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noviembre 2012

I- De Parasitología, Parásitos y Parasitólogos: de todo, un poco…

Con el apreciado patrocinio de Editorial Veterinaria Argentina SRL y del Ingº Norberto Speroni, la Asociación Argentina de Parasitología Veterinaria (AAPAVET) inicia la publicación periódica en Veterinaria Argentina de un espacio propio que incluirá historias, actualizaciones e información, en principio dirigido a los colegas que ejercen la especialidad, pero espera también que interese a toda la profesión. La página está abierta para la publicación de notas y artículos enviados, previa su aprobación.

A la luz del rotundo éxito del Congreso Mundial de Parasitología Veterinaria (XXIIIº WAAVP-Argentina 2011) realizado en Buenos Aires en agosto 2011, AAPAVET estima que es una excelente oportunidad para capitalizar aquel enorme esfuerzo, mantenerse en contacto con la profesión veterinaria rioplatense y juntos en una gran familia, progresar en la tarea cotidiana de afianzar el interés y propender la permanente actualización de conocimientos en la especialidad. En esta primera entrega se rescata y amplía un trabajo de interés para todos y cuya lectura seguramente traerá recuerdos a los memoriosos, publicado originalmente en el Periódico Motivar en 2007.

Medicina Veterinaria y Parasitología en la Argentina entre 1950-2012.
Reminiscencias, reflexiones y diferencias entre dos épocas…
G. Mauricio Bulman (■)
Introducción Todo intento de realizar comparaciones a menudo resulta conflictivo y sin proponérselo hasta molesto, y algunos colegas pueden inclusive diferir de opinión con respecto a uno o más datos. Ello hiciera que no fuese fácil reeditar esta nota dirigida en especial a las nuevas generaciones, señalando y comentando sobre algunas diferencias entre la enseñanza y el ejercicio de la medicina veterinaria, y las enfermedades parasitarias y su tratamiento, allá lejos y hace tiempo frente a la nueva época a partir de los 80 y durante la primera década del Siglo XXI. Ningún cambio señalado se hizo de la noche a la mañana, cada uno cumplió un proceso que llevó su tiempo. En todo momento se ha buscado ser muy objetivo en las apreciaciones y análisis de estas modificaciones, en su mayoría fruto de las experiencias vividas, intentando no herir posibles susceptibilidades. De ocurrir, de hecho se piden disculpas, pero recuerdo al lector que hace aproximadamente quinientos años el humanista e historiador florentino Nicolás Maquiavelo (1460-1527), autor de El Príncipe, juzgó imposible describir las cosas contemporáneas sin ofender a muchos.

Antecedentes.
He ejercido y vivido intensamente algo más de medio siglo vinculado a la Medicina Veterinaria, 56 años para ser preciso, de los cuales, salvo casi un lustro en Bolivia y Afganistán al ser designado Experto Internacional en Sanidad Animal y contratado por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), los demás fueron en Argentina. Es importante para los relatos, que gran parte de esta larga vida en la profesión se desarrolló en estrecha relación con el medio rural, fuese trabajando por cuenta propia en las Provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes, en la esfera provincial en La Pampa, en la nacional durante 10 años en CANEFA y SELSA (en La Pampa, Santa Fe, Corrientes, Chaco, Formosa y Misiones), en la investigación científica en el CONICET (en el CEDIVEF, Formosa) y en el INTA (en el CNIA, Castelar), en FADEFA (Fundación Argentina de Erradicación de la Fiebre Aftosa), en los cuadros técnicos de grandes empresas nacionales e internacionales de la industria veterinaria (R. Kurlat, MSDAgvet, Cyanamid International y Biogénesis-Bagó), como también en la docencia y la permanente transmisión de conocimientos.

En la Universidad.
La carrera universitaria fue cursada entre 1951 y 1956 en la vieja Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires, cuando ambas carreras compartían aulas y profesores en materias como Química y Física Biológica. Esta última materia inicial, junto con Anatomía I y Química, con correlativas en 2º año, constituían formidables escollos y el motivo de muchos abandonos tempraneros. El titular de Física Biológica había sido el físico y químico Raúl Ernesto Wernicke, quien desapareció con un hijo junto a casi toda la tripulación del ARA “Rastreador Fournier” al hundirse en la primavera de 1949, en las gélidas y profundas aguas del Estrecho de Magallanes. Fueron años agitados, en especial el 1955, cuando no se padecía una revolución se desataban huelgas y piquetes estudiantiles, como también cierres temporarios oficiales, a veces hasta con carros de asalto y guardias policiales, en otros eventos con la presencia intimatoria de las Fuerzas Armadas. Era moneda corriente que el alumnado fuese vigilada subrepticiamente por agentes estatales encubiertos pero más evidentes que barras brava en un estadio de fútbol, y frecuente que desaparecieran alumnos considerados revoltosos. Constituía una bendición llegar a rendir ante mesas bien constituidas en los intervalos relativamente cortos entre uno y el siguiente. En mi caso, recuerdo que en 1956 tuve 7 meses de espera para que se reuniera la mesa examinadora de la última materia, período en el cual atendí la sanidad de 4.000 vacunos en un establecimiento al norte de San Justo (Santa Fe).

Desde el punto de vista académico aún dictaban clases profesores extranjeros, en su mayoría europeos contratados en la primera mitad del Siglo XX, que ejercían la docencia con dedicación exclusiva, modalidad de enseñanza que cambió con el pasar de los años por razones económicas, en detrimento de la calidad de enseñanza. Internacionalmente la denominada excelencia universitaria y la calificación académica de una Facultad se miden en el número de cátedras con profesores full-time, los demás parámetros no inciden. A mediados de los ’50 la enseñanza pública universitaria sufrió el embate de cambios políticos nacionales, siendo una de sus consecuencias el ingreso de noveles jóvenes docentes mayormente sin experiencia, que imbuidos de increíbles ínfulas, se codeaban para asumir protagonismo y reunir antecedentes académicos. Para adecuar sus currículo vitae, debían reunir antecedentes mediante la publicación de trabajos, y al poco de recibirme y estando ya vinculado con la Revista Gaceta Veterinaria – que luego pasó a circular con el nombre actual de Veterinaria Argentina – se recibió un trabajo original corto con 9 autores, describiendo un nuevo método de abordaje quirúrgico a la cavidad torácica de un gato. Los colaboradores científicos de la revista, responsables de su publicación, se hacían malabarismos mentales intentando imaginar de qué manera tantas manos encontrasen el necesario espacio arriba del pobre felino!

Entre aquella época y la presente, una gran diferencia era el respeto de los alumnos hacia sus profesores, a nadie se le ocurría cuestionarlos, levantarles la voz, o presentarse a rendir un examen final con cabello largo y barba, sin saco y corbata, pantalones rotos y en ojotas. Escenas como las vividas en el 2007 en la UBA eran impensadas. La patética asamblea del 6 de agosto de aquel año, y los frustrados intentos de reuniones anteriores en democracia donde minorías bulliciosas paralizaron la Universidad, con similares zafarranchos en la UNLP y  Rosario, fueron una absoluta vergüenza. La nueva manera de estudiar, donde el problema comienza en la secundaria, con tomas de colegios por una minoría reincidente, dudosamente estudiosa y siempre disconforme por algo, es cuanto menos un pésimo ejemplo y antecedente. Al escribir esta nota, se repite el escenario en más de 40 colegios en la CABA. Opinar sobre la legitimidad de los reclamos estudiantiles y los métodos adoptados para presentarlas, escapa los alcances del artículo, pero sí es válido dejar asentado que Argentina no despertó aún de la gravedad de lo que vivió y vive nuevamente, y en estas condiciones, la preparación adecuada del egresado secundario para su futuro en los claustros universitarios es al menos incierto y sumamente preocupante.

