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noviembre 2021

Fiebre aftosa Un riesgo para la ganadería mundial .

CR Vet (R) Roberto Rufino Caro

Introducción
La fiebre aftosa o glosopeda (del griego glossos = lengua y peda = pata o pezuña) es una enfermedad epizoótica de causa viral, altamente contagiosa y que afecta a los animales artiodáctilos o de pezuña hendida, domesticados y silvestres, como bovinos, ovinos, caprinos, bubalinos, porcinos, camélidos y cérvidos.

Se manifiesta por fiebre alta y por el desarrollo de ampollas y úlceras en la boca, llamadas “aftas” y también en la glándula mamaria, rodete coronario y entre las pezuñas. Además, en los animales jóvenes puede presentarse una forma cardíaca con muerte súbita (especialmente en lechones).

El virus de la Fiebre Aftosa pertenece a la familia Picornaviridae, género Aphtovirus, del cual se reconocen siete serotipos inmunológicamente distintos denominados: A, O, C, SAT1, SAT2, SAT3 y Asia.

La fiebre aftosa existe en casi todo el mundo. Australia y Nueva Zelandia, son los únicos productores importantes de ganado, que han escapado a este azote y otros países, como Estados Unidos se han visto libres durante largos períodos o la han erradicado. Es una de las enfermedades animales más contagiosas que causan importantes pérdidas económicas, por la disminución y desvalorización de los productos de origen animal y por limitaciones en el mercado internacional, lo que supone serios obstáculos en su desarrollo. No afecta a los seres humanos.

Historia

Aunque se sabe de la existencia de la aftosa desde hace más de 2.000 años, su historia científica comenzó en el año 1546, con la descripción realizada por el médico italiano Girolamo Fracastoro, (1483-1553) de una enfermedad vesicular vista por él, altamente contagiosa que afectó a bovinos en Italia en 1514, y que posteriormente se propagó a Francia e Inglaterra.

La sintomatología descrita coincide perfectamente con la de la fiebre aftosa. Luego volvió a identificarse en Italia y otros países europeos. En el año 1898 los médicos y bacteriólogos alemanes Friedrich Loeffler (1852-1915) y Paul Frosch, (1860-1928) investigando las causas de la enfermedad, lograron determinar que se trataba de un agente filtrable, debido a que la saliva de los vacunos enfermos mantenía la contagiosidad luego de haber sido pasada por filtros Chamberland.

Es la primera infección animal que se demostró era causada por un agente filtrable.

La fiebre aftosa en América
 El primer registro de aftosa en América del Sur es del año 1870, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, y aparece en los Anales de la Sociedad Rural Argentina. El brote dio lugar a una verdadera pandemia, la que en un año se extendió a Uruguay (El Ferrocarril, Montevideo, 1870, El siglo, Montevideo 1870), Brasil (A Reforma, Porto Alegre, 1870), y Chile (Boletín Nacional de Agricultura 1871). Un episodio parecido se repitió en 1910, prolongándose hasta Paraguay (Anales Sociedad Rural Argentina, 1911), Bolivia (Rojas, 1912) y Perú (El Comercio, Lima, 1910).

Anteriormente, en 1895, se había observado una epidemia en la región central de Brasil, a partir de Uberaba, Minas Gerais (Lacerda, 1896). Sin embargo, se sabe que la introducción del virus en los brotes argentinos, se relaciona con la importación de bovinos de Europa, y en el caso brasileño, probablemente con la importación de cebúes de la India. La enfermedad continuó propagándose al sur de la línea ecuatorial, haciéndose endémica en grandes regiones ganaderas y de vez en cuando originando epidemias de diversas magnitudes.

Una de las más graves ocurrió alrededor del Río de La Plata en 1944.

En 1946 bovinos brasileños exportados a México introdujeron la infección a ese país (Téllez Girón, 1976) y en 1950 a Venezuela (Ruiz Martínez, 1966), brote que en ese mismo año invadió a Colombia y de allí a Ecuador en 1962. Desde entonces se consideró prácticamente afectada toda América del Sur, excepto áreas más bien marginales, como el departamento noroccidental de Chocó en Colombia, la Patagonia de Chile y Argentina, Guyana, Guyana Francesa y Surinam. A partir de la década de 1940 los laboratorios de diagnóstico veterinario comenzaron a identificar los virus causantes como los subtipos A, O y C. presentes en el continente americano.

