Sábado, 17 de mayo de 2014

MAYO de 2014
Volumen XXXI N°313
ISSN 1852-317X

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Julio 2010

Del libro “Vida de Ilustres Caballos” XIII.

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.

El libro “Vida de Ilustres Caballos“, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. 1ª Ed. Santa Fe, Colegio de Médicos Veterinarios, 2005, 116 págs.
Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del Laboratorio Over S.R.L.
A continuación reproduciremos capítulos del libro en homenaje al autor.

Caballos de nuestra literatura gaucha.

Don Segundo Sombra.
Esta joya de la literatura nacional fue escrita por Ricardo Güiraldes (1886-1927) en 1926. Posiblemente sea la obra referida a la vida gauchesca que más y mejores referencias trae sobre los pelajes de los caballos. Como buen escritor que conocía la vida rural, Güiraldes no ahorró detalles para describir el principal medio de vida del hombre de campo.

Muchos de los pingos del personaje central son mencionados por los nombres con que los había bautizado; así nos presenta el primero, un petiso conocido como “Sapo”, que era uno de los dos que le había obsequiado Don Fabio Cáceres, quien a la postre se descubriría como su verdadero padre. Con estos y con un potrillo cebruno –que mucho le costó domar por su impericia juvenil– comienza sus andanzas de peón de campo, resero y domador.

Uno de sus compañeros, Valerio, montaba un colorado gargantilla que era la envidia de los peones por su pinta vivaracha y la finura de sus manos y patas. El prototipo del gaucho, Don Segundo Sombra, montaba un espléndido alazán que solía acaparar los elogios de la paisanada.

Más adelante el joven bastardo –ya apadrinado por Don Segundo– monta un bayo un poco arisco y de desconfiadas cosquillas al que llama Comadreja. Como para poder trabajar de resero necesitaba varios – y buenos - caballos, gastó unos cincuenta pesos en un picazo overo bastante corajudo. En su tropilla tenía como yegua madrina a Garúa –que se la había comprado a un paisano del Rincón de López-, a quien seguían el bayo Comadreja, el citado picazo, un lobuno llamado Orejuela y el Moro, flete de reconocido valor para los rodeos.

En uno de estos repuntes de hacienda fue herido Comadreja en un anca por el asta de un toro bravío. La herida, larga y profunda, dejó rengo al animal haciéndolo inútil para la labor. Siguió trabajando el jinete sobre el lobuno Orejuela hasta que un nuevo encuentro con un toruno terminó con el jinete postrado por varias semanas. Fue así que decidió aceptar una oferta de su compañero de labores – Patrocinio Salvatierra – y venderle ambos caballos en ochenta pesos.

Cuando la suerte y el trabajo le habían permitido formar una buena tropilla, las apuestas a los parejeros le ocasionaron la pérdida de cinco de sus mejores animales, entre ellos dos bayos que había obtenido como paga de una doma. Así le quedaron la ya mencionada Garúa, el Vinchuca, el Guasquito y el Moro.

Ya hacia el final del relato y cuando se descubre que el personaje principal es el heredero de una rica estancia, este logra realizar el sueño de su vida de gaucho: tener una tropilla de un pelo, el bayo. Para ello intercambia regalos con Raucho, su nuevo amigo e hijo de otro estanciero. Mientras él recibe los ansiados bayos, le proporciona a su compinche la misma cantidad de pingos pero alazanes.

Juan Moreira.
Si bien Juan Moreira existió, su inclusión en este acápite tiene que ver con su paso a la fama y a la leyenda debido a la diestra pluma de Eduardo Gutiérrez (1851-1889).

El personaje gauchesco Juan Moreira (¿1835?-1874) poseía un hermoso caballo parejero de pelaje overo bayo. Le había sido obsequiado por el político Adolfo Alsina (1829-1877) como reconocimiento por sus servicios como hombre de confianza y guardián de su vida. En realidad aquel quiso darle una fuerte suma de dinero pero Moreira como buen gaucho que no se precia de sus riquezas en contante y sonante, rechazó el presente por lo que Alsina compró el mejor caballo que había en Buenos Aires y se lo regaló junto con una daga de 80 centímetros de largo de hoja.

El bayo overo y su perro Cacique, que viajaba en las cabezadas del apero o en las ancas del caballo, eran los dos únicos amigos del valiente paisano. El primero era el recuerdo de aquel hombre por el que él hubiera dado la vida, el segundo de su mujer Vicenta Santillán.

En condiciones normales Moreira nunca exigía mucho a su parejero pues lo conservaba intacto para un momento crítico o para correr una carrera de interés en las diversas pulperías a que llegaba, carreras que ganaba siempre pues el animal era excelente corredor. También tenía la ventaja de no espantarse con los estampidos de los trabucos de su jinete.

Fue objeto de la codicia del cacique Simón Coliqueo cuando quiso ganárselo en una partida de cartas de la que el ganancioso Moreira escapó a toda velocidad gracias a su magnífico parejero.

Más tarde el caballo estuvo en las miras del sargento Navarro que, con una partida sin más armas que sables, cometió el error de enfrentar los trabucos de Moreira. Una vez que la destreza de Moreira redujo la partida a la solitaria guapeza del sargento, se produjo un combate de arma blanca en la que los caballos tuvieron gran participación. El overo bayo, que era una seda en la boca, fue encabritado por su jinete evitando de esa manera el embate del sable oficial. El montado de éste era un flaco y despaletado caballo patrio, que nada tenía que hacer al lado del overo. Rápidamente fue herido por Moreira, que terminó poniendo fuera de combate al sargento.

Así como Eduardo Gutiérrez cuenta que a la muerte del gaucho su fiel amigo Julián Andrade adoptó a Cacique, nada pudo decir ciertamente del destino del bayo overo que seguramente “pasaría a poder de algún alcalde o sargento de la partida”. 134.

134 Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira, Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1987, tomo II, p. 279.