La enseñanza de Parasitología y Enfermedades Parasitarias.

Los programas de estudio en las diversas cátedras eran radicalmente diferentes a las actuales. Refiriéndose específicamente a Parasitología y Enfermedades Parasitarias, el estudiante de Ciencias Veterinarias del siglo pasado, al menos desde los años 50 y durante varios lustros más, recibía mayormente conocimientos básicos de la taxonomía y morfología de las especies, referencias fraccionadas de sus ciclos biológicos, de los órganos afectados de los animales domésticos y la somera descripción de las lesiones producidas, entrando en complicadas especificaciones de la formación bucal del parásito, el esófago, el número y forma de las espículas, la bolsa copulatriz y otras. Poco de epidemiología, las enfermedades producidas, su diagnóstico e importancia económica, pérdidas directas e indirectas de producción ni conocimientos específicos de farmacología para el control. Sobre la resistencia parasitaria, apenas alguna mención. La enseñanza variaba según la Facultad y su entorno geográfico, además de los lineamientos y antecedentes del catedrático, pero en la UBA gran parte de la información se refería a los nematodos, siendo mayormente ignorados los ectoparásitos, salvo los ácaros de la sarna y la garrapata. Cada parásito era una entidad separada, el concepto de grupos parasitarios no existía. Al final el alumno rendía examen haciendo gala de su capacidad de retener en la memoria complicadas tablas nemotécnicas para repetir sin errores la clasificación taxonómica de largas listas de parásitos, sus nombres en latín y comunes, estructuras y otras vaguedades, un conglomerado de información carente de objetivo práctico y de escaso valor para ejercer mejor la profesión, y que en gran parte el futuro profesional olvidaba ni bien se levantaba de la mesa examinadora y trasponía la puerta del aula. Una aclaración: a nadie se le ocurriría criticar a eximios profesores como Juan José Boero en La Plata, o Oscar Jacinto Lombardero en Corrientes, lo que se destaca es aquella enseñanza mayormente teórica, con escasa proyección en la práctica diaria del futuro veterinario.

En la década del 80, con los primeros estudios epidemiológicos de tres años de la gastroenteritis parasitaria en vacunos en Argentina, el enfoque y los entonces novedosos conocimientos marcaron la necesidad urgente de un notable cambio en la enseñanza de la parasitología, que afortunadamente se reflejó rápidamente en las cátedras universitarias. Junto a especialistas del INTA, coordiné y participé de estos ensayos a gran escala a campo y en el laboratorio, que fueron patrocinados por la empresa estadounidense MSD Agvet para la introducción de la ivermectina, pionero del nuevo grupo de las lactonas macrocíclicas. El primero se realizó en Balcarce (Buenos Aires) en vaquillonas con el novel uso de terneros tracer y necropsias, el segundo en Reconquista (Santa Fe) en novillos. Fueron seguidos con estudios de otros grupos similares en vaquillonas de reposición, terneros al pié y hasta en vacas lecheras. Se introdujo en los ensayos y programas de control la entonces reciente información trascendental de la hipobiosis en el ciclo de Ostertagia ostertagi (C.Fiel et al, INTA      Balcarce) y su impacto en los rumiantes al emerger de su faz de inhibición invernal. Surgieron estudios comparativos entre grupos con distintas frecuencias de tratamiento para el control de los parásitos internos, que reflejaran el impacto en el peso, calidad y terneza de los cortes de carne (C.Garriz et al, INTA, Castelar); en novillos la comparación de diferentes frecuencias de tratamiento empleando distintas drogas, midiendo el tiempo necesario para alcanzar el peso y la terminación para su faena; el grado de desarrollo de hembras primíparas y vaquillonas de reposición y su cría; porcentajes de preñez logrado en el servicio temprano y el peso de terneros predestete y al destete, para mencionar algunos ensayos. A su vez, se originaron nuevos estudios epidemiológicos en ovinos y revelado el rol de Haemonchus contortus en la relajación peri-parturienta de la inmunidad (V.Suárez, INTA, Anguil). En cerdos, se estudió la ganancia de peso y conversión alimenticia desde el destete hasta la faena, en la UNRC, Río Cuarto, Córdoba (J.Tolosa et al).

Sin clasificar como estudios epidemiológicos, en 1986 en equinos de la Patagonia, se develó  la fundamental participación de las larvas de Cyathostominae spp ó pequeños estróngilos en el cuadro clínico con el nombre vernáculo de Mal Seco (G.M.Bilman). En el 2000, se publicó el Manual Técnico AAPAVET de Lucha contra la Garrapata, y en el 2001, se conoció la extensa monografía (G.M.Bulman y J.C.Lamberti, Biogénesis-Bagó) publicado como Manual Técnico sobre la falsa garrapata del ovino Melophagus ovinus, con valiosa información del tiempo de permanencia del estadio pupal según la temperatura, factor fundamental en el tratamiento. Con respecto a otros ectoparásitos, en la lucha sistemática contra la garrapata, el traslado de ganado exigió capacidad para el hallazgo y diferenciación correcta de los diferentes estadios, siendo un significativo avance sobre las revisaciones anteriores sumamente deficientes de los paratécnicos – los denominados garrapateros – para el despacho. En la clínica de mascotas, en 1988 y 1989 irrumpió el primer diagnóstico y conocimiento de la extensa difusión del filárido Dirofilaria immitis desde Formosa hasta Buenos Aires (G.M.Bulman et al), y avanzó notablemente el conocimiento de la demodicosis canina y su control (G.Pérez Tort et al).

Lo más importante sin duda alguna, fue la proyección que estos estudios epidemiológicos y avances parasitológicos tuvieron en la enseñanza universitaria,  y su divulgación en jornadas de actualización para el conocimiento más profundo pero esencialmente práctico y aplicable de la parasitología y las enfermedades parasitarias. Las lesiones, el control según la edad, las pérdidas económicas, el correcto uso de las nuevas drogas, relegaron la ya arcaica enseñanza taxonómica y llevaron a otra renovada de mayor aplicación, que redundó en una mejor formación del profesional para ejercer en el medio. Y quizás lo más relevante, en las explotaciones ganaderas nació el reconocimiento del valor de la parasitología y su estrecha vinculación con la producción, mientras en el cada día más especializada clínica de animales de compañía, la parasitología dejó de ser sólo una cuestión del control de sarna e infestaciones de pulgas y garrapatas.

En la investigación por su parte, en las recientes décadas se describieron nuevos métodos de diagnóstico y medición de eficacia, y se describieron aproximadamente 25 nuevas especies que engrosaron la fauna parasitaria argentina y mundial. Con las lactonas macrocíclicas, nació el interés en la microfauna coprófaga (Coleoptera-Scarabaeidae) o escarabajos estercoleros y su rol en el control de la Mosca de los Cuernos. Con la nueva generación de antiparasitarios, surgió la relevancia del Control Prolongado de las lactonas macrocíclicas (abamectina, ivermectina, doramectina y moxidectin). Pero quizás lo más impactante fue el creciente diagnóstico de resistencia parasitaria a los grupos antiparasitarios, y los infructuosos ensayos para prevenir o postergar el fenómeno.

