Del libro “Vida de Ilustres Caballos” IV.
Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.
El libro “Vida de Ilustres Caballos“, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. 1ª Ed. Santa Fe, Colegio de Médicos Veterinarios, 2005, 116 págs.
Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del Laboratorio Over S.R.L.
A continuación reproduciremos capítulos del libro en homenaje al autor.
- Un bagual era un caballo salvaje o silvestre. La palabra deriva del nombre de un cacique querandí -Miniti o Bagual- que por su carácter indómito no aceptó las condiciones del reparto impuestas por Garay en Buenos Aires y solía sublevarse o alzarse.
Ilustres equinos de nuestro territorio.
Los primeros caballos llegados al Río de la Plata lo hicieron en la expedición del adelantado Pedro de Mendoza (1487-1537) en 1536. Éste arribó con 72 caballos y yeguas que sirvieron tanto para cabalgar como para saciar el apetito de los hambrientos colonizadores.33 Finalmente, dieron origen a las importantes manadas de baguales34 con que Garay pudo atraer a los asunceños para fundar en 1580 la segunda Buenos Aires, aunque en realidad el nombre que el vasco le puso a la ciudad fue de la Trinidad.
La formación de hatos de animales salvajes no fue un acto meditado por los conquistadores sino producto del incumplimiento de una orden militar. Cuando el teniente de gobernador Domingo Martínez de Irala (1509-1556) decidió terminar con Buenos Aires y que sus habitantes partieran río arriba en busca de mejores horizontes, el veedor Alonso Cabrera le ordenó a Francisco Ruiz Galán que matara los siete caballos y cinco yeguas que habían quedado pues no había lugar en la embarcación y tampoco era bueno dejarlos a merced de los indígenas. El verdugo era el soldado Rocamora quien no hizo efectiva la orden y así se reprodujeron en forma silvestre estos equinos, siendo a los pocos años su gran número la mejor muestra de la feracidad de estas regiones.
El ya mencionado Irala compró en 1551 a Alonso Parejo un morcillo estrella blanca en la frente y su pie de cabalgar calzado por 4.000 coronas de oro.35
Poco o casi nada es lo que se conoce de los primeros equinos que tuvieron las autoridades del Río de la Plata. Apenas sí sabemos del caballo que el Cabildo porteño decidió, en acuerdo del 16 de noviembre de 1618, regalar al gobernador Diego de Góngora a su llegada a estas tierras. Era de color morcillo y fue comprado al vecino Manuel de Santana en la suma de sesenta pesos según regulación de Tomás de Escovar. También se le obsequió una “silla de caballería que tiene negra bien obrada con los demás aderezos de ella“, la que fue adquirida a Bernardo de León, quien se desempeñaba como Depositario General.36
La tierra de los centauros.
“Dicen aquí con razón, que el país es el Infierno de las vacas, el Purgatorio de los caballos, y el Paraíso de los Asnos y de la Yeguas; aludiendo a la increíble matanza y desperdicio que se hace en el ganado vacuno: a lo que se hace padecer a los caballos: y a que los asnos y yeguas viven libres sin que nadie se meta con ellos”.37
La frase pertenece al naturalista y geógrafo Félix de Azara (1746-1821) y no hace más que repetir lo que era vox populi en estos territorios sobre el modo de explotación ganadera. En la Banda Oriental, por los mismos años en que Azara escribió sus observaciones, anotó el presbítero Pérez Castellano que “por la ociosidad en que veía aquí a los borricos y el mal tratamiento con que se hace servir a los caballos sin cuidar de que coman tal vez en dos días, dijo con mucha gracia el Abate Perneti, compañero de viaje de Bouganville, que este país era el paraíso de los borricos y el infierno de los caballos”.38
Del Purgatorio, el caballo ya había pasado al Infierno, y así debía ser en la mayoría de los casos ya que su abundancia era también la causa de su poca estima. Pues que para estos casos se aplica aquello de que lo que nada cuesta obtener nada vale.
No obstante lo dicho, esto no quita que en un territorio tan extenso como el de las Pampas y sin más medios de movilidad que el propio andar o el del caballo, este animal haya adquirido gran importancia en la vida cotidiana. Sorprende la variedad de usos que se le dieron al noble bruto pues exceden lo que la razón puede justificar. En algunos casos pareciera que el principio aplicado fue el siguiente: si hay un caballo no tengo porqué esforzarme.
Comencemos por mencionar que varios de los numerosos pordioseros porteños se paseaban pidiendo limosna a caballo, hecho que llamó poderosamente la atención de extranjeros como Parish, Robertson, Hutchinson. Vivían en los suburbios y diariamente montaban sobre algún rocín que hiciera juego con su condición para partir al centro de Buenos Aires a efectuar la diaria recolección de caridades.
Emeric Essex Vidal retrató -tanto en papel como en el lienzo- al más famoso de ellos que se paseaba siempre sobre un caballo blanco. “Este hombre tiene una cantidad de pan, envuelto en un viejo poncho, colgado del arzón, un costillar a su espalda, y al lado de éste algunas velas, todo lo cual le ha sido dado por buenos cristianos y ‘Por el Amor de Dios’. Poseyendo, en dichos artículos, todo lo necesario para su vida, va ahora mendigando un real para comprar caña, como cosa de lujo. Su método es esencialmente distinto al de los verdaderos mendigos. Se os acerca con un aire de seguridad y una sonrisa picaresca; hace chistes sobre la flacura de su caballo, del cual dice, que es demasiado viejo para caminar; se muestra esperanzado de vuestra compasión y os desea que viváis mil años“.39
La misma pesca era efectuada a caballo. El viajero conocido como “Un inglés” así la resume: “Se atan dos caballos, uno a cada extremo de la red sobre cada uno de ellos va un hombre de pie, a la manera de los jinetes de Astley. Avanzan tanto dentro del río que los caballos se ven forzados a nadar, y uno podría imaginarse que el pescador va a caer al agua. La red se arrastra luego hacia la costa, seleccionándose los pescados comestibles. El resto se tira. No se pesca en botes.“.40
El mismo escritor refiere que hasta los reos condenados a recibir azotes eran colocados sobre un caballo o una mula, teniendo lugar el castigo en el cruce de las calles.