La entrada, difusión y establecimiento de la fiebre aftosa en América del Sur, se debió a una falla, demora y discontinuidad de las acciones requeridas para prevenir, controlar y erradicar la enfermedad. En los países de centro y norte américa ocurrieron más de 20 brotes entre 1870 y 1976. Todos fueron erradicados sin dar lugar a que la enfermedad se estableciera.

En ciertos casos, como en islas del Caribe, el aislamiento geográfico y la población animal relativamente escasa, favorecieron la solución del problema.

En otros estados, fue fruto de una acción oportuna, rápida, intensa y sostenida, basada en rigurosas cuarentenas, eliminación de animales enfermos y de sus contactos, desinfecciones, aceptación y cooperación de la comunidad, apoyo decidido del nivel político superior y eficiente labor desarrollada por los servicios veterinarios, respaldados por la fuerza pública. El brote más extenso, difícil, costoso y prolongado fue el que ocurrió en México entre 1946 y 1952, implicando el sacrificio de alrededor de un millón de animales (Tellez Girón, 1976). El último brote en Estados Unidos ocurrió en el año 1929, pero se extendió la lucha sanitaria durante la década de 1930 hasta el canal de Panamá, por considerar el único modo de impedir el contagio por vía terrestre desde América del Sur. (campaña denominada “tapón de Darién”). Estados Unidos, Canadá, México, y los países de Centroamérica y el Caribe, permanecen libres de fiebre aftosa. No ocurrió lo mismo en América del Sur, donde durante mucho tiempo la fiebre aftosa prácticamente no tuvo barreras.

Varios intentos racionales de control se vieron perjudicados por factores naturales difícilmente superables y en algunos casos por la inconsistencia de las decisiones humanas. Cuando apareció la vacuna antiaftosa en la década de 1940, se renovaron las esperanzas de un combate efectivo de la enfermedad. Sin embargo, se comprobó que además de la adecuada inmunización de las poblaciones de ganado bovino, se debía complementar con otras medidas de carácter sanitario, como el aislamiento de los focos y el control del tránsito de animales. Fue entonces que la “Organización de Estados Americanos”, (OEA) decidió en 1950, crear un organismo destinado a promover, apoyar y coordinar los esfuerzos de los países del Atlántico Sur exportadores de carne, que sufrían restricciones por la presencia de la enfermedad, con el objetivo de prevenir, controlar y erradicar la fiebre aftosa. Así nació al año siguiente el Centro Panamericano de Fiebre Aftosa (CPFA) con sede en Río de Janeiro, Brasil, administrado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS). (Blood y Rodríguez, 1951).

Luego de evaluar el estado de situación, promover investigaciones, realizar consultas con expertos, educación y difusión, Argentina fue el primer país en organizar un programa nacional de lucha contra la fiebre aftosa, en 1960. Para ejecutarlo surgió la imperiosa necesidad de llevar a cabo una acción conjunta con los países vecinos, bajo el patrocinio del Centro Panamericano de Fiebre Aftosa. Es así que tuvo lugar una reunión técnica en 1962, en Montevideo, Uruguay, entre Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y el país anfitrión, donde se fijaron las bases y métodos de lucha contra la enfermedad. En 1964, se realizó otra reunión en Río de Janeiro, Brasil, donde todos los representantes de los países sudamericanos afectados por el problema, resolvieron establecer programas con un sentido regional. De esta manera los países fueron organizando programas de lucha contra la fiebre aftosa.