En la nueva época desde la década del ’80 y más aún hoy, el control de los ecto y endoparásitos tiene a la Resistencia como su mayor problema. Ante la Mosca de los Cuernos Haematobia irritans y la garrapata común del vacuno Rhipicephalus microplus, los piretroides sintéticos aplicados por derrame dorsal ó pour-on, por su uso masivo, incorrecto e incontrolado, crearon una fuerte resistencia parasitaria. Frente a la garrapata, y algunos parásitos internos, después de casi 30 años en el mercado, las lactonas macrocíclicas demostraron una creciente disminución de eficacia. Esta resistencia de R. microplus incluye al amitraz en baño de inmersión, diagnosticado por primera vez hace aproximadamente 10 años. A partir del 2000, se incrementó el interés veterinario y médico en las Enfermedades Emergentes y Re-emergentes, siendo muchas de ellas de origen parasitario.

En el 2006, el hallazgo del primer caso autóctono de Leishmaniasis Visceral Canina (LVC), en Posadas, Misiones (O.Estévez et al), transmitida por el díptero hematófago Lutzomyia longipalpis, y su rápida difusión para hacerse endémica en todo el nordeste lindando con Paraguay y Brasil, es alarmante por constituir una grave zoonosis.

Quizás lo más preocupante en el Siglo XXI es que la industria no vislumbra que el mercado veterinario disponga de nuevas moléculas en el futuro inmediato. Los costos de investigación son muy altos, el proceso de desarrollo suele ser largo, la aprobación es complicada con tendencia a transformarse en eterna, surgen factores legales como el registro de fórmula y la rápida aparición de genéricos, agravada por la deficiente protección de la marca registrada, no constituyen alicientes. Una vez en el mercado la experiencia señala que el mal uso no garantiza un período largo de uso sin resistencia a la molécula misma o cruzada.

Me animaría a pronosticar que al menos durante los próximos 10 años, hará falta mucha creatividad en el uso de la batería actual de moléculas antiparasitarias conocidas, y posiblemente asociaciones de ellas, para lograr una prolongación de su utilidad, además de aceptar el concepto de convivencia entre los animales y su carga parasitaria, en niveles que aún garanticen una aceptable productividad.

El número de estudiantes, la demanda laboral de egresados y el veterinario residente.   
Comparativamente con otras carreras universitarias, en las décadas del 50 y 60, el número anual de estudiantes inscriptos al igual que veterinarios egresados, era sumamente bajo. Medicina Veterinaria estaba lejos de ser una carrera popular, en la UBA los cursos iniciaban con aproximadamente 30 y 40 alumnos, de los cuales apenas el 25% completaba los cinco años. Entre los restantes no faltaban los abandonos, especialmente durante el primer año, había un grupo que tardaba más para recibirse, siendo los estudiantes crónicos figuras frecuentes y otros cambiaban de carrera. Era común la llegada de extranjeros de países limítrofes, sobre todo de Perú y Bolivia, quienes se veían favorecidos por las remesas mensuales de dólares desde sus países, que cambiaban muy favorablemente en el mercado paralelo – sí, ya entonces existía – que les permitía un pasar de lujo. Salvo algunas valientes, las mujeres eran escasas, quizás el 10% del total. No existía la cantidad actual de Facultades de Veterinaria, las pocas Universidades eran públicas (UBA, UNLP, UNNE), faltaban varios años para el auge de la creación de las privadas y provinciales que se convertirían rápidamente en nacionales, como la UNICEN (Tandil, Buenos Aires), General Pico (La Pampa), UNRC (Río Cuarto, Córdoba), UNL (Esperanza, Santa Fe) y la USAL (Pilar, Buenos Aires).

El futuro laboral del egresado era problemático, de manera que descontando los que estudiaron para trabajar con sus padres o familiares estancieros, las opciones y ofertas de trabajo no abundaban. Una parte ingresaba en la docencia – mayormente con régimen part-time – donde tendía anquilosarse como ayudantes o asistentes de cátedra. Otra se asimilaba en los cuadros militares, terminando en destacamentos fronterizos del ejército o de gendarmería atendiendo mulas, alejados de la profesión y con escasas posibilidades de actualizarse y progresar. Como último recurso de trabajo y alguna oportuna recomendación, contados egresados se incorporaban a la municipalidad de pequeños pueblos del interior, para atender el colgadero local para velar por la sanidad de las carnes, a la vez que ejercían en una  veterinaria. En general era más abundante el trabajo en zonas de explotación lechera, segmento de la ganadería donde más se imponía, no sin dificultades, la vacunación antiaftosa. La subcutánea venía perdiendo usuarios, los productores lecheros alegaban que producía una merma considerable en la producción durante un par de días, preferían la intradérmica supuestamente menos agresiva. ¡En las heladas mañanas invernales, la aplicación en las lecheras en tambos en cuya mayoría el ordeñe era aún a mano y la necesaria manga brillaba por su ausencia, al moverse el animal los dedos del vacunador podían quedar como bananas por los involuntarios pinchazos!

En la Provincia de Santa Fe, con suerte los veterinarios formarían parte de una Dirección de Bromatología, que además del matadero, tenía jurisdicción en el rubro Salud Pública en las casas de comida – el restaurante como tal no existía, sólo el salón comedor en el único hotel del pueblo, siempre ubicado frente a la estación del ferrocarril o la ruta – como también en los bares, ramos generales de las cooperativas y locales de expendio de alimentos. La disposición sanitaria que obligaría faenar únicamente en frigoríficos, aparejada con el cierre de los precarios mataderos de aquella época, en su gran mayoría funcionando en condiciones deplorables a cielo abierto o cuanto más bajo un tinglado, estaba aún lejos de entrar en vigencia.

Por último las plazas de Veterinario Regional en el vetusto Ministerio de Agricultura y Ganadería se contaban con los dedos de una mano, y el eventual ingreso en una vacante apenas una remota posibilidad. Recién en 1961 la creación de CANEFA (Comisión Asesora Nacional para la Erradicación de la Fiebre Aftosa), transformándose en 1964 en SELSA (Servicio de Luchas Sanitarias), organismo del Ministerio de Agricultura y Ganadería, modernizó la atención oficial de las luchas sanitarias (fiebre aftosa y garrapata, agregándose luego brucelosis, sarna especialmente ovina, tuberculosis y rabia), con la base de los veterinarios y paratécnicos de CANEFA e incorporando a los veterinarios regionales del MAGN.

Para poder subsistir en esas décadas del 50 y 60, los noveles profesionales juntaban dos y hasta tres cargos, y en los barrios capitalinos y del gran Buenos Aires, también era frecuente que abriesen solos o asociados una pequeña clínica en un garaje o una pieza a la calle, que atendían durante unas pocas horas a la noche. Una parte de los egresados, con más altas notas, había sido literalmente captada por la industria meses antes de rendir las últimas materias. Otra parte, posiblemente la menor y donde me incluyo, imbuido con un concepto distinto de la finalidad del esfuerzo de 5 años de estudio en la Universidad, eligieron hacer Patria y recaló en el interior. Era común que varios – lo sufrí en carne propia – se vieron obligados a realizar  frecuentes cambios de domicilio durante 4 ó 5 años, para eludir la citación militar para la incorporación – no voluntaria – a las filas del Ejército, siendo los oficiales de reclutamiento seguidores como perros de sulky. ¡En resumen, con tan sombrío panorama laboral y futuro, era comprensible la escasa elección de Medicina Veterinaria!