Una profesión verdaderamente de a caballo era la de aquellos que traían la leche a la ciudad. “Casi puede decirse que los lecheros nacen a caballo, tal es la temprana edad desde la cual se les enseña esta ocupación. La mayor parte de ellos son niños de menos de diez años, tan chicos, que para montar en sus caballos tienen que utilizar un largo estribo que no se usa para otro fin”.41 Los caballos cargaban sobre sus lomos cuatro y a veces seis tarros de barro o latón llenos del preciado líquido, en alforjas de cuero atadas a la montura con una correa.
Hutchinson, que bien ha dicho que “un gaucho sin su caballo es una cosa imposible” 42, describe otra de las varias ocupaciones a las que eran sometidos los equinos:
a) haciendo ladrillos: “hay animales tan verdaderos animales que arrastran los cuerpos muertos de sus hermanos para hacer el fuego en el horno de quemar ladrillos… y dan vueltas en un círculo, pisoteando el barro blando, arena y agua mezcladas, y hacen todo en la fabricación del ladrillo, menos amoldarlo”.43
b) trillando trigo: con sus pisadas,
c) batiendo manteca: “Es de verse como cosa nueva, una bolsa hecha de cuero sin curtir, en la cual se echa la leche cuando está bastante cuajada; esta bolsa, asegurada a un pedazo de soga de cuero peludo, está amarrada por el otro extremo a la cincha de cuero que rodea el cuerpo del caballo, montado por un gaucho, el que galopa por el campo durante algún tiempo y hasta que la manteca está hecha, por los golpes de la bolsa de leche contra el suelo“.44
Woodbine Parish dedicó un crítico párrafo a este género de vida ecuestre muy cercano a la indolencia: “Casi todo se hace en aquel país a caballo: si hay que sacar un balde de agua de un pozo, es fuerza que haya un hombre y un caballo para sacarlo, y dudo si jamás entra en la cabeza de un gaucho el que sea posible hacerlo de otro modo. Todos saben montar a caballo, hombres, mujeres y niños. Al verlos, bien pudiera uno imaginarse que se halla en la tierra de los centauros…“.45
En cuanto a los caballos muertos, varios eran los servicios que prestaban las distintas partes de su cuerpo. Los cueros eran curtidos; la grasa de la yegua se usaba para velas y para empleos culinarios. Su osamenta servía para combustible en hornos de ladrillos y hasta para cazar cóndores según se acostumbraba en Mendoza.46 Las lenguas, conservadas, se vendían como lujoso alimento. Los cascos, cráneos, canillas, crin y cola se exportaban a Inglaterra, Estados Unidos y otros países del hemisferio norte. En los saladeros también se mataban yeguas por el cuero y la grasa.
33 El robo de un caballo por tres españoles, para mitigar el hambre, fue motivo de condena a la horca para los tres infelices. El destino quiso que sus cuerpos sirvieran de alimento a sus congéneres.
34 Un bagual era un caballo salvaje o silvestre. La palabra deriva del nombre de un cacique querandí -Miniti o Bagual- que por su carácter indómito no aceptó las condiciones del reparto impuestas por Garay en Buenos Aires y solía sublevarse o alzarse.
35 Azara, Félix de: Apuntamiento para la historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata, Madrid, Imprenta de la viuda de Ibarra, 1802, tomo II, núm. LXV.
36 Archivo General de la Nación: Acuerdos del Extinguido Cabildo de la Nación, Buenos Aires, Penitenciaría Nacional, 1908, tomo IV, libro III, p. 84 y 112.
37 Azara, Félix de: op. cit., tomo II, núm. LXV. En otra de sus obras vuelve con la misma acotación: “Como los burros huelgan, los caballos se tratan sin piedad, como que cuestan poco, y se mata y destruye tanto ganado vacuno, suelen decir que estas tierras son purgatorio de caballos, infierno de vacas y paraíso de burros” . Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay y Misiones Guaraníes (1790). Montevideo, Anales del Museo Nacional, 1904, tomo I, p. 346.
38 Archivo General de la Nación, Montevideo, Uruguay: Archivo de Particulares, caja 1, José Manuel Pérez Castellano, Diario y Memoria, Cajón de Sastre.
39 Essex Vidal, Emeric: Buenos Aires y Montevideo, Buenos Aires, Emecé, 1999, p. 98.
40 Un inglés: Cinco años en Buenos Aires. 1820-1825, Buenos Aires, Hyspamerica, 1986, p. 90.
41 Essex Vidal, Emeric: op. cit., p. 76.
42 Hutchinson, Thomas J.: Buenos Aires y otras provincias argentinas, Buenos Aires, Huarpes, 1945, p. 108.
43 Ídem, p. 107.
44 Ídem, p. 108.
45 Parish, Woodbine: Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata, Buenos Aires, Hachette, 1958, p. 187-8.
46 Head, F. B.: Las Pampas y los Andes, Buenos Aires, Hyspamerica, 1986, p. 140. El viajero cuenta que para cazar cóndores se mataba y desollaba un caballo pues el olor los atraía.














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