En 1965 lo hizo Brasil; Paraguay y Uruguay en 1968; Chile en 1970; Colombia en 1972; Perú en 1974 y Ecuador y Bolivia en 1977. Venezuela venía desarrollando actividades de cobertura nacional desde el año 1950, cuando aparecieron focos de Fiebre Aftosa, adaptándose luego en 1972 y 1976. La mayoría de los países tuvieron una importante ayuda financiera del Banco Interamericano de Desarrollo. Para consolidar la lucha, la OPS estableció dos mecanismos fundamentalmente evaluativos: la Comisión Sudamericana de Lucha contra la Fiebre Aftosa (Cosalfa) y la Reunión Interamericana sobre el Control de la Fiebre Aftosa y otras Zoonosis (Ricaz), actualmente llamada Reunión Interamericana de Salud Animal (Rimsa). La planificación, gestión, organización y ejecución de los programas hasta alcanzar las metas de cobertura, fue un proceso lento y se demoró entre 5 y 10 años.

Esto incluyó la construcción o adecuación de los laboratorios de diagnóstico, medida de suma importancia debida a que el agente etiológico está agrupado en tipos, subtipos y topo tipos diferentes y los países tienen expuestos sus ganados a la aparición de variantes de los mismos. Esto, sumado a la alta contagiosidad de la enfermedad, obliga a que el diagnóstico sea rápido, requiriendo la labor coordinada de veterinarios de campo, epidemiólogos y personal de laboratorio, que tendrán la misión de clasificar el agente etiológico para si es necesario incorporarlo a las vacunas a ser administradas a la población de animales susceptibles. Los países coordinan sus acciones mediante convenios bilaterales, teniendo en cuenta especialmente las áreas fronterizas de significado epidemiológico.

La fiebre aftosa en la República Argentina
Desde comienzos de la década de 1870 existen referencias de animales enfermos, cuando fueron diagnosticados varios casos en San José de Flores y Lomas de Zamora. En 1878 y en 1883, se comprobó que rodeos bovinos del partido de Arrecifes, tenían las llagas características de la Fiebre Aftosa. José Hernández en su “Instrucción del Estanciero” (1882), hace referencia a la presencia de varios focos de la enfermedad en algunas localidades de la provincia de Buenos Aires. En 1900 se sancionó la “ley 3959” (promulgada en 1906) de “Policía Sanitaria de los Animales”, antecedente del Senasa en la que se advierte sobre la aftosa, indicándose las medidas a tomar en caso de aparición de esta enfermedad, que hasta ese entonces consideraban exótica.

En 1910 el gobierno reconoció oficialmente la presencia de fiebre aftosa en los rodeos bovinos. A principios del siglo XX, se instalaron las primeras plantas frigoríficas en el país, con amplio predominio de capitales ingleses. El Reino Unido utilizó a la aftosa como determinante de la prohibición de importación de ganado en pie desde Argentina, y de esta manera pasó al primer plano en la economía nacional esa industria frigorífica, que desde el año 1903, comenzó a exportar “carne vacuna” hacia ese destino europeo.

Vemos entonces que la fiebre aftosa se constituyó en una herramienta para direccionar el comercio internacional de carnes, por aquellas naciones que tenían poder e influencias, permitiéndole imponer sus criterios particulares de acuerdo a sus conveniencias e intereses. En 1926 el gobierno británico prohibió el ingreso de reses faenadas en países europeos con aftosa, pero seguía comprando carnes provenientes de Argentina.

También en 1926 se produjo otro hecho decisivo para la historia del comercio mundial de carnes, cuando el “Departamento de Agricultura de los Estados Unidos”, decidió el cierre de su mercado a todo embarque de carnes frescas o refrigeradas, vacunas, ovinas y porcinas, provenientes de países afectados por el virus de la fiebre aftosa. Una vez efectivizada la prohibición, y sobre la base de que la cocción de la carne, mataba al virus, en adelante solo se autorizaría el ingreso de enlatados y otros preparados de carne cocida, dando origen a la política sanitaria que mucho después se conocería como “de riesgo cero”, a la cual Argentina debió adaptar sus exportaciones hacia ese destino. (Estados Unidos). Enmarcada en esa peculiar situación comercial, la aftosa continuó afectando los rodeos nacionales, aun cuando la gravedad del hecho aparecía disimulada por la continuidad de las exportaciones al Reino Unido y otros destinos europeos, que aplicaron una política igualmente permisiva, debido a la necesidad determinada por la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.