En las localidades del interior, marcó una enorme diferencia de aquellos años con las más recientes décadas, la poquísima o ninguna presencia del veterinario, salvo uno que otro nacido y criado en su pueblo natal. El vasto interior era casi toda tierra virgen, pero a pesar de ello constituía una tarea gigantesca instalarse y llegar al productor con presencia y conocimientos, que desconfiaba de toda esa innovación tecnológica desconocida. Poder vencer esas barreras llevó enorme paciencia y apego a la profesión. Había que ganarse el lugar, insertarse en el medio,  superando el apodo – que no ayudaba – de ser de afuera.

Hace 50 años era impensado que los grandes establecimientos ganaderos se aviniesen a contratar un veterinario residente, y me cupo siendo recién recibido y después de la pasantía (una especie de clase práctica final, obligatoria para recibir el título), ser uno de los primeros que incursionó en esta modalidad de trabajo, atendiendo la sanidad de 10.000 cabezas de raza Red Poll, lecheras de doble propósito, en 40 tambos de una estancia en la Parada Tatay, del Ferrocarril Gral. Urquiza, cerca de Carmen de Areco. Fui así pionero en la modificación del enfoque negativo del productor y empresario rural, quienes comenzaron a valorar las ventajas de incorporar en su establecimiento a uno o más veterinarios que velaran por la sanidad y producción de sus rodeos. Hoy es frecuente la figura del veterinario residente o la modalidad de visitas periódicas programadas, que también cuenta con adeptos, y en general se hace más visible la participación profesional en todos los quehaceres de la sanidad en la cría y producción animal.

Hasta los años 80 y 90, el número de Médicos Veterinarios en el país era aún escaso. El total entre los 50 y 80 osciló cercano a los 5.000, y en los 90 rondaba los 8.000. Nada que ver con los 18.523 matriculados en 2011, que con los 381 que ejercían en los cuadros del INTA y CONICET, sumaban 18.905, cifra que no incluye a aquellos veterinarios que no ejercieron, o los que ya jubilados dieron de baja su matrícula, y los que ejercían por cuenta propia.

El ejercicio de la profesión y la parasitología veterinaria en el interior.

Los primeros años como veterinario independiente en Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes fueron sumamente útiles para el que mayormente no vivió el medio rural de joven, salvo extendidas vacaciones estivales en estancias amigas, conociendo in-situ los problemas sanitarios – la práctica era una materia faltante al menos en la FCV de la UBA – aprendiendo a comprender el ganadero como el trabajador rural, experiencia que sería sumamente útil en los años siguientes. En la Facultad las prácticas de especialidades como el tacto rectal para el diagnóstico de preñez, la castración de vacas y la inseminación artificial, eran cuanto más crueles parodias de la realidad. Siguiendo la escuela de Antonio Pires, en la Cátedra de Grandes Animales se aprendía más sobre las herraduras correctivas y aplomos de equinos que la cirugía, ingresando semanalmente en la cátedra muchos equinos, que tiraban los carros de reparto en Buenos Aires. ¡De allí que no es ninguna sorpresa admitir que para suplir las deficiencias de enseñanza, en aquellos años todo veterinario que comenzaba a ejercer, llevaba como libro de consulta el Manual Merck de Veterinaria, cuya primera edición en inglés data de 1955!

En los años 60 y hasta 70 en el norte de Santa Fe, gran parte de Corrientes y Chaco, y prácticamente toda La Pampa y Formosa, era muy frecuente encontrarse con grandes estancias de poderosos terratenientes, donde la sanidad de los rodeos era secundaria, siendo un ejemplo La Forestal en el norte de Santa Fe – compañía inglesa responsable del criminal talado del quebracho colorado para la extracción de tanino. En el matadero municipal de Vera, ciudad ubicada en medio de estos establecimientos, se faenaba únicamente bueyes de aproximadamente 20 años de edad, dados de baja después de una vida tirando pesados rollizos. La nula atención de la sanidad lo atestiguaban en estas estancias las frecuentes mortandades que abarcaban varios cientos de animales por falta de las vacunaciones preventivas para carbunco, mancha y gangrena gaseosa; los periódicos brotes de rabia paresiante por las mordeduras del murciélago vampiro Desmodus rotundus rotundus; la alta infertilidad y bajas tasas de parición por brucelosis y las enfermedades venéreas – de las que en general se conocía poco – además de sufrir los rodeos las infaltables y periódicas ondas de fiebre aftosa, que los productores, resignados, consideraban normales. Anecdóticamente, en Corrientes, Formosa y Chaco, infestadas endémicamente por la garrapata Rhipicephalus (Boophilus) microplus, existían normas sanitarias denominadas franquicias para la extracción de ganado por vía fluvial en chatas o por vía ferroviaria en largos convoy de 30 o más vagones, permitiéndose que el ganado llegase con una mínima limpieza a los frigoríficos en Entre Ríos, sobre los márgenes de los ríos Paraná y Uruguay (G.M.Bulman, 2006. Remembranzas…una vida dedicada a la sanidad animal. Editorial Biogénesis-Bagó, con el auspicio de AAPAVET). Hoy en cambio, el veterinario emerge de su capullo universitario con mayor respaldo técnico,  para insertarse en un medio considerablemente más evolucionado y mejor preparado para recibir y absorber tecnología de avanzada.

En aquella primera etapa de este relato comparativo, era común que los centros de acopio de leche en las cuencas lecheras de Santa Fe y Buenos Aires tuviesen chiqueros de cría y pistas de engorde de cerdos, empleando para su alimentación el suero de leche. Las primeras vacunas como la intradérmica Pen-d’ápice (de Laboratorios Unidos Lauda) en el borde del pabellón auricular aún no se habían perfeccionado, y se seguía recurriendo a la aplicación de Suero y Virus Vivo, elaborada por el laboratorio Sancti Spiritu, en Rufino, método que inmunizaba pero perpetuaba la PPC. Prueba de ello era que periódicamente las explotaciones de cerdos sufrían verdaderas ondas de peste, que costaban detener y dejaban un saldo alto de pérdidas.

En cuanto a los tratamientos, a la garrapata en el nordeste, noroeste y Mesopotamia se combatía con derivados arsenicales (arsénico a la concentración de 0.175 a 0.19% en solución) en baños de inmersión de 18 y 20 metros de largo. Se empleaba también las piretrinas (no piretroides sintéticos), el lindane, toxafeno y/o malatión, y coumaphos. Los clorados se introdujeron recién a mediados de los 60, los órganofosforados en baños de inmersión en los 70. Las primeras cepas OF resistentes fueron aisladas en 1978/79 en Goya (Corrientes), introduciéndose en el mercado los piretroides sintéticos en la década del 80. En los 50 y 60 la fenotiacina oral era la droga de elección para los gastrointestinales en ovinos. En los rumiantes recién se insinuaba el arribo de los primeros bencimidazoles, siendo el tiabendazol el heraldo de este grupo. Se dosificaba también con levamisol y drogas del grupo pyrantel. Entre los primeros órganofosforados en derrame dorsal figuraba el triclorfón. Ya era común y corriente el uso de antihelmínticos en programas de tratamiento, pero el fenómeno de la hipobiosis de Ostertagia ostertagi seguía el patrón válido para Escocia. En ovinos, ya se diagnosticaba resistencia de Haemonchus contortus frente a tiabendazol y fenbendazol. En la explotación de cerdos a campo, las infestaciones a veces masivas por Macracanthorhynchus hirudinaceous del intestino delgado se combatían con levamisol.

