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abril 2009

Del libro «Vida de Ilustres Perros» II.

 

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo Pérez

El negro de La Plata y una historia repetida

Entre los numerosos profesores que he tenido en mi vida, la imagen del Dr. Gury Dohmen (éste era doctor en serio y no como algunos que se avergüenzan de llamarse médicos veterinarios a secas y se autotitulan doctores sin haber rendido tesis), adquiere ribetes de veneración. Fue Titular de la cátedra de Farmacología en Buenos Aires y de la de Fisiología en La Plata. Precisamente en esta ciudad, a la que concurría en tren, conoció a un famoso perro de color negro con el que trabó amistad y a quien consagró un breve relato del que me servirán algunas líneas para rescatar su memoria.

«Desde el primer día me chocó y hasta me fastidió ver un perro que ladraba furiosamente a la máquina, en plena estación del ferrocarril. Casi todos los días ocurría lo mismo.

Era un perro negro, mas bien grande y más que morrudo, gordo; un perro que debía tener un antepasado perdiguero. Visto así tan superficialmente, confieso que me desagradaba. Quizás con el deseo inconsciente de zaherirlo y aplicando mis conocimientos de endocrinología lo clasifiqué como un caso de hipogonadismo, que correspondía bien a un animal tan gordo y tan tonto porque ¿qué otra cosa podría explicar ese odio maniático a una máquina de ferrocarril? Líbranos Señor de los juicios temerarios.

Cierta vez hice el comentario de estos hechos a mi Jefe de Trabajos Prácticos, un colega nacido y criado en La Plata, y me contó la historia del Negro, que tengo el deber de repetir como un desagravio.

El Negro tenía en sus mejores épocas un dueño por el que sentía una de esas amistades indisolubles, algo así como la de Pilades con Orestes o de Martín Fierro con el guapo sargento Cruz. Lo acompañaba todos los días a la estación, lo veía partir con sus grandes ojos húmedos. Lo iba a recibir siempre a la misma hora.

Un día un accidente ferroviario hizo que su dueño pereciera. No volvió pues ni en el tren de siempre, ni en el otro. El Negro no perdió al principio las esperanzas pero con el correr de los días se convenció de que su amo ya no volvería más. Y desde entonces siempre ladraba furiosamente a la máquina… Después de este desahogo, seguía a la caravana de gente y los que lo conocían no le escatimaban caricias o esa mirada de simpatía que los perros perciben tan bien«.

Fue un colega platense quien al escuchar de boca de Gury el relato sobre sus repetidos encuentros con el perro lo interiorizó sobre la reconocida personalidad del negro en la ciudad. La historia se asemejaba mucho a la del chaqueño Fernando.

«Todos los habitantes de La Plata eran sus amigos. Entraba en todos los «restaurantes» y las fondas. La gente era tan obsequiosa que ¿cómo desairarla negándose a comer lo que le ofrecían de todo corazón? El Negro engordó de esta manera. Quizás también lo bañaban, de otra manera no podría estar tan lucio y mondo como lo conocí… El Negro era además un dechado de prendas espirituales, entre las que no faltaba el agradecimiento. Cierta vez lo vi renguear de una pata delantera y pude convencerlo de que me acompañara a la Facultad. No era nada, una pequeña herida en la membrana interdigital que se había hecho con alguna piedrecilla o un trozo de vidrio. En poco tiempo estuvo bien.

Mis alumnos se acordarán todavía de que varias veces me esperó para saludarme, sentado como la Esfinge del camino de Tebas, en la puerta del aula, al terminar la clase».

La historia del Negro se ha repetido en diversos puntos del globo pues no es más que un rasgo de esa gran virtud que abunda en los canes: la lealtad.

En los Estados Unidos es conocido el caso de Shep, un perro que pertenecía a un pastor de ovejas que, allá por 1930, trabajaba en Montana. En 1936 el pastor falleció y Shep acompañó su féretro a la estación ferroviaria de Fort Benton, donde fue colocado en un tren para ser llevado a su hogar natal. A Shep no se le permitió subir. Desde entonces permaneció en la estación esperando que su amo volviera. Así transcurrieron seis años hasta que, viejo y falto de fuerzas, fue atropellado por una máquina como la que se había llevado a su esperado dueño.

Al cumplirse cincuenta años del fallecimiento, la comunidad de Fort Benton erigió una estatua de bronce en su memoria. El sitio donde se levanta, conocido como Shepherd´s Court es actualmente punto de atracción local.

En Japón se sabe de un caso similar, protagonizado por Hachiko, un akita nacido en noviembre de 1923 que pertenecía al Dr. Eisaburo Ueno, profesor del departamento de agricultura de la universidad de Tokio que residía en un suburbio de esta ciudad.

Como no podía acompañar a su trabajo al profesor, Hachiko caminaba junto a él por las mañanas hasta la estación ferroviaria de Shibuya donde lo dejaba y por las tardes iba a buscarlo para volver juntos a casa. El 21 de mayo de 1925 el profesor partió para no volver; un ataque cardíaco en la Universidad terminó con su rutina.

Hachiko concurrió esa tarde a esperar el tren de las 16 horas y así lo hizo durante los siguientes diez años. El ejemplo de lealtad fue difundido por todo Tokio y fueron los parientes y amigos del profesor quienes se encargaron de cuidarlo y alimentarlo hasta que en la noche del 7 de marzo de 1935 fue hallado muerto en el mismo sitio donde siempre esperaba el arribo de su amo.

Fue enterrado con todos los honores junto a la tumba del profesor. Su cuerpo, embalsamado, es conservado en el Museo Nacional de Ciencia, en Ueno, Tokio. En la salida oeste de la estación se erigió, en 1943, una estatua de bronce en su honor. Los episodios de la segunda guerra mundial hicieron que el gobierno confiscara y fundiera todas las estatuas para fabricar armas. En 1948, el hijo del escultor que había esculpido la obra original realizó otra que fue colocada en el mismo lugar. Desde entonces, dicha estatua se ha convertido en un lugar de reunión para los amantes de los perros y en un punto de atracción turística en Tokio. El 8 de abril de cada año, los habitantes del pueblo del profesor rinden un homenaje ante la estatua.