Hechos positivos destacables fueron que los gobiernos argentinos, comenzaron a dar pequeños pasos para enfrentar el virus, entre los que se pueden mencionar la creación, mediante el “decreto 24.954” de 1945, del “Instituto para la elaboración de vacunas antiaftósicas”. En el año 1950 se estableció la obligatoriedad de la vacunación de todo el ganado que ingresara a la región patagónica. En 1953 se dictó la ordenanza para que todas las tropas con aftosa se faenaran solo en el frigorífico Nacional, mataderos anexos o próximos, que contaran con inspección sanitaria oficial, debiendo destinarse dichas carnes al consumo interno o a la industrialización. En 1957 se creó la “Comisión Permanente de Erradicación de la Aftosa” y en 1960 se estableció la vacunación obligatoria del ganado acompañada por la puesta en funcionamiento de la “Comisión Asesora Nacional para la Erradicación de la Fiebre Aftosa” (Canefa). Más tarde, en 1963, se creó el “Servicio de Luchas Sanitarias” (Selsa), y en 1966 se dividió el territorio nacional en dos grandes regiones, cuyos límites eran el Río Negro y Limay, estableciéndose una zona indemne al sur de los mismos, y la obligatoriedad de llevar a cabo la vacunación de todo el ganado bovino, al norte de los mencionados ríos.

En el año 1972, el gobierno dictó la “ley 19.852” que dio origen al actual Servicio Nacional de Sanidad Animal (Senasa) lo cual favoreció la instrumentación de los primeros planes piloto de control y erradicación, aun cuando la inmunidad conferida por las vacunas de ese entonces, era solo de 4 meses de duración, lo que dificultó el logro del objetivo impuesto. En el año 1967 se produjo un fuerte brote de aftosa que afectó a los rodeos del Reino Unido y el gobierno británico interrumpió la importación de carne bovina desde Argentina, por considerarla el vehículo por el cual el virus se introdujo en esas islas. A pesar de que no se presentó ninguna evidencia concluyente sobre dicha atribución de responsabilidades, a partir de entonces el Reino Unido comenzó a regirse por criterios sanitarios más exigentes, en virtud de los cuales, a partir de 1968, se estableció la prohibición definitiva del ingreso de carne fresca en la forma tradicional de cuartos y medias reses, instaurándose en adelante el criterio comercial-sanitario, que tiempo después sería conocido de “riesgo mínimo”.

Esto significó que las exportaciones provenientes de países con fiebre aftosa deberían presentarse en “cortes deshuesados y sometidos a un proceso de maduración”. Este último proceso (el de maduración) ocurre luego de faenado el animal en las cámaras de enfriado, (temperatura entre 1-2 y 6-7 grados centígrados) en un lapso no inferior a 24 horas, produciéndose en los músculos una serie de cambios físico – químicos que hacen descender el pH de la carne a valores inferiores a 6.0 (entre 5.6 y 5.9) suficiente para inactivar al virus de la fiebre aftosa. No ocurre este proceso en el interior de los huesos, razón por la cual el producto a exportar es carne sometida a un proceso de maduración y deshuesada. Posteriormente, en el año 1977, la Comunidad Económica Europea (CEE) adoptó un criterio sanitario similar al británico. Mientras tanto en Argentina se siguió enfrentando la enfermedad, y se logró limitar la incidencia de la infección, pero no se pudo alcanzar la erradicación del virus, manteniéndose en estado endémico.

Este fracaso se atribuyó, entre otras causas, a las deficiencias del tipo de vacunas utilizadas, y a fallas e incoherencias en el desarrollo de las campañas. Toda esta situación desalentó a muchos ganaderos que renunciaron a participar de campañas de vacunación que no acababan de demostrar su eficacia. Recién en la década de 1990 se puso en marcha un “Plan Nacional” estricto de control y erradicación de la fiebre aftosa, para lo cual se comenzó a utilizar una nueva vacuna “oleosa”, (año 1990-1992) que confería una protección de 6 a 12 meses. Esto permitió modificar favorablemente la situación epidemiológica de la enfermedad, concretando progresos que permitieron detener el avance de la misma.