La bichera en terneros por el díptero productor de la myiasis Cochliomyia hominivorax, cobraba todos los años en zonas endémicas más del 10% de la parición de la primavera y verano, que estaba lejos de ser estacionada, por lesiones del ombligo al nacer, y luego por las heridas de castración y descorne. En las majadas en la Mesopotamia, muchos ovinos esquilados tardíamente por la espera de la comparsa – cuando la mosca ya arreciaba – morían por efecto de bicheras en las heridas causadas por cortes de las tijeras, a pesar de las curaciones con lindane en polvo y ronnel en gel, productos eficaces pero con limitada protección frente a las reinfestaciones.

¡Trabajar en las estancias era duro, no había caminos internos ni jeeps o camionetas doble tracción, las distancias eran grandes y a los corrales del fondo se llegaba a caballo, y se trabajaba de sol a sol! Para los que realizaban diagnóstico de preñez por tacto rectal o castraciones de vacas CUT (criando su ultimo ternero), salvo en las estancias bien formadas, las demás solo tenían precarias mangas y corrales, siendo inexistentes las puertas laterales en la manga y un cepo confiable. Las razas índicas y sus cruzas, menos dóciles, ya se habían popularizado en el nordeste y con frecuencia ocurrían accidentes como fracturas de brazos y golpes, la veterinaria constituía una profesión peligrosa, al menos así lo consideraban las compañías de seguros.

La experiencia en La Pampa.   
Como anecdótico, recuerdo los años como Veterinario Regional de la Provincia de La Pampa – hasta 1951 una Gobernación Nacional – teniendo a mi cargo entre 1958-1961 casi 50.000 km2 del sur y suroeste, que representaba un tercio del territorio provincial. Un enorme reto de llevar sanidad a tierras agrestes y en parte semidesérticas por escasez de lluvias, mayormente enormes campos fiscales que se medían en leguas y no hectáreas, muchas áreas extensas de monte achaparrado con árboles y arbustos con largas espinas agresivas, con el ganado pésimamente manejado al cuidado de escaso personal. En estas áreas agrestes del centro y oeste pampeano, se realizaba una lucha provincial – subvencionada en parte con aportes de los productores por legua de campo para pagarle el sueldo a los cazadores, eran todos unos personajes de novela – contra las denominadas Especies Depredadoras de la Ganadería, que incluía el puma Felis concolor concolor y el zorro colorado, ambos autóctonos, y el enorme jabalí europeo Sus scrofus. Esta última especie – no confundir con el pecarí – fue originalmente importado por el yerno de Ataliva Roca (hermano de Julio Argentino Roca), Pedro Olegario Luro (1862-1927) en 1909 para el coto de caza en su estancia “San Huberto” de 17.000 ha a 31 km al sur de Santa Rosa, que hoy es el Parque Luro, la mayor reserva natural del caldén. Con el pasar de los años los alambrados perimetrales fueron cayéndose, principalmente al quemarse los postes por los incendios de pastizales secos, y el jabalí, junto al ciervo común colorado Cervus elaphus – los ejemplares machos adultos con imponente cornamenta de 12 o más puntas, especie europea también importada por Luro – ganaron el monte para incorporarse a la fauna silvestre.

En el sur de la provincia, una sola formación ferroviaria recorría parsimoniosamente con frecuencia diaria desde General Acha hasta Bahía Blanca, parando en las centenarias estaciones de una cadena de colonias agrícola/ganaderas de inmigraciones judías y españolas, como Abramo, Bernasconi, General San Martín y Jacinto Aráuz – pueblo donde René Favaloro ejerció durante 12 años (1949-1961) un interinato como médico rural, el mismo quien años después sería un prestigioso cardiocirujano. Sin excepción, los colonos vivían la falta de previsión de las autoridades y entes colonizadores en la división original de las parcelas de campo, que ya eran reducidas desde el comienzo y después al dividirse por herencia, se transformaran en minifundios improductivos por su escasa extensión para el mantenimiento de las nuevas familias constituidas. Esta situación se agravó por las afamadas voladuras de las tierras sobre-labradas, consecuencia de la locura de siembra desatada por los buenos precios de la producción triguera intensiva durante la IIª Guerra Mundial (1939-1945), el empleo incorrecto del arado profundo en tierras mayormente arenosas con escasa cobertura fértil, agravado por la total carencia de asesoramiento técnico. Un dato importante, poco difundido, es que los denominados colonos europeos en su inmensa mayoría no eran agricultores. El INTA, organismo nuevo, recién llegó años más tarde a esos parajes marginales, al principio arrastrando consigo graves falencias en extensión y escaso conocimiento del medio.

Me tocó ser pionero del cambio, caminando mucho, organizando demostraciones, dando charlas, diagnosticando enfermedades y buscando convencer a los incrédulos y golpeados agricultores para sobreponerse a los malos años, sobre todo por la escasez de lluvias y las frecuentes sequías que se hacían interminables. La juventud, decepcionada, buscó nuevos horizontes y tomó el tren para no volver, dejando a una generación de padres y abuelos aferrados a sus tradiciones y creencias religiosas, para enfrentarse solos contra la adversidad.

Los médicos veterinarios eran tan pocos – en 1958, en toda la aquella provincia nueva quizás llegaban a seis – que durante semanas se podía trabajar sin cruzarse con un colega.

En aras de los muchos recuerdos de esa primera etapa en La Pampa, en las elecciones presidenciales (23-02-1958) que consagraron a Arturo Frondizi, fui designado presidente de mesa en Bernasconi, principal ciudad de la colonia judía que creó el Barón Mauricio von Hirsch en 1899 en leguas de tierra adquiridos en el sudeste de La Pampa. Los primeros inmigrantes judíos eran procedentes de Ucrania, Polonia, Lituania y Rusia, siguiendo luego de otros países centro-europeos como Rumania, hasta 1913, cuando se suspendió al desatarse la Iª Guerra Mundial (1914-1919). Lejos de todo menosprecio y menos peyorativo, lo anecdótico del cumplimiento de aquel deber cívico de un veterinario en el interior argentino fue tener que decifrar los complicados apellidos en el padrón electoral y en las libretas de enrolamiento, y al cotejarse encontrar que padres, hermanos e hijos, tuviesen diferencias en la escritura, sobraban o faltaban consonantes y hasta vocales, desde ya todos nombres impronunciables y menos repetibles, al menos correctamente. Todos los ciudadanos querían participar y ayudar, y entre ellos se comunicaban – me parecía al unísono – en yiddish (el idioma de los judíos ortodoxos centroeuropeos), que solamente condujo a una enorme cacofonía y acentuaba la confusión. Al parecer, el origen de este dilema ocurrió en los galpones del Hotel de Inmigraciones en el Puerto de Buenos Aires – aún existe – al desembarcar los futuros colonos de los vapores transatlánticos, donde los oficiales de inmigración de turno seguramente abrumados con el calor, las infaltables moscas y el cansancio, transcribían los nombres y compaginaban los nuevos documentos nacionales con buena voluntad y como mejor les parecía, seguramente el asunto era terminar cuanto antes y de una buena vez. ¡Por mi parte lo viví en aquellas elecciones, pero los colonos el problema descrito lo sufrieron toda su vida!  Merece destacarse que las colonias agrícolas de Jacinto Arauz y alrededores, como también Villa Iris y San Germán en la Provincia de Buenos Aires, se diferenciaban de las vecinas creadas por el Barón Hirsch, por estar mayormente integradas por colonos españoles, uruguayos e italianos, en general más receptivos a la vacunación de su ganado e incorporación de nuevas tecnologías en la atención de su ganado.

