Domingo, 12 de abril de 2015

ABRIL de 2015
Volumen XXXII
N° 324
ISSN 1852-317X

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mayo 2010

Del libro “Vida de Ilustres Caballos” XI.

Espacio en homenaje al Dr. Osvaldo A. Pérez.

El libro “Vida de Ilustres Caballos“, del Dr. Osvaldo A. Pérez, está prologado por el Dr. Rubén Ángel Bagnaroli. 1ª Ed. Santa Fe, Colegio de Médicos Veterinarios, 2005, 116 págs. Federación Veterinaria Argentina con el apoyo del Laboratorio Over S.R.L.
A continuación reproduciremos capítulos del libro en homenaje al autor.

Caballos de nuestra literatura gaucha.

Martín Fierro
Nacido en la localidad de San Martín, provincia de Buenos Aires, y dedicado desde muy joven al comercio de ganados recorriendo estancias y fortines de frontera, José Hernández (1834-1896) demostró en su obra literaria conocer como pocos la idiosincrasia del gaucho. Además de su inigualable Martín Fierro -publicado a fines de 1872- escribió una Instrucción del Estanciero (1884) en la que puso de manifiesto sus dotes de hacendado progresista.

En el caso de su célebre poema gauchesco digamos que, si se consideran a los animales como actores secundarios, es evidente que al caballo le ha tocado el principal papel. “No es el animal de quien se vive, como los vacunos, sino el animal con quien se vive, de quien depende la vida o la muerte de los personajes, hasta el punto que el gaucho de a pie se considera mutilado en la inmisericorde extensión pampeana”.127
Y si bien no son muchas las alusiones al pelaje de los montados, por supuesto que no podía faltar la correspondiente al personaje central:

Yo llevé un moro de número
¡Sobresaliente el matucho!
Con él gané en Ayacucho
Más plata que agua bendita:
Siempre el gaucho necesita
Un pingo pa fiarle un pucho.
128

Digamos que un matucho era un caballo inservible, como el sotreta, y que aquí fue empleado por asteísmo, es decir por alabanza pero bajo la apariencia de vituperio. Es con ese moro con el que enfiló hacia la frontera cuando la leva lo obliga a servir para el Gobierno. Y allí comienza su martirio, la codicia de la superioridad se encargará de no dejarle nada de su propiedad, comenzando por su principal orgullo:

Y pa mejor hasta el moro
Se me jué de entre las manos;
No soy lerdo… pero, hermano,
Vino el Comandante un día
Diciendo que lo quería
- Pa enseñarle a comer grano.
129

Al principio montará un patrio, más tarde un redomón130 que había boleado en una sierra y que por aquella condición no le inspiraba mucha confianza, máxime cuando tiene que enfrentarse a la indiada. Pero una vez que dio cuenta del hijo de un cacique que lo había tomado de presa, se apropió del caballo de este y mejoró la monta.
En la Vuelta de Martín Fierro, que apareció en 1789, el gaucho huye al desierto con Cruz y entra en contacto con la indiada. Allí aprende las costumbres de estos para con los pingos:

El indio que tiene un pingo
Que se llega a distinguir,
Lo cuida hasta pa dormir;
De ese cuidao es esclavo.
Se lo alquila a otro indio bravo
Cuando vienen a invadir.
Por vigilarlo no come
Y ni aún el sueño concilia:
Sólo en eso no hay desidia;
De noche les asiguro
Para tenerlo siguro
Le hace cerco la familia.
131

Después de matar al indio que torturaba a su cautiva, Fierro debe emprender una veloz huída pues sabe que la indiada ha de vengar al muerto por más que haya sido en una pelea.

A la afligida cautiva
Mi caballo le ofrecí.
Era un pingo que alquirí,
Y dondequiera que estaba,
En cuanto yo lo silbaba
Venía a refregarse en mí.
Yo me le senté al del pampa.
Era un oscuro tapao.
Cuando me hallo bien montao,
De mis casillas me salgo;
Y era un pingo como galgo,
Que sabía correr boliao.
132

Si un moro fue el caballo original de Fierro, también fue moro el del Viejo Vizcacha, quien ya tenía las patas como loro, de estribar entre los dedos.
Finalmente recordaremos que, allá por 1899, Francisco Grandmontagne escribió en Caras y Caretas un cuento corto titulado “El rosillo de Martín Fierro”, en el que pretendía prolongar las aventuras del gaucho. El relato giraba en torno a la nobleza del animal, quien salva a su jinete del acoso de una partida y, al caer agotado en su esfuerzo, es sacrificado por su dueño nada más que para que ningún comisario compadrón y sotreta se alabara de poseer el caballo de Fierro. La falta de inspiración castigó el intento del novel escritor tanto como al supuesto rosillo, deparándole un grato olvido que lo salvó de críticas mayores.133

127 González Lanuza, Eduardo: “Caballos. Bestiario del Martín Fierro, capítulo VIII”, en Anales de la Sociedad Rural Argentina, Buenos Aires, tomo CIV, noviembre de 1970, p. 36.
128 Hernández, José: Martín Fierro, Buenos Aires, Centurión, 1948, versos 361 a 365.
129 Ídem, versos 655 a 660.
130 Caballo no domado completamente.
131 Hernández: op. cit., versos 2815 a 2826.
132 Ídem, versos 3693 a 3794. Un oscuro tapado es el negro entero, sin una mancha. Los indígenas enseñaban a sus caballos a correr boleados.
133 Grandmontagne, Francisco: “El rosillo de Martín Fierro”, en Caras y Caretas Nº 54, Buenos Aires, 14 de octubre de 1899.