Se continuó luego con el Plan 1993-1997, protagonizado fundamentalmente por productores, fundaciones y entidades agropecuarias, que realizaron fuertes aportes técnicos, operativos y financieros. Esta decisión permitió primero controlar el virus y luego consolidar la inexistencia de focos en 1995. Desde 1990 a 1994 se habían informado 841, 234, 350, 196 y 18 focos y recién en mayo de 1997 se alcanzó la condición de “país libre de aftosa con vacunación”.

Una vez alcanzado este objetivo se planteó la discusión acerca de la conveniencia de dejar de vacunar, cuando se cumplieran los plazos mínimos estipulados por la Organización Internacional de Epizootias (OIE). En ese entonces algunos expertos realizaron la advertencia de los peligros que significaba dejar de vacunar, y recomendaron la conveniencia de seguir vacunando, al menos por un período más prolongado y mantener la condición de país libre de aftosa con vacunación. Si bien se aceptaba que el “riesgo interno era cero”, no ocurría lo mismo con el “riesgo externo”.

Esta afirmación se fundamentó en el estado de situación sanitaria de los países de la región, que incluía libres de aftosa sin vacunación a Chile y Uruguay, libres con vacunación a Paraguay y algunos estados del sur de Brasil y con presencia de aftosa endémica en Bolivia y gran parte de Brasil. Basado en este contexto los expertos concluían que: “se puede vivir rodeados de aftosa y no tenerla, pero si vacunamos al ganado bovino” y que los riesgos serían que podríamos pasar de ser un país libre de aftosa con vacunación y seguro, a un país libre de aftosa sin vacunación e inseguro por los países limítrofes, y de allí ser nuevamente un país con fiebre aftosa. (Dr. Carlos Villa, 1998) A pesar de las advertencias, incluidas las del Centro Panamericano de Fiebre Aftosa, el 30 de abril de 1999 (última vacunación), el gobierno decidió no seguir vacunando al ganado bovino, para ser incluido en la lista de países libres de la enfermedad sin vacunación.

Esta situación se concretó oficialmente por Resolución de la OIE, el 24 de mayo de 2000. Para ese entonces no parecía una decisión acertada, ya que el escenario internacional no era adecuado para la toma de un riesgo innecesario. En efecto, la enfermedad se estaba presentando y expandiendo en gran parte del mundo.

En enero del 2000 hizo eclosión en China y Malasia, en febrero en Mongolia y Turquía, en marzo en Kenia, Japón y Corea, Rusia, Egipto, Kuwait; y Uganda en abril, avanzando luego en la mayor parte de África y países de Asia. En julio apareció en Grecia y luego pasó a Colombia, Paraguay y Brasil. En este marco internacional, el 8 de agosto de 2000, el gobierno argentino, admitió el regreso de la fiebre aftosa al país, probablemente debido al ingreso de vacunos infectados desde Paraguay, registrándose los primeros focos en la provincia de Formosa y luego Corrientes y Entre Ríos. Como consecuencia de la aparición de la epidemia, se produjo el cierre de los mercados de EE.UU. y Canadá, a los que se había logrado ingresar con carnes frescas en el marco de las negociaciones de la Ronda Uruguay de la OMC, y luego de la declaración de libre de aftosa con vacunación. Las autoridades sanitarias nacionales adoptaron una serie de medidas orientadas a reforzar los controles en las zonas fronterizas para tratar de cercar los focos llevando a cabo el sacrificio de animales infectados y ocultando el hecho de que se estaban realizando vacunaciones.

Todo esto debido a que cuando se toma la decisión de dejar de vacunar a los rodeos bovinos, la única metodología aceptada por la OIE, para conservar la condición de libre de aftosa en el caso de la presentación de casos, es la utilización del rifle sanitario, debiendo matar obligatoriamente a todos los animales enfermos o sospechosos de estarlo. La existencia de casos, confirmada por serología positiva, se fue reiterando y ampliando a vastas zonas del territorio nacional, pese a que el gobierno seguía con su política de ocultamiento. Finalmente, el 22 de febrero de 2001, la OIE bajó la calificación sanitaria internacional, que había logrado el país en mayo de 2000, puntualizando especialmente que la pérdida del status sanitario, no se limitaba a las zonas tapón de frontera o a las zonas de restricción, sino que abarcaba a todo el país.