En aquellos años para llegar al vasto oeste de La Pampa se recorría la travesía, 400 o más kilómetros desde General Acha, Santa Rosa o Victorica por caminos que eran apenas huellas que serpenteaban entre las dunas. En el lento andar se pasaban parajes y caseríos con nombres pintorescos como Chacharramendi, Limay Mahuida, Lihuel Calel, La Reforma, Algarrobo del Aguila, Puelén y Puelches – localidad donde cuenta la historia que veraneaban los caciques indios bañándose en las aguas saladas del Río Salado o Chadileoufú – para llegar así a los puestos de los establecimientos donde el escaso y aguerrido personal y sus familias esperaban la llegada semanal de un viejo camión doble tracción, denominado ampulosamente el correo.

Estos medios de transporte eran refugos de la IIª Guerra Mundial adquiridos en lotes de chatarra al terminar la contienda, y transportaban víveres, querosén en bidones para la vieja heladera, repuestos para el windcharger que cargaba las baterías para la radio, el pedido de farmacia, municiones para las necesarias armas en esos parajes, los periódicos y la ocasional correspondencia. A veces algún pasajero, acomodado entre la mercadería, los tambores con combustible y las necesarias cubiertas de repuesto por las frecuentes pinchaduras. Según recordaban los usuarios, el correo tenía horario de salida, pero no de llegada…

Hoy en La Pampa todo aquello ha cambiado, existen caminos, llueve, hay abundancia de pastizales naturales, los campos se valorizaron, dejaron de ser fiscales y los productores introdujeron mejoras. Se fueron imponiendo nuevos conceptos de producción, levantando alambrados, construyendo guardaganados y corrales, fueron instalados molinos con enormes tanques australianos, el ganado es vacunado y se controlan las principales enfermedades reproductivas, mientras en los parajes hay escuelas y puestos sanitarios. En este nuevo panorama y economía se incrementó el número de veterinarios y agrónomos ejerciendo en un medio menos hostil.

La creación de CANEFA. Con la creación de CANEFA (febrero 1961), sigla para la Comisión Nacional de Erradicación de la Fiebre Aftosa, ente semi-independiente de la esfera gubernamental, escapando así de la tradicional burocracia oficial, se produjo un cambio de enorme trascendencia sanitaria. Requirió la contratación de veterinarios para cubrir los cargos en la medida que se avanzaba y se adosaban nuevas provincias a la lucha. Curiosamente la creación de CANEFA fue a instancias de productores e instituciones rurorganización en calidad de paratécnicos. En La Pampa, previendo el inicio de la lucha oficial, la Provincia dictó la Ley 205 de vacunación aales de avanzada, para inyectar un aire renovador en la lucha contra la virosis milenaria. En su faz inicial, el entonces Ministro de Agricultura César Urien, dispuso la contratación de veterinarios españoles, que se incorporaron a lantiaftosa obligatoria, y siendo el quinto veterinario contratado por CANEFA, regresé a La Pampa en calidad de Inspector Regional con el fin de coordinar ambos esfuerzos en toda la provincia, entre 1961 y 1964. El mayor inconveniente para lograr el éxito de la vacunación antiaftosa obligatoria, fue vencer la oposición del productor a vacunar su ganado, que consideraba una imposición. La vacuna elaborada con virus multiplicada en células epiteliales linguales por el método Frenkel, no alcanzaba la eficacia deseada, y mantener la cadena de frío constituía todo un problema. Otro inconveniente del organismo nuevo era su reducida capacidad operativa en el área legal, dando lugar a que en su lugar, en 1964 se creara SELSA – Servicio de Luchas Sanitarias – que incorporó tanto a los cuadros existentes de CANEFA como del Ministerio. A la par la industria fue mejorando la calidad de la vacuna, apareciendo en el primer lustro de los 70 las nuevas series con base oleosa y virus multiplicado en células BHK. Se había colocado el cascabel al gato, y estas medidas llevarían al ansiado control definitivo de la fiebre aftosa en Argentina en los albores del Siglo XXI, a pesar de varios sobresaltos por brotes aislados que llevaron a la pérdida temporaria del status de país libre de aftosa con vacunación. El área de investigación. En el área de investigación, con honrosas excepciones, el compromiso e inversión oficial en Argentina fue siempre una materia convenientemente relegada, muy por debajo de otros países más desarrollados y donde la participación de la industria privada es también mayor. Me tocó integrar los cuadros del CONICET – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas – en la clase Investigador Principal, y entre 1979 y 1984 participar con FUNDANORD (Fundación para el Desarrollo de Nordeste) con base en Corrientes, y el Gobierno de la Provincia de Formosa, en la construcción desde los cimientos y puesta en  funcionamiento del Centro de Diagnóstico e Investigaciones Veterinarias Formosa (CEDIVEF), que alcanzó a transformarse en un polo de desarrollo científico en el nordeste con un equipo de 14 veterinarios. Formé becarios, dirigí tesinas, interesé a la industria para confiar e invertir en el Centro con ensayos críticos. Integré asimismo varias Comisiones de Evaluación del CONICET en 14 Centros de Biología Animal distribuidos por todo el país. Es bueno admitir sin embargo, que el Consejo Nacional vivió casi siempre en una gran nebulosa de glorias pasadas de la investigación científica, aquella época en que científicos argentinos como Bernardo Alberto Houssay y Luis Federico Leloir fueron ciertamente justificados ganadores de Premios Nobel. Quizás se marcó un cambio importante en la conducción del organismo nacional entre los años 1979 y 1985, cuando mediante la creación de Fundaciones aparecieron 14 nuevos Institutos y Centros, gran parte fuera del ámbito universitario, que permitió avanzar notablemente en la investigación aplicada en muchas áreas de relieve de las Ciencias Veterinarias y Biológicas.

En la Comisión de Evaluación del CONICET que seleccionaba y designaba los nuevos becarios y juzgaba el trabajo anual de investigación de los investigadores, guardo ingratas remembranzas de estar involuntariamente involucrado en una denodada lucha interna entre los que defendían la investigación básica frente a la aplicada, más apropiada para un país en desarrollo. Desde las Universidades Nacionales un sector docente con representantes próximos a jubilarse, esgrimía razones y argumentos aparentes queriendo defender e imponer una posición falsa, auténtico ejemplo de un sofisma donde muchas veces el interés personal superaba el nacional. Había quienes se veían como émulos de Houssay y Leloir pero en el fondo, les guiaba la oportunidad de tener asignado fondos para sus cátedras como ingresos frescos basados en proyectos faraónicos, imprácticos y mayormente inútiles. Lamentablemente en la asignación de fondos para programas nacionales y la designación de becarios, las Ciencias Veterinarias sufrió repetidas postergaciones, y los múltiples proyectos y esfuerzos todos valederos fueron retrasados durante años frente a la abrumadora presencia en las Comisiones de portavoces de otras ciencias. Salvo contadas excepciones, los proyectos languidecieron en el oscurantismo oficial, y aunque duele admitirlo por ser juez y parte, el estado nacional y los entes provinciales con incumbencia en el tema trastabillaban a ciegas sin un rumbo concertado y ni siquiera medianamente planificado.

