equipos de cuatro jugadores cada uno. Se disputan cuatro períodos de diez minutos cada uno, con cinco minutos de descanso entre ellos. La montura es un apero criollo muy cómodo para montar. Las condiciones que debe reunir un caballo para jugar el pato son similares a la del polo pony.

En 1941 se creó la Federación Argentina de Pato, que se ocupa de todo lo relacionado con este deporte. Por Decreto 17.468 del 16 de septiembre de 1953 se declaró al pato como deporte Nacional, entre sus fundamentos dice: “puesto que dicho deporte era ya practicado por nuestros gauchos en los albores de la nacionalidad, y el mismo lleva puesto e impreso el sello de reciedumbre de jinetes diestros como eran y son los jinetes de nuestros campos; que su práctica desde entonces ha sido ampliamente superada desarrollándose actualmente en forma reglamentada; obteniendo el reconocimiento correspondiente como una actividad deportiva organizada y alcanzando amplia difusión y apoyo popular”

Bibliografía

CARRERAS, F. F.; BREJOV, G. D. “El Caballo Deportivo en la Argentina”, Editorial Hemisferio Sur. Buenos Aires, 2005.