El 24 de febrero la prensa de Buenos Aires informó con grandes titulares: “Aftosa, denunciaron 300 focos en Buenos Aires y La Pampa”. Finalmente, y ante la evidencia de la situación, el gobierno reconoció oficialmente la presencia de aftosa en el territorio nacional, el día 12 de marzo de 2001, lo cual condujo al cese de las exportaciones de carne a EE.UU., Canadá, Chile y la Unión Europea, y se produjo una profunda crisis en la industria frigorífica, con quiebras, convocatorias de acreedores, suspensiones y despidos de personal.

De esta manera, la condición sanitaria de los rodeos argentinos, se retrotrajo definitivamente a la situación vigente a comienzos de los años 1990, debiendo reconstruirse el aparato de lucha contra la enfermedad, apresuradamente desmantelado por las malas decisiones gubernamentales. Se debía retomar la vacunación de todo el rodeo nacional, pero se encontró con la oferta escasa y limitada de vacunas y dependientes de un solo laboratorio (Biogénesis).

Mientras se desarrollaba la crisis sanitaria en Argentina y otros países sudamericanos, también en febrero de 2001 el virus irrumpió en Inglaterra, (donde el último foco se había denunciado en 1967), registrándose luego focos en Francia, Holanda e Irlanda, países que debieron sacrificar a casi cinco millones de bovinos para el mes de julio de ese año, además de extremar las medidas sobre la seguridad de los países proveedores de carne, entre estos y especialmente Argentina.

También en el 2001, a comienzos de mayo, se produjo un brote de aftosa en Río Grande do Sul, Brasil, por el que las autoridades de ese estado acusaron duramente al gobierno argentino, por el ocultamiento de la gravedad de la situación y la demora en tomar las medidas sanitarias correspondientes.

Mientras tanto en nuestro país, las campañas de vacunación comenzaron a dar resultados, y de los casi 500 focos registrados en mayo y junio, se denunciaron 361 en julio y 94 en agosto. En el mes de setiembre se anunció oficialmente que ya no se registraban focos, y sobre esta base, con la endemia bajo relativo control, se comenzaron a crear lentamente las condiciones para el regreso de las acciones sanitarias externas y el reinicio de las negociaciones con vista a la futura reapertura de los mercados.

No obstante que, para ello, además de erradicar el virus, había que reconstruir la credibilidad internacional del país y de sus organismos sanitarios. Mientras estos procesos se ponían dificultosamente en marcha, la industria exportadora de carnes continuaba inmersa en la crisis más profunda de su historia.

A grandes rasgos, la estrategia definida en el “Plan Nacional de Erradicación de la Fiebre Aftosa,” se detalla en la “Resolución Senasa 5/2001”, y llevó a la superación de la epidemia del 2000/2001, y con las medidas que controlaron las posteriores reintroducciones, se ha logrado el reconocimiento de la OIE como “libre” de Fiebre Aftosa con 5 zonas que en conjunto abarcan todo el territorio nacional: Dos zonas libres con vacunación: – Centro-norte – Cordón fronterizo Tres zonas libres sin vacunación: – Patagonia (conformada por Patagonia Norte B y Patagonia Sur) – Patagonia Norte A – Valles de Calingasta (Provincia de San Juan).

Este status sanitario es reconfirmado anualmente por nuestro país, tomando en cuenta la vigilancia epidemiológica, realización de muestreos serológicos y atención de sospechas y denuncias de posibles casos de la enfermedad. El plan se formuló y comenzó a aplicarse con la inclusión de las siguientes pautas: -Regionalización para la aplicación de estrategias. -Vacunación sistemática, obligatoria para todo el ganado bovino y bubalino. –

Vacuna de alta calidad, que confiere mayor duración de la inmunidad. -Control del mantenimiento de la cadena de frío de la vacuna. -Control de movimientos del ganado -Sistema eficaz de identificación de los bovinos. -Vigilancia epidemiológica que incluye muestreos serológicos y atención de denuncias. -Participación activa de los productores como parte ejecutora de las políticas delineadas a nivel nacional por el Senasa.