Hoy, ya en el siglo XXI, habiendo escaneado el pasado y observado el presente, en verdad poco ha cambiado en el concepto de las necesidades primordiales del sector, sigue haciendo falta sentarse y de una buena vez pensar mancomunadamente desprovisto de parcialidades políticas, con el mejor interés nacional en mente, para fijar seriamente donde quiere llegar el país con la investigación científica, y no seguir a los ponchazos formando profesionales en el exterior para luego perderlos a su regreso por miseria económica o carecer de lugares físicos y equipados adecuadamente para trabajar.

En Ciencias Veterinarias y Biológicas, felizmente el INTA ha dado grandes pasos, superando exitosamente los frecuentes vaivenes presupuestarios. La preparación de sus cuadros técnicos, la sana distribución de los centros en áreas de desarrollo prioritarias, y la mejor llegada al productor, han sido beneficiosas.

La industria de productos veterinarios.

La existencia de verdaderos equipos técnicos en buena parte de los laboratorios veterinarios, era la norma en las décadas del 70 y 80, los más importantes tenían 5, 10 o más veterinarios en su plantel profesional estable, que cumplieron un excelente rol de investigación, diagnóstico y extensión a campo. Para recordar algunos, Rosembusch, Lauda, Fuerte Sancti Spiritu, Estrella Merieux. Hoy esa misión lo ejerce el INTA, los Grupos CREA, algunos pocos laboratorios – destacándose Biogénesis-Bagó y Merial (antes MSDAgvet) – ciertas cátedras universitarias, el Instituto Malbrán, el CEDIVEF aunque ya en un grado menor, y hasta ONG. Las nuevas exigencias de BPM (Buenas Prácticas de Manejo, ó GMP) en los laboratorios de la industria veterinaria tienden a revertir esta situación.

La multiplicación del número de laboratorios que dividió un mercado ya sumamente fraccionado y que no vio significativamente incrementado el volumen de ventas, ha dejado como saldo negativo una notable disminución de veterinarios en los cuadros técnicos estables de la industria. Un resultado colateral positivo de los cuadros técnicos entre 1985-2000, fue el increíble número de trabajos publicados, tanto de investigación, desarrollo, control parasitario, como monografías de actualización. Con la ausencia de moléculas nuevas en el mercado y los necesarios estudios de eficacia, esta producción sufrió una marcada disminución. Es reconocida como muy positiva la labor de la Asociación Argentina de Parasitología Veterinaria (AAPAVET), que mantiene el Premio Anual AAPAVET Rioplatense y el Premio Bienal AAPAVET  “Jorge L. Núñez” para fomentar la edición de trabajos y premiar los aportes en la investigación científica, respectivamente.

Existen otras diferencias en la industria veterinaria entre una época y la otra, pero para muestra basta un botón, y es evidente que la calidad y variedad de productos ha dado un paso firme al frente. Acompaña en este sentido a los avances y globalización de la Medicina Veterinaria en general. La incorporación de nuevos conocimientos y actualizaciones, y su aplicación en un medio más evolucionado, augura un buen pero difícil futuro. Al menos durante los próximos 50 años, la industria nacional tiene que proseguir en su recuperación y afianzar el antiguo liderazgo regional, tanto por presencia como por excelencia, en un mundo global sumamente competitivo.

El control oficial del SENASA de aprobación y calidad de productos, al menos los antiparasitarios, merece un párrafo aparte. En efecto, de la casi inexistencia de dossier completos en los 50 y durante 3 ó más décadas, hoy ha pasado a un control riguroso. En los protocolos de aprobación, y con relación a los ensayos a campo, merece considerarse la necesidad de adecuar los mismos a los nuevos conocimientos y tecnologías actualizadas. El tema amerita una seria consideración, reiterando AAPAVET su oportuno ofrecimiento de integrar la necesaria comisión de estudio.

El mercado veterinario.

Comparativamente con el 2010, el total del mercado en 2011, se incrementó en cifras globales en el 41,2%, llegando CAPROVE (Cámara Argentina de la Industria de Productos Veterinarios) a señalar ventas por $675.8M. De  esta cifra total, que reúne información del 63% de los laboratorios e incorpora datos del restante 37%, $396M corresponden a fármacos, $239M a biológicos, $26.2M a aditivos y $14.6M a productos de sanidad ambiental. En la facturación de fármacos, $149.5M corresponden al rubro antimicrobianos, $176.4M a antiparasitarios y $70.1M a generales. Refiriéndose específicamente a los antiparasitarios, $125.3M cubre la facturación total en Animales Grandes y $49.8M en Animales de Compañía. En la facturación de antiparasitarios del sector de grandes animales, donde hubo reducción en la demanda de garrapaticidas y antisárnicos, bajos precios de los endectocidas e incorporación masiva de genéricos, los antihelmínticos facturaron $10.8M, los antisárnicos solamente $1M, los curabicheras $3.2M, los ecto-endos $68.6M, la garrapata $16.5M y los insecticidas $21.9M. Refiriéndose exclusivamente a las ivermectinas, en el rubro de Animales Grandes la facturación alcanzó $52.5M y en Animales de Compañía y mascotas, $7.8M. En este sector en franco crecimiento que alcanzó el 30% de incremento en las cifras totales comparativas entre 2010 y 2011, hubo una fuerte participación por la venta de pipetas y repelentes de dípteros hematófagos.

La presencia femenina y las clínicas veterinarias urbanas.

En las décadas del 50 al 80 la participación femenina en la Carrera de Veterinaria era escasa, inferior a las inscripciones en Agronomía y años luz de otras carreras como Medicina, Ciencias Económicas, Ingeniería y Derecho. Pero a partir de los años 90 fue incrementándose en forma gradual y el cupo total ha llegado a igualar y hasta sobrepasar a los varones. En el 2011 la estadística del total de veterinarios matriculados señaló que el 67,4% (12.496) eran varones y el 32,6% (6.028) mujeres. Curiosamente, en el cuadro de distribución por provincias, del total ejerciendo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), el 46% eran mujeres, presentes tanto en la industria, la docencia, la investigación como en las clínicas de mascotas. La estadística también señaló que en el país 8.239 matriculados se dedicaban a pequeños animales y mascotas, 44,5% casi con exclusividad, y de ese total el 50% ejercían en la Provincia de Buenos Aires. Del total de matriculados, 6.058 (32%) atendían grandes animales.

Las razones de la elección femenina de Veterinaria como carrera universitaria, definitivamente distinta en cuanto al número de registros en 1º año entre las dos épocas, pueden resultar conflictivas. No obstante, en un argumento repetidamente sostenido en la actual segunda época, es que el ejercicio de la profesión en la clínica de animales de compañía constituye una actividad atractiva y les permite el desarrollo profesional. La multiplicación del número de Facultades de Ciencias Veterinarias, creando mayores oportunidades para el estudio, quizás sea también relevante. Sin menospreciar ningún esfuerzo, el incremento explosivo de las pequeñas clínicas de animales de compañía con veterinarias al frente, tanto en la Capital Federal como en el Gran Buenos Aires, obedecería en cierta medida a estos razonamientos. Pero es también cierto que hoy la presencia femenina se ha hecho notar en la docencia, la investigación, los cuadros técnicos de la industria y en la clínica de grandes animales y hasta en la atención de caballos de carrera.