Como el territorio ubicado al sur del paralelo 42° se mantuvo indemne durante la epidemia, se la delimita y resguarda con la implementación de una importante barrera sanitaria, una zona de vigilancia, la “Patagonia Norte B”, sin vacunación y una zona buffer, la “Patagonia Norte A”, con vacunación.

Estas denominaciones se basan en la definición del Código Terrestre vigente en el año 2002. El país solicitó el reconocimiento de la OIE como zona libre de aftosa sin vacunación, condición que reconoció ese organismo en mayo de 2002. A nivel nacional el plan resultó exitoso con respecto a la interrupción de la circulación viral para la población bovina y bubalina, y es por ello que se solicitó a la OIE, el reconocimiento de zona libre de aftosa con vacunación, al territorio ubicado al norte del paralelo 42°. La “OIE” reconoció el status solicitado en el año 2003. En el mes de agosto de ese mismo año se presentó un único foco en la localidad de Tartagal, provincia de Salta, que afectó a un establecimiento ubicado a 40 km de la frontera y se lo asoció cronológicamente con aftosa sufrida por bovinos en Paraguay (Pozo Hondo, departamento Boquerón en julio de 2003) y en Bolivia (Chuquisaca, La Paz, Potosí y Tarija), también en el mes de julio de ese año.

El status de zona libre con vacunación, que fue suspendido por la aparición de este foco de agosto de 2003, que en Salta se recuperó el 18 de enero del 2005. Algunos eventos sanitarios que se venían sucediendo en los países limítrofes, motivaron la evaluación de la situación sanitaria regional y como resultado de la misma se llevó a cabo la planificación de una estrategia de prevención para ser ejecutada por los Servicios Veterinarios de Paraguay, Bolivia, Brasil y Argentina, con la coordinación del Centro Panamericano de Fiebre Aftosa/OPS Cuenca del Plata. Argentina, que ya tenía declarado el alerta sanitario fronterizo y luego la emergencia sanitaria, por el foco declarado en la provincia de Salta, instrumentó medidas tendientes a evitar el ingreso de la enfermedad en el territorio nacional, con la delimitación de “un Cordón Fronterizo” en el año 2004, de 25 km de ancho con las fronteras de Bolivia y Paraguay, y que abarcó territorios de las provincias de Salta y Formosa, y que luego se extendió a similar territorio de las provincias de Chaco, Corrientes y Misiones. En todos estos lugares se realizó una vacunación de emergencia, en la que se vacunaron y revacunaron con 30 días de intervalo, todos los animales de las especies susceptibles y se los identificó con una caravana oficial. Simultáneamente, se realizó un muestreo serológico para detectar la presencia de infección o de circulación viral, cuyo resultado fue negativo para el virus de la Aftosa.

En octubre de ese mismo año (2004) se presentaron casos de aftosa en Brasil, primero en el estado de Mato Grosso do Sul y luego en el de Paraná. Estos hechos motivaron una nueva declaración de alerta sanitario. En febrero de 2006 se registraron 2 focos en el Departamento San Luis del Palmar, de la provincia de Corrientes.

Se declaró la emergencia sanitaria y se realizaron todas las actividades para su control y erradicación, lográndose ese objetivo en marzo de ese año. En mayo de 2007 la Asamblea General de la OIE aprobó la restitución de la condición de zona libre de Fiebre Aftosa con vacunación, con excepción de una zona definida como de alta vigilancia en la frontera con Bolivia y Paraguay, que se la llamó zona Centro Norte.

En el 2007 también se solicitó la ampliación de la zona libre de aftosa sin vacunación, incorporando la Patagonia Norte B. La OIE aceptó la ampliación, otorgando a la Patagonia Sur más la Patagonia Norte B el estatus de zona libre de Fiebre Aftosa sin vacunación, que pasa a denominarse Patagonia.

En febrero de 2011 la OIE declaró la zona libre de fiebre aftosa con vacunación, a la zona denominada Cordón Fronterizo, como reconocimiento del estatus mantenido en dicha zona por las medidas aplicadas desde su creación, y la vigilancia realizada anualmente, que permitió concluir que no había circulación del virus. También se reconoció el estatus de zona libre de fiebre aftosa sin vacunación, a la pequeña zona de altos valles andinos, denominada Valles de Callingasta, de la provincia de San Juan. En mayo de 2014, la Asamblea 82° de la OIE otorgó la condición de zona libre de fiebre aftosa sin vacunación, al área comprendida entre los ríos Colorado y Negro, zona denominada Patagonia Norte A.

Vacunación
El Plan Nacional de Erradicación tiene como una de sus principales estrategias la vacunación obligatoria de todos los bovinos y bubalinos, en las dos zonas que la OIE ha reconocido como libres de fiebre aftosa con vacunación: Centro-Norte y Cordón Fronterizo.

Se utiliza vacuna controlada y aprobada por el Senasa. Es una vacuna tetravalente a virus inactivado con etilenimina binaria (BEI), formulada con adyuvante oleoso y saponina, que le confiere una inmunidad de 6 a 12 meses. Contiene las cepas O1 Campos, A24 Cruzeiro, A Argentina 2001 y C3 Indaial.

La mayor parte del territorio de la zona libre con vacunación tiene 2 campañas por año. En esta zona se concentra el 90 % de los establecimientos ganaderos del país. En el año 2010 se consideró que se había adquirido una sólida inmunización de la población del ganado, por haber transcurrido 19 campañas de vacunación sistemática de todos los bovinos y bubalinos.

Según este nuevo esquema, se lleva a cabo una campaña anual de todas las categorías etarias, y una campaña anual en la que no se vacunan las vacas, toros y bueyes. Es decir que los animales de menor edad (ternero/as, novillitos, novillos y vaquillonas) son vacunados 2 veces al año, mientras que los de mayor edad solo una vez. El Programa Nacional de Fiebre Aftosa del Senasa, por medio del Sistema Integrado de Gestión de Sanidad Animal evalúa el desarrollo y los resultados en todo el país, para implementar, si corresponde, acciones correctivas.

Consideraciones finales
La Fiebre Aftosa es una de las enfermedades de importancia veterinaria que tienen mayor repercusión económica en la sociedad, principalmente debido a su naturaleza altamente contagiosa, a su habilidad de causar una infección persistente, con fuertes consecuencias en la condición del animal afectado y en la productividad.

En la actualidad, la población animal susceptible de gran parte del planeta, en especial en el Asia y África y algunas regiones de Sudamérica, están bajo la amenaza directa y constante de esta enfermedad. Los países afectados sufren severas pérdidas económicas al verse disminuido su comercio internacional de carnes y por tener que destinar grandes cantidades de dinero en campañas de control con vistas a una futura erradicación.

La República Argentina ha sufrido un proceso de estancamiento, retroceso y decadencia de la performance exportadora del complejo cárnico, que pasó de abastecer el 62 % del mercado mundial en 1924/1928, a solo un 5 % de las ventas de carnes frescas a fines del siglo XX. No obstante, debemos tener en cuenta la utilización que algunos actores fundamentales del comercio internacional de carnes realizan de la cuestión sanitaria, al utilizarla como una barrera no arancelaria al servicio del interés de sus cadenas agroalimentarias. L

os escenarios futuros de la ganadería argentina, se hallarán sin duda determinados por la consolidación de su estatus sanitario, por la evolución de las trabas que las grandes potencias imponen al comercio mundial, y por las posibilidades de adecuar la oferta ganadera bovina nacional, lo cual depende de las decisiones del poder político de turno, ante la ausencia de planes a largo plazo, para satisfacer la demanda interna y los potenciales requerimientos de volúmenes exportables.

Fuente: Boletín ASARHIVE Nº 128, octibre de 2021.