¿Qué ofrece el presente y futuro?  
En el último lustro Argentina perdió – hasta entonces jamás fue discutido – un lugar de privilegio en la  exportación de carnes rojas para un mundo ávido de proteínas de origen animal, debiendo volver a cumplir este rol. El país tiene con qué lograrlo y como muy pocos posee los necesarios recursos naturales. No obstante, por la reducción de sus áreas ganaderas  consecuencia del implacable avance de la agricultura, llámese soja, maíz o arroz, difícilmente se recupere el stock de vientres de antaño. Como ejemplo de nuevas áreas sembradas, se estima que en 2012 la siembra de soja cubrirá 19.7M de ha, duplicando así el área en los últimos 13 años, habiéndose registrado 20.4M de ha en la campaña 2000/2001.

En la exportación de carnes, hay coincidencia de opiniones que la producción y capacidad exportadora buscada depende en gran parte de poder incrementar la producción de terneros, habiéndose fijado como meta lograr incrementar 5 M en los próximos cinco años, básicamente con el mismo stock actual de vientres. Para ello seguirá en crecimiento el uso de corrales de engorde y la alimentación suplementaria, porque salvo un desastre agrícola no se vislumbra recuperar para la ganadería las hectáreas cedidas. En este panorama de uso de espacios reducidos y potreros marginales, el consiguiente hacinamiento y presencia de huéspedes intermediarios incrementará la presencia de enfermedades parasitarias como la distomatosis hepática (Fasciola hepatica) y las virales, y paralelamente el control de dípteros transmisores será toda una especialidad. La atención de las enfermedades reproductivas, gran parte de etiología parasitaria también se torna prioritaria, y en su conjunto indican la necesidad de una participación y dedicación cada vez mayor del médico veterinario.

Para permitir que se alcancen estas metas y el éxito propuesto, mucho depende que el estado nacional reduzca su intervensionismo con políticas a corto plazo sin reglas de juego claras. Mercados de carne ganados no se pueden dejar de abastecer, y cuando se pierden, son difícilmente recuperables. Contratos internacionales firmados y luego rotos, el incumplimiento de entrega como es el caso de la Cuota Hilton en los últimos tres años creando la consabida pérdida de credibilidad, constituyen cuanto menos un accionar irresponsable y lapidario, no siendo válidas las excusas esgrimidas. En este contexto ciertamente convulsionado los veterinarios deberán actuar, al menos en el área rural, en un escenario variopinto nuevo y cambiante. Se suman y sumarán nuevos desafíos tecnológicos, para los cuales los profesionales argentinos deberán estar adecuadamente preparados, especializándose sin olvidar mantener como meta el desarrollo sustentable en un medio básicamente rural, en el cual su presencia es indispensable. Pero para esta recuperación y luego mantenerse en esa posición requerirá y dependerá del progreso sostenido y mancomunado de todas las áreas: capacitación universitaria, docencia, permanente actualización, investigación, clínica, industria y extensión.

La atención de animales de compañía y mascotas es cada día más importante, siendo un rubro en el cual la Medicina Veterinaria ha avanzado a grandes pasos. En el siglo XXI ejercer en este rubro exige mayor especialización, reto que han asumido las nuevas generaciones con responsabilidad. Hay gran interés en cursos de actualización, conferencias y jornadas, y se han equipado los consultorios y las clínicas veterinarias con nuevos elementos y hasta costosos equipos de diagnóstico y cirugía.

Un párrafo para las especialidades que se vinculan estrechamente con la parasitología veterinaria. Sin menospreciar la clínica diaria, la parasitología dejó hace tiempo de girar exclusivamente alrededor del recuento de huevos en muestras de excremento, hoy la farmacología y farmacodinamia, inmunidad, epidemiología, investigación y desarrollo de nuevas drogas y el tratamiento correcto frente a la creciente resistencia de los parásitos a las drogas, para nombrar algunos, integran el mismo propósito de lograr optimizar la producción, mediante el control de los parásitos en los animales domésticos, las especies silvestres, prevenir las enfermedades y las zoonosis, y garantizar la calidad de los alimentos. Bienvenidos sean.

Es claro entonces que el panorama actual y futuro marcan una notable diferencia con el pasado. La parasitología veterinaria dejó de ser una materia aburrida que se cursaba en la Facultad para luego nunca aplicarla, un mero escollo molesto para llegar al título, y este es el mensaje que se rescató en el Congreso Mundial (WAAVP-Argentina2011). Hoy y desde hace muchos años constituye una especialidad de primerísimo nivel e importancia, estructurado con variados compartimientos no-estancos e interrelacionados.

Las prácticas sustentables de control parasitario, tanto de ecto como endoparásitos en todas las especies domésticas y el enfoque moderno de control parasitario estratégico; el diagnóstico molecular de infecciones y resistencia; la epidemiología, prevalencia y dinámica estacional de las especies; el impacto del parasitismo en los rumiantes domésticos medido en peso, producción láctea y eficiencia reproductiva; las bases moleculares de la resistencia de los parásitos a los fármacos; las enfermedades por protozoarios y prevención de las enfermedades reproductivas; nuevos avances en la nanomedicina y vías de aplicación medicamentosa; en la inmunología; la prevención del creciente número de zoonosis parasitarias; el control no químico de parásitos; el diagnóstico molecular e inmunológico de los parásitos; el control de enfermedades transmitidas por alimentos; la farmacología y farmacodinamia de las drogas antiparasitarias; el parasitismo en peces y animales silvestres en un mundo globalizado; la presencia e importancia de las enfermedades parasitarias en las mascotas, y las enfermedades emergentes y re-emergentes de etiología parasitaria, fueron algunos de los temas desarrollados durante cuatro días de intenso trabajo en el Congreso Mundial.

El nutrido programa incluyó entre otros, conferencias de 30 especialistas mundiales y 150 comunicaciones orales en 20 sesiones y mesas redondas, y la exhibición de más de 400 posters, ante 844 veterinarios parasitólogos y de otras especialidades afines, como así también calificados representantes de la industria veterinaria, procedentes de Argentina, Uruguay y Brasil, y de otros 57 países.

Buenos Aires, octubre 2012.

(■) Médico Veterinario.

Presidente de la Asociación Argentina de Parasitología Veterinaria (AAPAVET), 2000-2012.
Presidente del XXIIIº Congreso Mundial de Parasitología Veterinaria (WAAVP-Argentina2011).
Premio a la Trayectoria Profesional y Excelencia Profesional, Biogénesis-Bagó, 2002.
Premio Reconocimiento Docente por Aportes a la Parasitología Veterinaria, FCV, UNNE (Ctes.), 2006.
Premio Intervet Argentina S.A. de Estímulo a la Investigación, Primera Jornada Nacional de Ectoparasitología, Corrientes, 2006.
Premio Sociedad de Medicina Veterinaria a la Trayectoria Profesional, 2007.
Premio Anual AAPAVET Ríoplatense, años 1991, 1993, 2000, 2006, 2009 y 2012.